Por qué leer a Piketty

Publicado : 07 Enero, 2015 en Columnas Chile 21, Rafael Urriola

|por Rafael Urriola|


Ya está en librerías –y en español– el libro del economista francés Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI, el cual es, quizás, el libro de teoría económica más importante en lo que va corrido del presente siglo. Más allá de todos los debates que está ocasionando esta obra (y de las críticas que hemos tenido oportunidad de leer), me quiero permitir –por ahora– sólo sugerir tres razones para, al menos, leer este texto.

La primera razón es que en el largo plazo las cosas se ven mejor y evitan las distorsiones de interpretación del corto plazo. El aporte de Piketty es que evalúa los procesos de acumulación capitalista desde el siglo XVIII en 20 países y, de paso, muestra que la idea más importante de los economistas neoclásicos (actualmente neoliberales), de que era necesario un poco de desigualdad para despegar y que luego mejoraba la distribución, queda totalmente descartada en el largo plazo. Los procesos de la postguerra que mejoraron la equidad se han ido desplomando incluso en los países nórdicos, tradicionalmente más equitativos. En 2010, dice Piketty, la desigualdad volvió a ser la misma que en 1910.

Las tendencias generales de la economía muestran que las tasas de crecimiento de largo plazo son, en promedio, no mayores al 1,5% anual. No obstante esto, en el largo plazo tiene efectos importantes sobre las personas y su consumo. Bastaría con que una economía crezca a 2,3% anual para que duplique su PIB en sólo 30 años. Picketty sostiene que esta es la “esperanza” de crecimiento de largo plazo de las economías, aunque hay situaciones de “rattrapage” (recuperación) que podrían crear tasas de crecimiento muy superiores, pero se trata apenas de situaciones de recuperación de equilibrios. ¿Quizás eso es lo que están viviendo países asiáticos en la actualidad?

En Chile, después de la caída del PIB de los años 80 era esperable lo logrado en los años 90 (especialmente si el crecimiento se basó en explotaciones mineras que no requieren inversiones previas del Estado). En este aspecto, Piketty desenmascara el largo plazo en el capitalismo y, de paso, les quita la potestad predictiva a los economistas y a quienes “venden” esta cientificidad poco certera.

Valga destacar que la desigualdad se ha transformado en el tema más significativo del siglo XXI, causado por la exacerbación del neoliberalismo y del mercado; ni siquiera el crecimiento económico deja de expresar el malestar por la desigualdad. Los 85 individuos más ricos del mundo suman tanto dinero como 3.570 millones de pobres (Davos, 2014). El 1% más pudiente de EE.UU. concentra el 95% del crecimiento, según Oxfam. En 1965, los directores ejecutivos en Estados Unidos recibían ingresos 51 veces superiores a los de los trabajadores cobrando el salario mínimo; en 2005, esta cifra se había elevado a 821 veces. La gente lo resiente, la encuesta Gallup de enero de 2014 en EE.UU., arrojó que el 67% de la población está insatisfecha con la distribución de la riqueza en su país. En Chile (encuesta CERC, 2014), el 49% cree que las diferencias entre ricos y pobres han aumentado en 25 años. El 1% de los chilenos se apodera del 30% de la riqueza, según otro estudio de la Universidad de Chile. Piketty da un marco teórico a estas aseveraciones.

La segunda razón para leer a Piketty, es que una de sus tesis principales se sostiene en una ecuación que es insostenible de manera permanente: la tasa de rendimiento del capital es mayor a la tasa de crecimiento del PIB, es decir –como se mostró– si la acumulación continúa creciendo más que el PIB, es posible que se cree una crisis grave del sistema, ya que primarían tendencias divergentes. El propio Piketty describe tendencias convergentes, es decir, que amortiguan la crisis, las cuales se relacionan con la aparición de nuevos mercados, el crecimiento poblacional en otros casos, el rol de los países emergentes –como los BRICS–, entre otras. Como sea, aprender sobre esta perspectiva es un ejercicio necesario, pues la economía mundial tiene un serio problema de “realización del capital acumulado” en el sentido marxista ortodoxo desarrollado en épocas anteriores y que, sin embargo, no desembocó en la crisis del sistema como hasta el propio Marx lo señaló. ¿Hoy es realmente más grave el problema o se encontrarán nuevas soluciones?

Y, en tercer lugar, leer a Piketty puede ser una agradable manera de refrescarse ante la “arrogancia de los economistas neoclásicos”. En la página 63 de su obra de más de 900 páginas da un marco para estudiar la economía de gran interés para los economistas de las nuevas generaciones: “Ser economista universitario en Francia tiene un gran ventaja: los economistas son bastante poco considerados en el mundo intelectual y universitario así como entre las elites políticas y financieras. Esto les obliga a abandonar su desprecio por las otras disciplinas y su pretensión absurda de disponer de una cientificidad superior en circunstancias que, en realidad, no saben casi nada de nada”. La razón por la que los economistas clásicos no lo aprecian también se debe a que –dice– “demasiado a menudo, los economistas están preocupados por pequeños problemas matemáticos que no interesan sino a ellos mismos…”.

De hecho, Piketty concluye que “concibo la economía como parte de las ciencias sociales al lado de la historia, la sociología, la antropología y las ciencia política…”. Tal aseveración resulta del todo coherente con la idea de que la economía es una de las disciplinas que tiene por objeto “estudiar el rol del Estado en la organización económica y social y cuáles son las instituciones y las políticas públicas que nos aproximan a una sociedad “ideal”. En efecto, la forma en que se distribuyen los ingresos en un país no es una “ley de la economía”. Ello obedece a múltiples decisiones políticas, sociales, culturales, institucionales. Al igual que el crecimiento del PIB. Hay países con institucionalidades muy diversas, políticas económicas y formas de organización y de combinación de lo público y lo privado con resultados similares si se midiese por PIB. Esto también es un aliciente para leer una obra que no podrán eludir ni siquiera los más neoclásicos entre los economistas.

Estoy seguro que habrá muchas otras razones para leer a un economista que es capaz de desafiar el dogma tradicional y que fue reconocido en Estados Unidos, incluso antes que en su propio país.