Estado y mercado después de la crisis financiera internacional

Publicado : 20 Abril, 2009 en Prensa

Pese a la retórica, los candidatos presidenciales han aportado poco al debate sobre los problemas acuciantes que enfrenta el país. No obstante, personeros más o menos vinculados a ellos empiezan, tímidamente, a abordar los problemas de fondo. Dos destacados intelectuales han vuelto a plantear el debate sobre Estado y mercado.
En El Mercurio, Genaro Arriagada planteó que el reciente caso de la colusión de las farmacias cuestionaba el “gran mito de la ideología capitalista de que entre empresa privada y libre mercado hay una relación virtuosa, en que una (la empresa privada) conduce necesariamente a lo otro (mercados libres), y existe entre ellos una armonía natural” Hernán Cheyre, respondió sosteniendo que pese a todo el desafío actual es “más y mejor mercado”. Es importante analizar y terciar en el debate pues ello contribuye a precisar los desafíos que enfrenta el país en la próxima elección presidencial.
Ambos autores coinciden en afirmar que el sistema capitalista es insuperable en su habilidad para crear riqueza. Esta tesis, sin calificaciones, ha sido puesta en cuestión por el desarrollo reciente y es justamente la principal enseñanza de la crisis financiera internacional. Pero analicemos, primero sus diferencias.

Hernán Cheyre parte reconociendo que el mercado no conduce a una mayor justicia social o a la protección del medioambiente y es precisamente por ello “que hay espacio para justificar una intervención estatal en estas materias corrigiendo distorsiones que se consideran indeseadas”. Este reconocimiento, como al pasar, reviste una gran importancia pues es una novedad en los planteamientos que han informado tradicionalmente el pensamiento de la derecha. En efecto, ese sector político sostuvo durante mucho tiempo, que las distorsiones a las que estaba sujeto el mercado, no provenían de lo que la teoría de las fallas del mercado sostenía, sino que ellas eran resultado justamente del intento del Estado por superar esas supuestas fallas.

La teoría que sustentó la privatización generalizada que introduce el régimen militar era justamente, que la mano invisible del mercado, hacía que los individuos buscando su propio interés, satisficieran el interés general de la sociedad. En ese contexto, se sostenía, que el intento de impulsar desde la política pública, la justicia social, lo único que conseguía era introducir ineficiencias que terminaban perjudicando, principalmente, a los sectores más pobres. No obstante la falta de explicitación de este giro, el es valorable. Reconocida la insuficiencia indicada del mercado, el autor pasa a la ofensiva sosteniendo que definidos los objetivos de justicia social “lo más eficiente (es) recurrir a los mecanismos de mercado”. Para probar el aserto, el autor no considera necesaria la prueba, se limita a resaltar la “abismal” diferencia entre el sistema público y privado de salud tanto en lo referido a la calidad de servicio como en cuanto a la eficiencia con que los recursos son utilizados.

Lo que el autor intenta defender es que la educación privada es de mejor calidad, por ser privada y no porque los recursos utilizados son varias veces superiores a los accesibles a la educación  pública, o porque sus alumnos disponen de entornos familiares y sociales mucho más favorables al rendimiento educativo. En materia de salud, sucede algo similar. No es necesario recordarle al lector cuáles son las diferencias de precio y costo de los servicios. Son muchos los que sostienen que haciendo abstracción de la hotelería, el plan auge está entregando salud de calidad a 10 millones de chilenos, mientras que la salud privada cara, resuelve sólo parcialmente, el problema de salud de una minoría. Esta supremacía de la iniciativa privada, se demostraría además según el autor, en el sistema de capitalización individual. No es necesario un análisis sesudo del tema para  señalar que la creación, el año pasado, del pilar solidario del sistema de pensiones constituyó un reconocimiento de que el sistema privado no resolvía el desafío de entregar  de una vejez digna a la mitad de la población. Sin embargo, eso no es todo, ya que el impacto de la crisis financiera internacional ha hecho perder en torno al 25% de los ahorros de la mitad de los chilenos, a los cuales supuestamente, el sistema de capitalización individual si, les solucionaba el problema.No sin dificultad, Cheyre intenta hacerse cargo de las críticas que se formulan al capitalismo como resultado de la colusión de las farmacias y la catástrofe internacional por la que atravesamos. Cheyre sostiene que la búsqueda del máximo beneficio, está presente en “cualquier orden social” lo importante “es dilucidar cuál es el arreglo institucional más eficiente para convivir con ella(s) y para convertirlas en fuerza creadora”. La respuesta, según el autor, una autoridad reguladora que “raye la cancha” y crear las condiciones para profundizar la competencia.

Es importante llamarle la atención al amigo lector, de que aquí hay nuevamente un giro significativo en las posiciones del autor y su sector político. ¿O es necesario recordar  la crítica majadera a los gobiernos de la Concertación respecto de las regulaciones excesivas y de la falta de acción gubernamental para profundizar la desregulación? Pese a que intentan negarlo, la crisis financiera internacional ha golpeado con fuerza las convicciones ideológicas de la derecha. Luego de esta retirada estratégica, Hernán Cheyre formula la conclusión de su artículo. Al contrario de los que ocurrió con el colapso del socialismo, la crisis del capitalismo “ocurrió a causa de regulaciones y políticas inadecuadas, que retroalimentaron conductas inconvenientes de los agentes participantes” y por tanto”los problemas económicos se van a resolver…fortaleciendo los mecanismos de incentivos requeridos para inducir conductas que parecen más apropiadas”. Sobre esto volveremos al final del presente artículo, pero antes revisemos la perspectiva de Genaro Arriagada.

