¿Qué nos aportan hoy, las reformas en las universidades en los años 60?

Publicado : 14 Octubre, 2014 en Columnas Chile 21, Rafael Urriola

|por Rafael Urriola|


Poco saben los protagonistas de hoy, de las movilizaciones estudiantiles de fines de los años 60 que, probablemente, fueron más continuas, masivas y “politizadas” que en la actualidad. La historia sirve, entre otras cosas, para evitar repetir errores y, en esa óptica, Chile 21 se planteó en un foro la pregunta que titula este artículo, en la cual se invitó a reconocidos expertos y protagonistas.

El presidente de la FECH en 1968, Jorge Navarrete, enfatizó que las reformas de entonces se comprenden mejor conociendo el contexto -sin duda, especial- de la época. En lo internacional, dijo, la descolonización de países en Asia y Africa, el agudizamiento de la guerra Fría que arriesgó incluso enfrentamientos nucleares a propósito de la invasión a Cuba por parte de Kennedy; al mismo tiempo, en el propio EE. UU. aparecían las protestas de los negros por sufrir discriminaciones insólitas en democracia, unas pacíficas con Martin Luther King y otras agresivas como los panteras negras. Asimismo, la Iglesia se inclinaba a opinar acerca de los problemas sociales (Juan XXIII y el Concilio Vaticano lo cual influyó especialmente en la Democracia Cristiana, indica J. Navarrete); pero quizás lo que marcó a la juventud de aquella década fue la gesta heroica de un pequeño pueblo que se enfrentaba al gigante: Vietnam. Esta gesta, encontraba en el Che Guevara y Fidel Castro las versiones latinoamericanas de un heroísmo tan mítico como místico.

Pero claro, en lo nacional, la derecha se batía en retirada debiendo apoyar a la DC en las elecciones de Frei Montalva. Cuánto habrá molestado al conservadurismo saber que las alternativas que los chilenos consideraban eran solo la Revolución en Libertad de Frei Montalva o el Socialismo a la chilena de Salvador Allende!!. En este marco, la(s) Universidad(es) tenía que adecuarse a los cambio societales. Augusto Samaniego, Presidente del Centro de Alumnos del Pedagógico de la Universidad de Chile en 1968, que contaba con más del 30% de los 29.000 estudiantes de esa casa en ese año, plantea un ejemplo simple: Si la Reforma Agraria se masificaba se hubiesen necesitado miles de profesionales adicionales para desarrollar la producción agropecuaria. Los cálculos que se hacían por los técnicos, acerca de cuántos profesionales serían necesarios en Chile no parecían ajustados a la realidad, aunque es fácil coincidir que, el millón 200.000 estudiantes en la educación superior actual puede ser una exageración, que solo se explica por un concepto mercantilista de la educación sin criterios ni de necesidad ni de calidad ni sociales. Solo basta con el que paga accede!!!

Justamente, “la Universidad para Todos”, consigna planteada por la izquierda en la Reforma de los años 60 en algunas Ues, requiere algunas precisiones. A. Samaniego precisó que en la Universidad Técnica –hoy de Santiago- el movimiento estudiantil irrumpió desde 1964, en las Escuelas de Mina (Copiapó y otras), luego en Santiago, demandando mayores aportes fiscales para que la Educación Superior (en ese caso ‘técnica’, ingenieril y de profesores para la educación Media Industrial) lograse crecer incorporando a sectores sociales marginados del saber superior.

El entonces Secretario General del Centro de Alumnos de Medicina de 1969, Jorge Sánchez, recordaba que en esa escuela también se crearon sistemas de ingreso diferenciados aunque con cupos pequeños. La política universitaria que entonces primaba en Argentina de ingreso masivo, no era el sentido de la consigna de los estudiantes chilenos de los años 60. Aunque, de otra parte, era claro que las matrículas disponibles no eran suficientes y que debía ser el Estado quien debía entregar los aportes fundamentales para ampliar los cupos universitarios.

La matrícula era casi siempre financiada de manera muy importante por el Estado. Cerca del 80% de los presupuestos de las dos Ues públicas (la Chile y la Técnica) como en las seis privadas (la Católica de Chile, la Católica de Valparaíso, la del Norte, la de Concepción, la Santa María y la de Valdivia) existentes en la época. Con la excepción, relativa, de la U. de Concepción que, además de la Lotería, tenía financiamiento de donantes y la U. Santa María, que se financiaba con fondos de una donación muy antigua.

