La “vieja política” y la brújula

Publicado : 02 Diciembre, 2014 en Columnas Chile 21, Gloria de la Fuente

|por Gloria de la Fuente|


Si bien la política es dinámica y los actores dentro de este juego toman posiciones, lo cierto es que la coherencia es un valor relevante en el que se sostiene para el presente y el futuro, la credibilidad. En tal sentido, cuesta entender hacia donde apunta el ex ministro y ex candidato presidencial Andrés Velasco con sus críticas a la Nueva Mayoría y su llamado a construir un referente de “centro”. Quisiera asumir algunas de sus afirmaciones en una pasada entrevista a este medio y explicar por qué me parece enfrenta un problema de orientación que no me parece fácil de resolver.

Lo primero que afirma es que cree en la política de las coaliciones y no de los personalismos. Lo anterior supone reconocer domicilio en algún lugar y desde allí intentar contribuir a la construcción de un proyecto colectivo. En tal sentido, resulta difícil entender la apuesta del ex candidato, porque en vez de crear un partido político o un referente, que efectivamente plantee la posibilidad de crear un proyecto común (por último, para derrotar a la “vieja política” como él señala), optó por la creación de un centro de pensamiento, que es un espacio necesario para la elaboración y discusión de ideas, pero que no reemplaza a un partido y que en este caso se sostiene más en su necesidad personal de  existir en política. En efecto, ¿hay más actores políticos relevantes en este nuevo referente que no estén subordinados a su figura? ¿Qué es lo que ofrecen en términos de proyecto más allá de un par de opiniones sobre las reformas que impulsa el gobierno? ¿Qué proyecto alternativo de sociedad los aglutina? La señal es aún más confusa si un día está en la Nueva Mayoría y al siguiente construye agenda con un sector de centro derecha.

Luego señala la necesidad de fortalecer una coalición de centro. Nuevamente esta propuesta choca con la construcción de un proyecto claro porque, ¿qué significa ser de centro hoy? ¿Ir por una agenda liberal en lo económico y valórico? ¿Poner el crecimiento económico sobre la necesidad de avanzar en derechos sociales? Cualquiera que leyera esto y sus críticas a las reformas de la Presidenta Bachelet y la Nueva Mayoría, supondría que lo que busca el gobierno es ir hacia la revolución, cuando el objetivo que nos hemos trazado como país es avanzar, al menos, al estándar OCDE. Para eso ha sido necesaria la confluencia de un conjunto de fuerzas políticas de izquierda y del centro que han conformado la Nueva Mayoría, que con matices se han puesto tras el mismo objetivo.

Por último señala que la Nueva Mayoría ha traicionado el espíritu de la Concertación, que es aquel de llegar a acuerdos, “ajeno a la soberbia y la verdad absoluta”. Primero, aquella nostalgia por la “política de los acuerdos” olvida los elementos de contexto que obligaron a la Concertación a pactar y avanzar en “la medida de lo posible”, de manera de poder garantizar la paz social y la gobernabilidad frente a la “tutela” de nuestra democracia (que tuvo a Pinochet hasta 1998 como comandante en jefe del Ejército) y las reglas del juego que le fueron impuestas. Qué duda cabe que el saldo de 20 años de gobiernos de la Concertación es exitoso, especialmente porque la asimetría entre oficialismo y oposición era evidente e imponía muchas de las condiciones de los acuerdos, pero esa situación cambió y vale la pena reconocerlo. Tal como decía un connotado analista hace algunos días, es imperioso no confundir la necesidad de diálogo y acuerdo con el intento de ejercer veto. El gobierno y la Nueva Mayoría han estado claramente abiertos al diálogo y al acuerdo (basta ver los debates que se han producido en el Congreso, en el Ejecutivo y con distintos actores de la sociedad), pero no tienen por qué aceptar (justamente porque eso es lo maravilloso que tiene el ejercicio democrático y el mandato de la soberanía popular a través de las urnas) que la minoría o sectores con mayor poder en la sociedad le tracen el camino.

No cabe duda que la Nueva Mayoría y el gobierno enfrentan una agenda compleja, que hay cosas que se pueden hacer y decir mejor, pero al menos representa un proyecto y una voluntad de transformación que además tuvo apoyo mayoritario en las urnas. La soberbia, un atributo deleznable por cierto, es más propio de quienes se sienten con una virtud moral o intelectual particular, que les autoarroga el derecho de analizar la realidad como si estuvieran por sobre el bien y el mal.