Sobre la base de su afirmación inicial, citada más arriba, Arriagada sostiene que con el proceso de concentración económica, las contradicciones entre empresarios y mercado no han hecho sino aumentar, de modo que es el propio capitalismo, el que termina destruyendo uno de sus pilares, esto es la libertad de elegir entre distintos productos, servicios y precios. En este contexto, Arriagada se pregunta ¿qué hacer con el capitalismo y los mercados?. Según el autor hay dos respuestas erróneas, volver al estatismo y a la defensa nostálgica del pequeño almacén frente a los grandes conglomerados y la idea de que los problemas se resuelven con la autoregulación y la responsabilidad social de la empresa. Ante esas falsas respuestas emerge la idea, dice Arriagada, de que es necesario rectificar el sistema mediante el fortalecimiento de las regulaciones y la creación de otras nuevas. No obstante, es necesario además limitar al capitalismo, en su tendencia a dominar la estructura social y política y sacándolo de aquellos campos donde es inepto, como es la justicia social, la protección de medio ambiente, la educación la salud o “donde nos lleva a desastres, como cuando su lógica invade a la política, las artes y la cultura”.

Más allá de sus diferencias, Cheyre y Arriagada coinciden en dos aspectos cruciales que desde nuestro punto de vista son equivocados. La afirmación respecto de la habilidad del capitalismo para crear riqueza y la relativa a que, para salir de los actuales problemas es necesario, sólo fortalecer y crear nuevas regulaciones.

Hablar de la capacidad del capitalismo de crear riquezas debe ser precisado. El capitalismo es también un gran destructor de riquezas. La crisis del 29 implicó la destrucción de grandes fortunas, caídas espectaculares de la producción y largos períodos de desempleo y miseria para los trabajadores del mundo. Fue justamente esta capacidad destructiva la que llevó a los gobiernos a regular y a intervenir en la economía, logrando aplanar los ciclos económicos y creando las condiciones para que el mundo experimentara entre los años 45 y 70 el período de crecimiento y de estabilidad más importante de la historia. Diferentes elementos pusieron fin a este período de oro de la economía internacional y crearon las condiciones para que volvieran los fundamentalistas del mercado. Reagan, Thatcher y Pinochet en nuestro país impulsaron las políticas que conocemos, de privatización y desregulación abriendo una nueva fase del capitalismo salvaje (en Chile revertido parcialmente por la Concertación) que es la que está terminando con la actual crisis económica. Se trata de un período que además revierte los importantes pasos que se habían dado en la etapa anterior hacia una mayor igualdad entre los ciudadanos.

Como destaca recientemente la revista conservadora The Economist, nunca antes de esta etapa se había concentrado tanto la propiedad y el ingreso. Si se analiza el período abierto por los líderes conservadores mencionados, desde los 30, nunca la economía había estado expuesta a crisis tan graves. La crisis de la deuda en los 80, que implicó caídas de producto en América Latina nunca antes vistas (recuerde el sr. lector lo aciagos años de la primera mitad de la década de los 80); la crisis del mercado de valores del 87 cuyos efectos se extendieron hacia comienzos de los 90; la crisis del Tequila, la crisis asiática iniciada en el año 1997, la crisis de las empresas punto com y de las telecomunicaciones; el desplome de ENRON y naturalmente, la actual crisis cuyos costos para los contribuyentes del mundo se suman por trillones. La habilidad del capitalismo para crear riquezas ha sido francamente puesta en cuestión en los últimos 25 años. Seguramente están en marcha los estudios para determinar el resultado neto, pero la situación no resulta halagadora para el capitalismo en su versión reaganiana.

Pero si todo esto es cierto, los problemas que enfrentamos no se solucionan con el simple fortalecimiento de las regulaciones y la creación de otras nuevas. Hay problemas más de fondo. Algunos sostienen que lo que ha entrado en crisis es un modelo basado en la profundización creciente de la desigualdad que ha caracterizado a la economía internacional y en particular a la estadounidense. Mayores regulaciones es lo que introdujeron los gobiernos de la Concertación a lo largo de estos 20 años. Ello explica la buena forma en que el país sorteó la crisis del “Tequila” y con menos éxito la crisis asiática (donde el Banco Central lleva una importante cuota de responsabilidad). El rechazo a la política social privatizadora, y la radicación en la política pública de la responsabilidad por lograr una mayor justicia social, es lo que permite que los chilenos tengan una mejor salud y puedan mirar con optimismo su vejez. Después de la crisis financiera internacional esto es sin embargo insuficiente.

El Estado debe limitar las capacidades destructivas del capitalismo con mayores regulaciones, pero también con un mayor intervencionismo en la economía para mirar más allá de las señales de precio que siempre tienen un horizonte de corto plazo, en especial en ámbitos en que las inversiones requieren largos períodos de maduración, como son los campos de la innovación tecnológica y la energética. Sin políticas públicas decididas no será posible revertir las fuertes desigualdades que afectan a la sociedad. En este ámbito, la cohesión social hace necesario terminar con políticas que por una presunta necesidad de concentrar la atención en los más pobres lleva hacer caer el peso de las políticas en los sectores medios. La política pública no basta en este empeño, se requiere restablecer los equilibrios en las relaciones laborales, para generar desde ahí presiones para una sociedad más equitativa. Nuevos equilibrios laborales generarán incentivos para que las empresas se decidan a priorizar la innovación tecnológica en el desarrollo de la competitividad internacional.

Artículo publicado en la sección de Blog de La Tercera.

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