Como sea, los aportes privados eran menos importantes y, por el contrario, los Departamentos de Bienestar jugaban un rol significativo para reducir los costos del financiamiento de los estudios. Enrique Dávila, Presidente de la Escuela de Economía de la U. de Concepción en 1969, recuerda que centenas de alumnos vivían en cabañas al interior del campus y en centros subvencionados por la Universidad y disponían de acceso a comedores con precios muy rebajados. Todo ello fue eliminado tajantemente por la dictadura. No obstante, todos los expertos se preguntan si la gratuidad total no sería regresiva si, al mismo tiempo, no se hacen impuestos progresivos y suficientes para el financiamiento de una educación superior, por cierto de calidad pero en una cantidad de cupos que se estime necesario.

No cabe duda que es imposible no establecer algún proceso de selección refiriéndose a la educación superior. Las garantías que pudiese ofrecer el derecho a la educación en términos de gratuidad, por un elemental cálculo económico tendrían el límite de la necesidad social de lo que se financia y de un “rendimiento” en el marco de la calidad requerida. Esto, podría reducir drásticamente los cupos financiados por el Estado, lo cual podría ser percibido como discriminatorio por quienes no sean favorecidos. La Universidad del Mar, por ejemplo, y otras que reciben alumnos sin requisitos académicos o puntajes en la PSU son casos a considerar. Detrás de lo dicho, se tambalea un edificio ideológico construido en dictadura acerca de que la “única” manera de reducir las desigualdades es obtener un diploma superior.

En efecto, el problema es que los esfuerzos de las familias en la actualidad para financiar con endeudamientos descomunales, una carrera que –ya se sabe- es cada vez menos seguro que permita asegurar retornos suficientes, siquiera para pagar la deuda. La gran paradoja pareciera ser que, mientras en los años 60 faltaban profesionales; hoy, a la luz del mercado, solo una parte de ellos podrán trabajar en puestos en que su formación tenga incidencia. En los años 60 el “cartón profesional” aseguraba ingresos correspondientes a lo que se entendía por estratos medios superiores; hoy, se ha creado una nueva segmentación, en que solo algunos universitarios pueden esperar ese status social. Los demás, verán incrementada su frustración de escalar en una sociedad de férreas segregaciones.

El financiamiento, no era motivo de debates públicos en las reformas del 68, afirma J. Navarrete aunque, él mismo -seguramente en su calidad de economista- participó en las comisiones de reforma en ese preciso ámbito, que creó la U. de Chile luego del plebiscito de 1969 que ganan las posiciones moderadas pero que no fue respetado por la izquierda (PC-PS y MIR) con el afán de persistir en las movilizaciones.

Según Navarrete, en ese momento habría faltado un debate auténticamente universitario, por así decirlo, “puertas adentro”, centrado en lo universitario. En cambio, la izquierda también contextualizada por la evidente posibilidad del triunfo de Allende en 1970 veía la necesidad de comprometer al movimiento estudiantil con los cambios que estaban en la agenda nacional y, por lo tanto, era más pertinente que nunca, en esta óptica y en esta estrategia, evaluar el compromiso de la Universidad con el cambio social.

Ricardo Lagos Escobar y Andrés Pascal Allende, en listas diferentes, fueron en estos años candidatos a Secretario General y Rector de la Universidad de Chile, respectivamente. Es decir, política y universidad eran ya inseparables. Ciertamente, la óptica DC se alejaba de la de la izquierda, tanto en la universidad como en la sociedad, a pasos agigantados después de 1970.

Asimismo, la dirección de los tiempos se visualizaba en las Federaciones de Estudiantes. Hasta 1967, la DC controlaba 7 de las 8 federaciones de las universidades. En aquel tiempo en las privadas como en las públicas existía organización estudiantil libre que, por lo demás, fue eliminada por la dictadura reemplazándola en la U. Católica por organizaciones tuteladas que constituyeron a la postre el núcleo directivo de la UDI en los siguientes 30 años. (Quizás de allí que les es tan difícil aceptar la democracia como regla del juego, incluso en sus decisiones internas).

Hacia 1970, la DC había perdido la hegemonía, aunque guardaba un respaldo importante entre el estudiantado. Alguien dijo que lo que pasaba en la universidad mostraba la dirección de las sociedades pero, si así fuese, habría que pensar si el derrotero libertario o anarquista de la mayoría de las federaciones de las Ues (públicas o privadas) que tienen elecciones normales estaría señalando un camino futuro para Chile?.

Ciertamente nada es mecánico, el movimiento estudiantil del S XXI -al igual que el de todos los tiempos, en fin de cuentas- surge como una crítica al “establishment” lo que incluía 20 años de gobiernos concertacionistas que postergaron una reflexión a fondo y las consecuentes políticas para adecuar la educación a los nuevos tiempos. Nadie podría desconocer la actual influencia del PC en el movimiento estudiantil aunque les cabe reflexionar, a su vez, que en pocos años dejaron de dirigir en casi todas las federaciones que lo hacían.