Si bien la política es dinámica y los actores dentro de este juego toman posiciones, lo cierto es que la coherencia es un valor relevante en el que se sostiene para el presente y el futuro, la credibilidad. En tal sentido, cuesta entender hacia donde apunta el ex ministro y ex candidato presidencial Andrés Velasco con sus críticas a la Nueva Mayoría y su llamado a construir un referente de “centro”. Quisiera asumir algunas de sus afirmaciones en una pasada entrevista a este medio y explicar por qué me parece enfrenta un problema de orientación que no me parece fácil de resolver.

Lo primero que afirma es que cree en la política de las coaliciones y no de los personalismos. Lo anterior supone reconocer domicilio en algún lugar y desde allí intentar contribuir a la construcción de un proyecto colectivo. En tal sentido, resulta difícil entender la apuesta del ex candidato, porque en vez de crear un partido político o un referente, que efectivamente plantee la posibilidad de crear un proyecto común (por último, para derrotar a la “vieja política” como él señala), optó por la creación de un centro de pensamiento, que es un espacio necesario para la elaboración y discusión de ideas, pero que no reemplaza a un partido y que en este caso se sostiene más en su necesidad personal de existir en política. En efecto, ¿hay más actores políticos relevantes en este nuevo referente que no estén subordinados a su figura? ¿Qué es lo que ofrecen en términos de proyecto más allá de un par de opiniones sobre las reformas que impulsa el gobierno? ¿Qué proyecto alternativo de sociedad los aglutina? La señal es aún más confusa si un día está en la Nueva Mayoría y al siguiente construye agenda con un sector de centro derecha.

Luego señala la necesidad de fortalecer una coalición de centro. Nuevamente esta propuesta choca con la construcción de un proyecto claro porque, ¿qué significa ser de centro hoy? ¿Ir por una agenda liberal en lo económico y valórico? ¿Poner el crecimiento económico sobre la necesidad de avanzar en derechos sociales? Cualquiera que leyera esto y sus críticas a las reformas de la Presidenta Bachelet y la Nueva Mayoría, supondría que lo que busca el gobierno es ir hacia la revolución, cuando el objetivo que nos hemos trazado como país es avanzar, al menos, al estándar OCDE. Para eso ha sido necesaria la confluencia de un conjunto de fuerzas políticas de izquierda y del centro que han conformado la Nueva Mayoría, que con matices se han puesto tras el mismo objetivo.

Por último señala que la Nueva Mayoría ha traicionado el espíritu de la Concertación, que es aquel de llegar a acuerdos, “ajeno a la soberbia y la verdad absoluta”. Primero, aquella nostalgia por la “política de los acuerdos” olvida los elementos de contexto que obligaron a la Concertación a pactar y avanzar en “la medida de lo posible”, de manera de poder garantizar la paz social y la gobernabilidad frente a la “tutela” de nuestra democracia (que tuvo a Pinochet hasta 1998 como comandante en jefe del Ejército) y las reglas del juego que le fueron impuestas. Qué duda cabe que el saldo de 20 años de gobiernos de la Concertación es exitoso, especialmente porque la asimetría entre oficialismo y oposición era evidente e imponía muchas de las condiciones de los acuerdos, pero esa situación cambió y vale la pena reconocerlo. Tal como decía un connotado analista hace algunos días, es imperioso no confundir la necesidad de diálogo y acuerdo con el intento de ejercer veto. El gobierno y la Nueva Mayoría han estado claramente abiertos al diálogo y al acuerdo (basta ver los debates que se han producido en el Congreso, en el Ejecutivo y con distintos actores de la sociedad), pero no tienen por qué aceptar (justamente porque eso es lo maravilloso que tiene el ejercicio democrático y el mandato de la soberanía popular a través de las urnas) que la minoría o sectores con mayor poder en la sociedad le tracen el camino.

No cabe duda que la Nueva Mayoría y el gobierno enfrentan una agenda compleja, que hay cosas que se pueden hacer y decir mejor, pero al menos representa un proyecto y una voluntad de transformación que además tuvo apoyo mayoritario en las urnas. La soberbia, un atributo deleznable por cierto, es más propio de quienes se sienten con una virtud moral o intelectual particular, que les autoarroga el derecho de analizar la realidad como si estuvieran por sobre el bien y el mal.