Infierno mexicano

Publicado : 14 Noviembre, 2014 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


ACABO de volver de México. Tuve ocasión de estar en el DF y en Cuernavaca a no más de 40 kilómetros de Iguala. Días intensos, fuertemente marcados por los acontecimientos que allí ocurrieron. La conferencia de prensa del sábado 7 de noviembre, del Procurador General de la República, nos dejo atónitos. No caben dudas. Habrá un antes y un después. 

El relato de los tres sicarios de los “guerreros unidos” es estremecedor. Los 43 estudiantes de la normal de Ayotzinapa fueron detenidos, asesinados y quemados en un basural durante 12 horas para borrar sus huellas. Los huesos calcinados fueron luego molidos, puestas en bolsas plásticas y arrojadas al río San Juan. Jóvenes pobres asesinaron a estudiantes pobres con una naturalidad que deja helado a cualquiera. Es la banalidad del mal, de la cual hablaba Hanna Arendt, en versión mexicana. 

Los crímenes de Iguala tienen una particularidad que ha contribuido a realzarlos. La izquierda, tradicionalmente víctima de las violaciones a los derechos humanos, aparece hoy en el otro campo: el de los victimarios. Está establecido que fue el alcalde Abarca, militante del PRD, el que dio la orden de detener a los jóvenes. Se dice que el alcalde -actualmente preso- alega inocencia, que el no mandó a matarlos. A lo mejor es cierto. El tema es que bastaba una simple orden para que los sicarios procedieran en la forma brutal en que lo hicieron. Si existe, así debe ser el infierno: un lugar donde el horror es algo perfectamente natural.

La violencia es un dato consustancial a la sociedad mexicana. Pero esto sobrepasó todos los límites. México se mira hoy día al espejo con vergüenza. Lo de Iguala no es un hecho absolutamente excepcional producto de unas mentes afiebradas. Pasó porque finalmente las condiciones del país permiten que pase. Durante el sexenio del ex Presidente Calderón murieron o desaparecieron más de 60 mil personas, pero la vida siguió transcurriendo casi como si nada. 

México eligió como su nuevo Presidente a Enrique Peña Nieto, quien prometió terminar la guerra contra las drogas y abrir una nueva era de paz y prosperidad, y parecía estar lográndolo. Mediante el “pacto por México”, el Presidente consiguió algo inédito: el acuerdo de las tres principales fuerzas políticas de derecha, centro e izquierda (PAN, PRI y PRD) para aprobar en tiempo récord una decena de reformas destinadas a sacar a México de un estancamiento que lleva ya 30 años. La prensa internacional se apresuró a anunciar la buena nueva: “México está de vuelta”. 

Con toda seguridad Peña Nieto no hará caso al clamor de los manifestantes y no renunciará. Sin embargo, su proyecto de encabezar un nuevo México ha perdido mucha credibilidad. 

Pero hay algo en el ambiente que llama a creer que no está todo perdido. La sociedad está reaccionando. El muro de la indiferencia parece estar cediendo. 

Los mexicanos tendrán que ver cómo salen de esto. No la tienen fácil. La corrupción y la impunidad construyeron un sistema en el que terminaron atrapados todos: ricos y pobres, derechas e izquierdas. Pero no hay que equivocarse. El drama lo tiene hoy México, pero ninguno de nuestros países puede considerarse a salvo.