Modernizar las relaciones laborales

Publicado : 04 Mayo, 2015 en Columnas Chile 21, Javiera Arce

|por Javiera Arce|


En  enero se ingresó al Congreso el cuarto eje de las reformas emblemáticas del actual gobierno: la reforma laboral.  Después de muchos años en que se realizaron un sinnúmero de promesas de avanzar hacia la modernización del sistema de relaciones laborales chileno, por fin un proyecto de ley se anunciaba como sustantivo. Sin embargo, en el transcurso de su lectura, además de ser una materia altamente técnica y que requiere excesiva preparación para su comprensión, parece absolutamente inconexa con las otras reformas del gobierno, incluso de la reforma electoral que contemplaba un apartado modesto de medidas de acción afirmativa para las mujeres, esta reforma carece de este enfoque, necesario para avanzar y mejorar la calidad de nuestra democracia.

Sobre las gruesas líneas del proyecto, todavía hay puntos al debe como la negociación por rama, que vendría a solucionar una serie de problemas respecto de la actual situación de los trabajadores; y lo segundo es que salvo una breve mención a “igualdad” y la inclusión de una mujer en la mesa de negociación colectiva, pareciera -a ojos del Ejecutivo- haber incorporado la perspectiva de género.

Resulta paradójico que a estas alturas, y en un gobierno cuyo énfasis siempre ha sido incorporar la transversalización de género en las políticas públicas como estrategia de gobernanza, haya omitido este aspecto.  Además de las ochocientas indicaciones que posee el proyecto de ley en este primer trámite, se han logrado ingresar indicaciones por parte de algunos diputados para salvaguardar la total ausencia de las políticas orientadas a las mujeres -que va más allá de las cuotas sindicales, en federaciones y confederaciones-, porque la representación descriptiva de género no es suficiente, sino que además es imperativo incorporar dentro de la negociación y contratos colectivos la generación de planes de igualdad. ¿En qué consisten? Básicamente en compatibilizar la vida familiar-personal-laboral, pero no sólo con énfasis en las mujeres de la empresa, sino también para los hombres. Asimismo, conversar, discutir y establecer metas para combatir la vergonzosa brecha salarial que padecen las mujeres, y buscar estrategias para la promoción de las mujeres en la empresa.

Fundamental, también, es reconocer las desigualdades existentes en materia de participación sindical (que muchos coinciden con las barreras de entrada de las mujeres en la política), en que pareciera que la vida pública y el activismo político sólo tuviera una cara: la de los hombres. No es posible, por ejemplo, que los trabajadores temporales o trabajadoras contratadas por obra o faena transitoria (que en su gran mayoría son mujeres), carezcan de las condiciones mínimas necesarias de protección (fuero), para enfrentar un proceso de negociación colectiva, o que las mujeres dentro de los sindicatos posean labores poco relevantes y se encuentren fuera del espacio de toma de decisiones.

De acuerdo al informe regional realizado por la OIT “Trabajo Decente e Igualdad de Género del 2014″, a nivel regional las mujeres poseen las plazas más precarias, sufren de informalidad y son víctimas de la distribución desigual del tiempo de trabajo, ya que además de cumplir con su horario formal del trabajo, las labores domésticas en su gran mayoría recaen en ellas (cuidado de la casa, los niños, los enfermos y los adultos mayores), por lo que deben cumplir desde dos a tres jornadas de trabajo.

Incorporar la perspectiva de género, no implica la lucha de las mujeres contra los hombres, sino más bien es el reconocimiento de las diferencias que existen en la sociedad. Es de esperar que con los avances alcanzados en materia de institucionalidad de género en Chile y en la participación política de las mujeres, a través del Ministerio de la Mujer y la Reforma Electoral, se puedan incorporar estas materias aparentemente invisibles para quienes toman decisiones y quienes redactaron esta importante reforma.