Por su parte, el conglomerado de siglas que conforman las autonomías estudiantiles que, bien o mal, dirigen las Federaciones universitarias, pueden converger hacia propuestas políticas tan legítimas como racionales. Varios de esos movimientos -los más consolidados- ya tienen representantes en el parlamento por lo que, a diferencia de la visión de “caos anarquizante”, podría de allí surgir la savia nueva para un referente de otro tipo en la política nacional que deje atrás a partidos que aparecen demasiado anquilosados a ojos de los jóvenes. Por ejemplo, tres de estos grupos han planteado ir unidos a la FECH en 2014 lo que les aseguraría un triunfo importante en esa Federación. Como sea, los jóvenes no pueden ni deben, ser dejados de lado al examinar las perspectivas de un país. Hoy, los estudiantes “están en el límite” señalaba E. Dávila en el foro de Chile 21, refiriéndose a que sus decisiones políticas como movimiento estudiantil puede conducir a una posición marginal con respecto a la política, basada en una acción directa, probablemente inútil y desgastante -además de elitista- o bien, constituirse en un referente en todas las lides políticas que ofrece la democracia. Está por verse!!!

De otro lado, la masificación del ingreso de estudiantes a las Ues (que es diferente a la masificación del conocimiento, por cierto) ha ayudado a romper parte del elitismo que tenía la institución Universidad hace 50 años. “Esto no obsta –subraya Sánchez- que en la época se nos inculcaba un profundo carácter elitista en nuestra Escuela. Ser los mejores, pero también se indicaba que Chile nos necesita [nosotros, médicos] aunque ello no tenía expresión concreta”. Samaniego, de su parte, recuerda que cuando los estudiantes en toma, pusieron en el frontis de la Universidad Católica el irrefutable letrero El Mercurio miente”, este diario argumentó en sucesivas editoriales que, por definición, la universidad era elitista. Con el tiempo, al surgir la privatización masiva y descontrolada -aunque pagada!!!- el Mercurio ha cambiado radicalmente de opinión a favor de una supuesta libertad.

Esta libertad ha llevado a la destrucción del concepto mismo de universidad, señaló Carlos Ominami, puesto que ha generado una segmentación ideológica y excluyente. Cada grupo de presión ha creído necesario hacer “una extensión de la capilla” mediante la creación de una universidad propia y sesgada. Los ya dudosos criterios democráticos que se desarrollan en la U. Católica para elegir a sus autoridades se ampliaron a subgrupos, tanto al interior de los poderes económicos como ideológicos. Así, hemos llegado a que la U. del Desarrollo, vinculada al Grupo Penta pertenece a la UDI y, en particular, a quienes están en el Opus Dei; la U. Finis Terrae a los Legionarios de Cristo; la U. República, a la masonería que ha perdido su histórica hegemonía en la U. de Concepción; la U. Alberto Hurtado a los jesuitas; la U. Pedro de Valdivia a un influyente sector de la DC, etc. Lo concreto es que en cada universidad se opta por formar “sus” propios batallones de tecnócratas ideologizados en un pensamiento unidimensional. Esto no solo tiene importancia fatal en la segregación social y en los ghettos de redes sociales excluyentes que van creando los poderes fácticos de la nación, sino también elude una reflexión como país. En consecuencia, detrás del discurso de la libertad de elegir, más bien, se expresa la libertad de excluir o de “seleccionar a los propios”.

Samaniego, señala que el núcleo principal del debate nacional sobre la calidad y equidad de oportunidades en educación HOY es definir clara, conceptual y políticamente qué será Educación Pública y la responsabilidad del Estado con ella y como garante de la fe pública, especialmente respecto de las instituciones que reciban –bajo diversas vías- financiamiento fiscal. Dice que a un nivel de abstracción la Educación Pública no es inamovible sinónimo de propiedad estatal. Desde la sociedad civil pudieran desarrollarse instituciones que se desempeñen ‘por encima’ de visiones, intereses de determinada “parte de la sociedad”, para expresar así su carácter nacional “público”.

El pensamiento universal, para llegar a serlo, debe enfrentarse a las demás ideas y respetar la diversidad y las diferentes corrientes de pensamiento. Es necesario un estudiante crítico -se decía- con alto consenso en las universidades en los años 60. Es decir, capaz de examinar, discutir y evaluar las corrientes de pensamiento, especialmente en las ciencias sociales. El conservadurismo exacerbado por la dictadura eliminó de las aulas y de las materias de estudio a lo social. Esto quería decir: lo social queda a cargo de la elite en el poder.

