Apoyo presidencial: algo más que cariño

Publicado : 08 Mayo, 2009 en Prensa

Los últimos resultados de la encuesta Adimark, que arrojan un 67% de aprobación a la gestión de la Presidenta Bachelet tienen a todos de cabeza tratando de buscar explicaciones a lo aparentemente inexplicable porque además, se produce en condiciones adversas: fin de mandato, o sea, “síndrome del pato cojo” y, además, crisis económica y alarmante aumento del desempleo. Roberto Méndez, a cargo del instrumento, ha ensayado una explicación que podemos resumir como “la fuerza del cariño”. La Presidenta habría logrado concitar un fenómeno inédito en la cultura política chilena, más vinculado a lo que uno siente por su familia o por ciertas estrellas de rock.

Otros analistas de la plaza han hecho suya esta explicación, a través del giro del menosprecio. De esta forma, señalan que la  “la Presidenta es más querida que exitosa”. No se entiende bien esta disociación cuando, al final del día, el cariño puede ser también ¿por qué no? la base de sustentación del éxito. Frente a estos planteamientos dan ganas de decir: sí, la Presidenta Bachelet es querida ¿y qué?, ¿hay algo de malo en ello?

Negar la posibilidad del afecto y del cariño en el marco de la actividad política es cerrar la puerta a que exista otra forma de conducir las cosas, un estilo de liderazgo distinto al existente. Recordemos que la Presidenta ha reivindicado en repetidas oportunidades que el suyo es un liderazgo distinto, de tipo “femenino” acerca del cual, salvo algunas excepciones, no se han realizado esfuerzos de comprensión, ignorando los hallazgos que hace rato nos informan la psicología y el desarrollo organizacional. De acuerdo a éstos, el estilo directivo masculino se caracteriza por la competitividad, el control riguroso, una dirección autoritaria, capacidad para pensar analíticamente y una actitud objetiva y no emocional con respecto al trabajo. Por su parte, el estilo directivo femenino, que no excluye lo racional sino que lo complementa con lo emocional, se caracterizaría por el recurso a la cooperación, el logro de la calidad, la comprensión, la colaboración y niveles altos de rendimiento. Este estilo no rechaza la intuición, sino que la integra, junto con la estrategia racional. Siendo éste el caso de la Presidenta ¿por qué debiera extrañarnos que, a futuro, en la política chilena, podría ser necesario contar también con el componente del cariño si se quiere concitar adhesiones?

Sin embargo, esta explicación debiera complementarse con otra, para poder responder a la pregunta acerca de cómo se puede ser querida y exitosa cuando arrecian los vendavales de la crisis, el desempleo se empina sobre los dos dígitos y no se sabe a ciencia cierta cuándo se saldrá del túnel. Para hacerlo, hay que recordar las circunstancias que dieron origen a su liderazgo y las expectativas que la ciudadanía puso en ella. La emergencia de Michelle Bachelet, en un país donde la tónica es la selección controlada de los liderazgos políticos, se podría interpretar mediante el recurso al “carisma de situación”. La interpretación que hace Tucker de este fenómeno es que, bajo ciertas circunstancias, una personalidad-líder de tendencia no mesiánica suscita una reacción carismática simplemente porque ofrece, en un momento de profunda desgracia, un liderazgo que se percibe como fuente y medio de salvación. La sociedad chilena, marcada por la transición a la democracia y un modelo económico exitoso en la reducción de la pobreza y en balances macroeconómicos, también muestra de manera intermitente las angustias y zozobras que produce una modernización centrada en las utilidades económicas y en aspectos materiales, escamoteando aspectos importantes de la vida de las personas junto con reflejar índices de desigualdad preocupantes. El liderazgo de Michelle Bachelet emerge como uno caracterizado por la afectividad, la empatía y la resiliencia, bien como respuesta, bien como síntoma, a este estado de cosas. Posteriormente, cambian las condiciones de contexto y la Presidenta debe conducir un país que comienza a marearse con las posibilidades que se abren con los excedentes del precio del cobre. El debate era, recordemos, “cómo administrar la abundancia”. El discurso de la protección social, en este marco, experimentó un extravío que sólo ha podido recuperarse cuando la crisis económica internacional recrea las condiciones de adversidad, inquietud existencial y limitaciones que dan origen a su liderazgo. Lo curioso es que Michelle Bachelet ha logrado concentrar cualidades aparentemente contradictorias ya que, según dicho autor, lo habitual es que un líder tenga más pericia que carisma, precisamente porque ambas cualidades se basan-en parte-en desviaciones opuestas de la norma, siendo ambos elementos contradictorios entre sí.

Poco importa que el cambio de las condiciones de contexto hayan sido más un accidente que algo premeditado. Lo importante es que Bachelet ha sabido observar la oportunidad, elaborando un discurso acorde y tomando decisiones que los chilenos y chilenas valoran. Ello partió por escuchar las recomendaciones de su Ministro de Hacienda, quizás más motivada por la aversión al riesgo femenino, que hoy es un valor en alza en medio de la crisis, que por convicciones ideológicas. La Presidenta, por ahora, exhibe algo más que calidez, humanidad y simpatía. Está mostrando habilidad y competencia, que es algo que también se mide por la previsión de las consecuencias y que sus críticos, por ahora, han sido renuentes a admitir.

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