La postergada ceremonia del adiós de la elite política chilena

Publicado : 10 Abril, 2015 en Columnas Chile 21, Gloria de la Fuente

|Por Gloria de la Fuente|


El panorama político se ha ido ensombreciendo cada vez más en Chile, pareciera que el escándalo, algo que tan bien describió Rossanvallon para dar cuenta de ciertas dinámicas de la democracia moderna, no termina aún de desplegar todo su potencial. Día a día nos seguimos sorprendiendo de los antecedentes y de nuevas revelaciones de lo que probablemente constituye la peor crisis política desde la recuperación de la democracia. Sí, la peor crisis, aunque algunos no lo quieran reconocer, porque a diferencia de todos aquellos difíciles episodios que implicaron defender la democracia de los golpes en la mesa que cada cierto tiempo daba el general Pinochet mientras fue Comandante en Jefe del Ejército, lo de hoy está extendido y muestra las debilidades, ya no de la herencia de la dictadura, sino de la forma en que se hizo nuestra transición. Es en este sentido que el problema es estructural.

En tal cuadro, no he dejado de recordar aquello que hace muchos años Antonio Cortés Terzi –a quien conocí, curiosidades de la vida, en los pasillos del Palacio de La Moneda– llamaba el “circuito extrainstitucional del poder”, para dar cuenta de aquellos poderes que se mueven en la sombra y se alimentan de sus distintos grados de influencia en la política. Aquello, qué duda cabe, es producto de aquel pacto tácito de la transición en Chile y que tiene carácter transversal. Se trata ni más ni menos que de aquel acuerdo que dio gobernabilidad al país y garantías al empresariado, pero que de necesidad se convirtió en virtud y de virtud en vicio a través de la normalización de ciertas prácticas que hoy tienen en tela de juicio, delito o no mediante, a la elite política chilena.

Ya años antes, en su “ceremonia del adiós” (en referencia a un texto de Simone de Beauvoir), Cortés Terzi daba cuenta de una tensión presente en el Gobierno del entonces Presidente Ricardo Lagos y que se refería al desgaste que tenía el proyecto histórico de la Concertación que acabaría finalmente por cimentar la despedida. Ello no ocurrió porque emergió con fuerza y sin precedente la figura de Michelle Bachelet, que vino a inyectar nueva energía a un conglomerado que, anclado e imposibilitado de superar las lógicas de su origen, tenía al menos la virtud de ser capaz de unificar fuerzas para garantizar el éxito electoral. Después del paréntesis que significó el Gobierno de la Alianza, la historia se volvió a repetir con la misma candidata y esta vez la Concertación, convertida con nuevos aliados en Nueva Mayoría, logró nuevamente sortear con éxito la valla electoral, pero generando, esta vez, una propuesta programática muchísimo más audaz que la de los gobiernos precedentes. Sin embargo, a poco andar, ha quedado en evidencia que aquellos fenómenos que tan bien describió el sociólogo en el pasado, están más presentes que nunca y que ha sido la incapacidad para superarlos abiertamente la que finalmente se está transformando en la verdadera crisis política de una elite paralizada, temerosa y que, hasta ahora, no ha tenido capacidad para salir del empantanamiento.

Parece del todo importante considerar estos elementos para dar cuenta de la profundidad del problema, porque se tiende a poner toda la responsabilidad en el Gobierno y su performance comunicacional, cuando en realidad, si bien se podría liderar mejor el proceso, se torna arduo trabajar en aquello que el conjunto de la alianza de la centro izquierda no hizo con más audacia y valentía antes. Es por esto que el “caiga quien caiga” no es suficiente, porque esto no es sólo un problema judicial, sino que en definitiva de proyecto político. Si la política en Chile y en especial el proyecto de centro izquierda no tiene capacidad de refundarse, de cambiar sus lógicas de funcionamiento, de desprenderse de los privilegios y de generar coherencia entre lo que se dice y se hace, entonces esperemos que se inaugure de una vez el anticipado réquiem.