En otro ámbito, la politización del movimiento estudiantil en los años 60, reconocida por los panelistas (aunque no siempre compartida, porque Jorge Navarrete expresaba que solía haber una “extralimitación de funciones” en los idearios del estudiantado) probablemente sería más fácil de comprender en el ideario socialista que tenía entonces plena vigencia. Luego de la caída del muro de Berlín, hasta ahora, no es fácil imaginarse el modelo de sociedad por el cual se movilizan los estudiantes. Es decir, las reacciones básicas de los estudiantes del SXXI parecen más relacionadas con vivencias que con proyectos societales, aunque no podrá dejarse de reconocer que este movimiento que se le bautiza en 2011, rompió con algunos mitos ideológicos, aparentemente incólumes, a través de tres conceptos básicos de orden societal: no al lucro, gratuidad y no a la selección.

En el plano estrictamente universitario, el movimiento estudiantil de la U. de Chile logra recién en 1971 que, por primera vez –cuando fue electo rector Edgardo Boeninger-, las máximas autoridades sean elegidas con voto por estamentos en que los estudiantes ponderaban el 25% y los académicos ponderaron 65%.

El cogobierno, otro tema a destacar, en su sentido académico se instaló con representantes estudiantiles en los consejos normativos, el senado universitario, entre otros. Es extraño que en 2014, pese a que los estudiantes son los principales “socios financieros” de las universidades no hayan planteado con mayor fuerza una representación directa en los gobiernos corporativos de las casas superiores privadas; lo mismo podría argumentar el Estado, en especial, cuando concurre con fondos significativos al financiamiento del “negocio” como se acostumbra decir en el ramo.

En los años 60, no solo se dio 25% de representación a los estudiantes y 10% al estamento no académico en las votaciones para elegir autoridades, sino que también se hizo una fuerte campaña para democratizar los derechos de los profesores, lo cual fue encabezado por la UTE cuyo rector, Enrique Kirberg -militante del PC-, impulsó tal democratización. Asimismo, como lo señala E. Dávila, el nombramiento en el rectorado de la U. de Concepción del Dr. Edgardo Enríquez fue una táctica adecuada para mitigar la conflictividad entre autoridades y estudiantes, toda vez que el nuevo rector era el padre del máximo dirigente del movimiento que encabezaba la Federación de Estudiantes (el MIR). Las reformas se instalaron, pero ya en 1972, hubo un freno a la democratización en ese plantel. Los conflictos políticos del país que escalaban hacia la intolerancia, también llegaron a la masonería, la que decidió desplazar a Enríquez.

En cuanto a la docencia, Jorge Sánchez, consigna que parte importante de la lucha universitaria en la Facultad de Medicina en 1968 se centró en terminar con los cargos vitalicios, es decir, profesores que jamás hacían clases porque -con o sin razón- se consideraban eminencias y tampoco tenían un rol importante en ayudar a los alumnos. Esto permitió, indirectamente, democratizar -en algo- la votación ya que, solo votaban profesores titulares, los cuales además, tenían el cargo a perpetuidad.

Una manera en que se expresó este cambio fue la definición de un triple rol en el marco de las misiones de la universidad: la docencia, la investigación y la extensión. Esta última misión, que no estaba en los anales universitarios previos a 1968, se refería a que la propia universidad, como institución, debía vincularse con su entorno social. En algunas escuelas de la U. de Chile se implementó la idea de que algunas cátedras se hiciesen directamente en empresas, por ejemplo, contabilidad.

Así, paradojalmente, mientras que en los años 60 en el ámbito universitario se criticaba a los profesores anquilosados en sus pergaminos y sin presencia real; al entrar el siglo presente, se critica, sobre todo, a los profesores “al paso” que van únicamente a una clase y que no tienen ningún conocimiento, ni menos, compromiso con la enseñanza en su sentido amplio. Más aún, ante las dificultades de control sobre la calidad y las acreditaciones, es posible suponer que hay una gran diferencia entre los más de 50 establecimientos de educación superior. Como sea, la calidad de la educación requiere profesores adecuados y la reforma de los años 60, ayudó a mejorar la relación e interacción alumno-profesor. La institucionalidad actual dispone de un segmento de investigadores que, a veces, ni siquiera están vinculados a la docencia, con una enorme cantidad de profesores “al paso” que no tienen compromiso alguno con el establecimiento educacional que los contrata.

En definitiva, hay numerosos aspectos que diferencian las reformas de los años 60 del Siglo XX con esta de los años 10 del siglo XXI, pero también hay elementos que aprender o comprender de las experiencias. La reforma de la educación superior aun no empieza a debatirse. El foro organizado por Chile 21, sin duda, ayuda a plantear los temas de fondo de las reformas que se avecinan en este ámbito.