Salir jugando

Publicado : 20 Marzo, 2015 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


Vivimos días muy difíciles para la política; los más duros desde que se inauguró la transición. Durante estos 25 años enfrentamos momentos de gran tensión, como cuando Pinochet amenazaba con soldados en la calle con sus caras pintadas como para ir a la guerra. Eran momentos tensos que sin embargo tenían poesía. La oposición entre democracia y dictadura, entre lo nuevo y lo viejo, entre los buenos y los malos era nítida y transparente.  

Es cierto, vivimos la crisis del MOP- GATE. No olvidaré nunca el momento en el que con lágrimas en los ojos, solos los dos, nos interrogamos con el ex Presidente Lagos  sobre qué nos había pasado. Fue una conversación en el avión presidencial iniciando un viaje a Corea del Sur y Japón. Antes de embarcarme había pasado por el anexo cárcel Capuchinos a ver a un gran amigo, el ex ministro  Carlos Cruz.  Su  infinita tristeza era también la nuestra.   

Fue un episodio doloroso pero acotado, porque nunca estuvo en cuestión el conjunto del mundo político. Esta es, por el contrario, la característica de la situación actual.  Con los casos Penta, SQM y en un plano muy distinto, Caval, se desató un vendaval que amenaza con llevarse todo lo que encuentra en su camino. Muchos se declaran hoy consternados. El conjunto de la clase política está puesta en el banquillo de los acusados. Como ocurre con los huracanes, honestos y rufianes, pillos e ingenuos, decentes e indecentes terminan todos en el barro.

Bien canalizada, la reacción ciudadana es saludable. Más aún, puede ser la energía que obligue al sistema a adecuarse a estándares cada vez más exigentes. Esta es una necesidad urgente de la política si queremos detener un proceso de desprestigio que peligrosamente erosiona la democracia que tanto costó recuperar.  Hay  que salir jugando como se diría en jerga futbolística. 

El repliegue puramente defensivo por parte del mundo político es una estrategia que puede terminar en debacle. Algunos que nada hicieron para enfrentar a la dictadura, hoy claman al cielo y no ven con malos ojos que la crisis continúe escalando hasta llegar  a un “que se vayan todos” y  la creación de condiciones para que un caudillo providencial, que brandiendo la escoba, como ocurrió en 1952, nos saque del pantano. 

Chile se merece más que eso. Los casos que hoy están en el centro de la atención condujeron a esta crisis, porque habían condiciones para ello. 

Hay que afinar muy bien el diagnóstico. La justicia tiene que hacer su trabajo. Los delitos deben ser perseguidos. Pero no serán ni los fiscales ni los jueces los que reconstruyan el sistema político. La cuestión central planteada no es la honorabilidad de la clase política. La conozco: en su mayoría es gente decente.

De lo que se trata es de la legitimidad de las instituciones,  y  especialmente de aquellas como el Parlamento y los partidos políticos. Es preciso legislar en serio sobre el financiamiento de la política y construir un cortafuego que separe eficazmente la política de los negocios. Pero eso no bastará. La confianza ciudadana está  dañada. Se requerirá de un gesto grande para restablecerla, con una clara ambición refundadora.