Falla geológica

Publicado : 06 Diciembre, 2014 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


PARA SER efectivas, las Constituciones deben ser queridas y respetadas. La Constitución chilena no cumple con ninguna de esas dos condiciones. Para un país con ambiciones grandes en materia de desarrollo eso es grave. En una comunidad bien constituida, las reglas que rigen la convivencia deben ser el producto de una deliberación democrática, informada e inteligente de todos sus miembros. 

Chile carga en este plano con un doble estigma. Por una parte, intentar construirse como democracia plena habiendo mantenido la Constitución impuesta por la dictadura. En todas las transiciones la elaboración de una nueva Constitución fue una etapa clave del proceso. Así también se pensó para Chile. El movimiento democrático se organizó levantando muy en alto la bandera de una Nueva Constitución y una Asamblea Constituyente. Desgraciadamente, la lógica de la democracia de los acuerdos llevó a dejar de lado las convicciones iniciales. De buena fe se supuso que a través de una acumulación de reformas parciales se podría llegar a lo que el ex Presidente Lagos llamó “un piso constitucional compartido”. 

Ese es lo que se buscó con las reformas aprobadas el 2005. La ilusión no duró mucho. Ya en la campaña presidencial del 2009 la necesidad de una Nueva Constitución fue reivindicada por la mayoría de los candidatos. El triunfo de la opción conservadora clausuró por un tiempo el debate. Pero este reapareció con mucha más fuerza incluso en la campaña del 2013. Ocho de los nueve candidatos insistieron en la necesidad de un nuevo texto constitucional. Michelle Bachelet se impuso con el 62 % de los votos en segunda vuelta habiendo hecho de una nueva Constitución una pieza fundamental de su arquitectura programática. 

Chile tiene que dejar atrás el estigma histórico de nuestra democracia, la falla geológica de la República: su incapacidad para dotarse en libertad de un sistema de reglas aceptadas por todos. Es bien sabido que las tres constituciones que han regido por tiempos largos han sido finalmente el producto de la presión militar.

La Constitución de 1980 no consiguió legitimarse. Sigue siendo autoritaria, centralista y neoliberal en sus contenidos y profundamente ilegítima en su origen. Está condenada. Nada ni nadie puede salvarla. Sus partidarios son cada día menos y sus argumentos para mantenerla más frágiles e inconfesables. 

Los conservadores han venido retrocediendo. Su objetivo es ahora evitar un proceso constituyente y han encontrado para ello aliados en la centroizquierda. El argumento que repiten es que las constituyentes sólo son respuesta a situaciones de crisis institucional. Es una visión miope. Chile no enfrenta una crisis institucional pero tiene un sistema político altamente desacreditado. En estas condiciones, una crisis institucional tendría consecuencias difíciles de prever. Distanciado de la ciudadanía, la capacidad de respuesta del sistema es baja y alta la probabilidad que prosperen opciones de corte demagógico y populista. 

El sistema necesita de manera urgente construir legitimidad pero no puede a estas alturas autootorgársela. El pueblo es la fuente única de legitimidad a la que es posible recurrir. Esta es la razón fundamental, aunque por cierto hay muchas otras para sustentar la necesidad de una nueva Constitución a través de una asamblea constituyente. 

No se trata ni de un tiro al aire ni de un salto al vacío. Chile es suficientemente maduro como para protagonizar un debate que nos dote de un sistema de reglas que nos liberen definitivamente de los amarres y heridas del pasado. 

Se puede tener confianza en la sabiduría de un pueblo que ha aprendido a sangre y fuego con lecciones de la historia.