Pensamiento propio

Publicado : 06 Marzo, 2015 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


Refiriendome a la socialdemocracia afirmé hace algunos años que “el pasado de Europa no podía ser el futuro de América Latina”. La afirmación me valió ácidas críticas de parte de algunos connotados intelectuales. En la crisis de las izquierdas, la socialdemocracia aparecía como la última tabla de salvación. Luego del desplome del campo socialista y el predominio avasallador del pensamiento neoliberal, la socialdemocracia tal cual se practicó históricamente en Europa, constituía el único refugio ideológico posible. Poco importaba que en buena parte de las izquierdas latinoamericanas el calificativo de socialdemócrata hubiese sido durante el pasado siglo un agravio, un insulto usado para descalificar y denostar.

Durante los últimos años pensé que quizás había ido demasiado rápido; que sobre una base europea, y ya no sólo nacional, el proyecto socialdemócrata tenía todavía cosas importantes que decir. Se podía imaginar en el 2012, que a partir del triunfo de François Hollande en Francia sería posible construir una alianza poderosa con la socialdemocracia alemana, el Partido Democrático que se aprestaba a llegar al poder en Italia, las fuerzas socialistas de España, Portugal y otros países de la Unión Europea (UE). Esa convergencia de fuerzas permitiría superar las políticas de ajuste neoliberal impuestas por la canciller Merkel y las fuerzas conservadoras que dominan en la conducción de la UE.

Desgraciadamente esto no ocurrió. La Unión Europea mantuvo el enfoque conservador predominante. En España, Rajoy continuó profundizando la austeridad, cosa que no le costó demasiado, Grecia fue estrangulada y Francia terminó inclinada frente a la intransigencia de Alemania. El incumplimiento de su principal promesa -la inflexión de la curva de desempleo- ha sido el principal factor del derrumbe de la adhesión de Hollande.

Hacia dónde uno mire en Europa no encuentra fuerzas socialdemócratas con voluntad y capacidad para enfrentar las ideas neoliberales. Las fuerzas socialdemócratas terminaron haciendo suyos los enfoques conservadores. La socialdemocracia, de lejos la experiencia social y política más constructiva del siglo XX, ha mostrado su incapacidad para asumir los desafíos que plantea el siglo XXI. A todas luces es una fuerza en declinación. Son expresiones de esta tendencia la derrota vergonzosa del socialismo en Grecia, la irrupción del Podemos y la declinación del PSOE en España, la aguda descapitalización del socialismo francés y la posición subalterna en la que se ha instalado la socialdemocracia alemana, para citar sólo las más conocidas.

La izquierda europea fue históricamente el gran referente de las izquierdas latinoamericanas. Aunque varios partidos como el PS chileno hicieron esfuerzos para incorporar una dimensión autóctona, lo cierto es que la influencia europea mantuvo su condición dominante. 

El cuadro actual es distinto. Las fuerzas progresistas de Europa tienen que encontrar su propio camino. Las latinoamericanas también. Ni para unos ni para otros existen recetas ni modelos. Estamos obligados a identificar nuevas vías, a elaborar teorías originales, a formular propuestas novedosas. En ausencia de modelos, tenemos que pensar por nosotros mismos.