Violencia, política y sentido común

Publicado : 17 Septiembre, 2014 en Columnas Chile 21, Gloria de la Fuente

|por Gloria de la Fuente|


Lo ocurrido con el “bombazo” en un concurrido lugar de Santiago no dejó indiferente a nadie y ha logrado impactar de manera importante la agenda pública, obligando a los actores políticos a tomar posiciones sobre temas que no son siempre fáciles de enfrentar. ¿Qué se ha hecho para evitar este tipo de sucesos y cuáles son los caminos de salida para que ello no vuelva a ocurrir? No obstante, más allá de las medidas de política que ha adoptado el gobierno para que acontecimientos como este no vuelvan a ocurrir, lo cierto es que vale la pena plantearse algunas preguntas para darle una vuelta más a ciertas ideas que de manera nociva comienzan a instalarse en el sentido común, que como se sabe, no siempre es el más común de los sentidos.

Primero, creo que hay que ser enfáticos en disociar la movilización social de actos de carácter terrorista que buscan causar pánico en la población. No hay nada más contrario a la reivindicación social en distintos ámbitos -que es propia de la democracia y que se expresa en la calle a través de marchas y protestas- que aquella que busca simplemente causar pánico e incluso daño a la población. La manifestación de distintas demandas de la ciudadanía en materia de educación, medioambiente, salud, derechos humanos -entre otras-, de la que ha sido testigo nuestra sociedad en los últimos años, son reflejo de una sociedad que pierde el miedo y que ha buscado lugares de expresión para aquello y está bien que así sea, porque el juego democrático consiste justamente en que estas demandas sean acogidas, procesadas y articuladas por quienes tienen el poder de hacerlo. Ello reivindica la fuerza que tienen las reformas estructurales que se ha propuesto el gobierno, porque surgen justamente en el seno de la movilización social de hace algunos años y bajo ningún punto de vista debilitan su importancia.

Un segundo punto es la pregunta respecto a si se hizo lo suficiente para evitar un hecho de estas características y si el endurecimiento de penas, junto con otras medidas para la persecución de estos delitos ha sido la adecuada y habría evitado hechos de esta envergadura. Es difícil saberlo. Lo que si es cierto, es que si hechos de este tipo indican fallas en los procedimientos y en los resultados, entonces es deber de la autoridad aplicar rápidamente las medidas correctivas. Si esto implica agentes encubiertos, mejorar la ley antiterrorista o tomar otro tipo de medidas para perseguir y castigar crímenes y vulneración de derechos de las personas, bienvenido sea, porque el supuesto es que en democracia existen mecanismos de contrapeso, fiscalización y vigilancia que descubren los mantos de opacidad y pueden evitar los abusos, a diferencia de los servicios de inteligencia y la persecución de infracciones a la ley que operan en las dictaduras, donde ello no es posible. De hecho, Chile tiene un triste historial en esto, donde el estado de derecho simplemente no existió y donde fueron los propios servicios de inteligencia quienes se encargaron de perseguir, torturar y eliminar a seres humanos por el simple hecho de pensar distinto.

En cualquier caso, y esto me lleva al tercer punto, lo cierto es que no podemos hacernos presa del temor ni de la desconfianza, porque nada de esto debiera impactar de manera importante nuestra imagen país ni el necesario debate sobre el proyecto de sociedad que queremos construir, sino que más bien agrega un elemento al análisis e interpela nuestra capacidad de respuesta, como ha sucedido en otros lugares del mundo que han sufrido este tipo de atentados, que es la necesidad de considerar que en un mundo como en el que vivimos, existen y existirán grupos más o menos organizados que con absoluta falta de conciencia y respeto sobre el valor de la vida y los derechos humanos, no trepidarán en causar daño y asesinar en función de objetivos inciertos. Estos son los adversarios que nuestra sociedad, e independiente del color político de cada cual, debe combatir.