Conflictos, coaliciones y renovación

Publicado : 30 Junio, 2014 en Columnas Chile 21, Gloria de la Fuente

|por Gloria de la Fuente|


Esta semana se ha hecho bastante más explícita una debilidad de la Nueva Mayoría que veníamos anunciando hace algún tiempo: sus problemas para procesar disensos respecto a las reformas contenidas en la agenda de gobierno para los próximos cuatro años. En efecto, si hay algo que ha sido una interrogante respecto a esta coalición desde que la Concertación pasara a ampliarse para constituir la Nueva Mayoría, es la capacidad que tendría para ser más que una alianza electoral y constituirse, ante todo, en un conglomerado político cuyo proyecto pudiera, con matices, caber bajo el mismo paraguas.

Lo que hemos visto en los últimos días, particularmente en los desencuentros con el presidente de la DC y la imposibilidad del conglomerado oficialista de llegar a acuerdo sobre una nueva forma de coordinación, es la evidencia de que la coalición tiene problemas relevantes para alcanzar niveles de institucionalización y de profundidad de debate, que le permita procesar de manera adecuada sus diferencias. No obstante, creo importante sostener que el problema más trascendental en la coalición no es aún de fondo, sino que sigue siendo de forma y de prácticas instaladas bajo una lógica anclada en la vieja Concertación.

De forma, porque ninguno de los actores de la Nueva Mayoría ha puesto en duda la necesidad de avanzar en los tres pilares fundamentales propuestos por la actual administración, a saber: reforma tributaria, reforma educacional y cambio a la Constitución. Si bien en el transcurso del debate ha habido discusiones gruesas sobre la forma de enfrentar estos cambios estructurales, es decir, los procedimientos, no hay quien ponga en duda su necesidad (como si ocurre en la derecha frente a estos mismos temas).

En tal sentido, uno de los desafíos relevantes que tiene la coalición es generar mecanismos para que los debates se produzcan de forma interna en una lógica interpartidaria, que permita el diálogo militante más allá de las mesas y de las propias bancadas parlamentarias. Claro que ello precisa cierto nivel de institucionalización o reglas del juego, pero también capacidad de cada partido para concurrir a esta instancia de debate, y para ello hay pocas herramientas. En efecto, tal como señala el Informe Auditoría a la Democracia del PNUD, nuestros partidos políticos siguen funcionando en una lógica propia de la transición, y es así como son eficientes máquinas electorales y deficientes espacios de debate y de intermediación entre la sociedad civil y el Estado, alcanzando altos grados de estabilidad, pero poca simpatía desde la ciudadanía.

Todo ello es consecuencia de una ley de partidos añeja que la dictadura nos heredó para conformar un sistema de partidos funcional a sus intereses, pero también de ciertas prácticas instaladas y que son en gran parte propias de la lógica de funcionamiento de la transición de una élite partidaria que se ha ido renovando escasamente, no sólo en rostros, sino que también en la forma de hacer las cosas. Es en esta línea que es posible entender que sean actores del propio conglomerado los que quieran clausurar el debate sobre cuestiones tan relevantes como el mecanismo de cambio a la Constitución, el aborto, el matrimonio igualitario y otros temas, bajo la lógica del miedo o la “ingobernabilidad”. En democracia los debates se ponen en la mesa, más aún si la amenaza de la regresión autoritaria, tan propia de la década de los ’90, nuestro propio devenir institucional se ha encargado de disipar.