Recuperar la cordura

Publicado : 05 Junio, 2015 en Columnas Chile 21, Gloria de la Fuente

|por Gloria de la Fuente|


En columnas pasadas he sostenido que la actual crisis del sistema político no es una cuestión aislada, sino que estructural y de largo arrastre. Que ella está asociada de manera importante a aspectos que adquirió la transición a la democracia, y a ciertas prácticas que en aras de la gobernabilidad se convirtieron en virtud, pero que rápidamente derivaron en vicio que hoy tiene al mundo político en una situación compleja.

No obstante, siendo todo aquello cierto, es justo también señalar que hemos llegado a un punto de debate en el espacio público donde los estados de ánimo coyunturales comienzan a colonizar ciertos discursos afiebrados que no contribuyen a enfrentar tres aspectos centrales para superar este mal momento: la dimensión de la crisis, la distinción de los casos y la construcción de caminos de salida de corto y largo plazo.

En primer lugar, para dimensionar el momento político que vivimos y la seguidilla de escándalos asociados al financiamiento de la política es preciso preguntarse ¿de qué tipo de crisis se trata?; ¿de la elite política (y empresarial)?, ¿institucional?, ¿crisis de la sociedad? Vamos por parte: crisis de cierta elite política sin duda, particularmente aquella que heredera importante de la transición naturalizó ciertas prácticas y ha tenido dificultad para entender que la sociedad chilena cambió. Hoy los estándares en materia de transparencia y probidad son más exigentes que ayer. Es probablemente esa misma elite que miró con desconfianza la constitución de la Nueva Mayoría y con recelo el alcance de algunas de las reformas estructurales.

En este sentido la crisis es también política, porque tiene que ver con la disputa de hegemonía dentro del proyecto. ¿Es una crisis institucional? No, porque los poderes del Estado están haciendo parte importante del trabajo. La justicia hace su pega y desafía al Ejecutivo y Legislativo a estar en sintonía. Pero la respuesta también es un sí en el sentido de la definición que nos entrega Douglas North. Si las instituciones son las reglas del juego escritas y no escritas que se da una sociedad, entonces si hay algo respecto a nuestras reglas del juego que no está funcionando acorde a ese contexto en que se inserta, porque no se trata sólo de la legitimidad de origen, sino que de reglas que plantean contradicciones y límites respecto a nuestra forma de vivir juntos. Con esto me refiero al tema constitucional, y en tal sentido la crisis es también estructural y no sólo coyuntural.

No obstante, es necesario entender que no se trata por ello de una crisis de la sociedad, que mira desde la platea (o la galería) como el mundo político conocido hasta ahora entra en un espiral de debate y recriminaciones que parece no tener fin. Considerar esto es importante porque los agoreros del pesimismo nos quieren hacer creer que nuestro sistema político ha entrado a un camino al abismo y ello no es así. En Chile la justicia hace su trabajo, el Ejecutivo ha hecho lo propio proponiendo y aprobando medidas en materia administrativa y legislativa para enfrentar la crisis;  y el Congresp, aunque activo en el debate de leyes, sigue aún con una deuda pendiente respecto del actuar de los partidos respecto a sus militantes.

En segundo lugar, distinguir. Hemos entrado a un espiral indeseable de empate permanente. En efecto, parece lo mismo en el debate público haber recurrido a un sistema de financiamiento de “pre campaña” cuestionable, pero hasta ahora producto de un vacío legal, que haber ejercido cohecho, tráfico de influencias, estafa o haber obtenido enriquecimiento ilícito a propósito de ostentar cierta posición en el espacio público. Por cierto, acá hay dilemas no sólo judiciales, sino que también éticos, pero si desde el mundo político y las comunicaciones no hay un mínimo esfuerzo por distinguir, será difícil explicarle luego a la ciudadanía por qué las penas de la justicia no alcanzarán a todos o tendrán distinto grado de profundidad. Acá, por cierto, tarea pendiente es asumir algunas responsabilidades políticas y no tener que esperar que la justicia hable para ejercerlas.

En tercer lugar, la construcción de caminos de salida. Estamos llenos de agendas, fórmulas y consumidos por la coyuntura, pero el esfuerzo para salir de la crisis implica un ejercicio mayor para mostrar cuáles son los caminos de corto, mediano y largo plazo. Se trata ni más ni menos que trazar un horizonte de llegada que implica no sólo establecer claridad respecto al país que esperamos en materia de transparencia y probidad, sino que también la forma en que paulatinamente, al finalizar el periodo presidencial, e incluso más allá de eso, se hará posible cumplir con la promesa de un país más justo e igualitario. Eso infunde épica a la tarea nacional que se asume y de paso nos permite salir del debate tóxico centrado sólo en la coyuntura.

Creo que llegó la hora de combatir a los agoreros del pesimismo y a todos aquellos que vaticinan una crisis político-institucional que parece condenarnos al apocalipsis. Que se sepa todo lo que se tiene que saber, que la justicia haga su tarea, que se asuman las responsabilidades políticas, pero que luego de todo ello salgamos fortalecidos. Porque a diferencia de muchos países de la región, Chile tiene instituciones que funcionan y una sociedad que no ha perdido la capacidad de asombro, sino nada de esto sería un escándalo como es posible ver en otras latitudes. Seguiremos siendo una democracia con altos estándares de calidad, tal como muestran distintos estudios, en la medida que seamos capaces nosotros mismos de encapsular, distinguir y mirar más allá del presente el país que queremos construir.