¿Por qué defender el Instituto Nacional?

Publicado : 02 Junio, 2014 en Portada, Prensa

|Por Marcel Théza|


El Instituto Nacional representa simbólicamente uno de los escasos espacios donde la concepción republicana tuvo un mayor desarrollo y produjo mayores consensos a nivel de las élites que se fueron sucediendo en el Chile posterior a la independencia.

Bien sabemos que el republicanismo, como idea articuladora de la nueva nación chilena, prontamente se enfrentó – en el campo del ordenamiento político – con las ideas conservadoras que este sector promovía y que con rudeza no ahorraron calificativos para criticar las “teorías tan alucinantes como impracticables” del republicanismo democrático (Presidente Joaquín Prieto al presentar la constitución de 1833).

Sin embargo, fue en el campo de la educación donde conservadores y demócratas tuvieron siempre menos dificultades para llegar a acuerdos. A ello debemos los consensos relativos a la importancia de la educación pública y al rol del Estado como su agencia fundamental y primordial. En efecto, si hubo controversias a este respecto, ellas se dieron más bien con la Iglesia Católica, celosa defensora del emprendimiento educativo y del respeto de las llamadas “libertades individuales”; principio a partir del cual la Iglesia buscó establecer un punto de diferencia con el Estado.

En este marco de relativo acuerdo, instituciones como el Instituto Nacional pudieron impulsar un modelo pedagógico de tipo meritocrático, fuertemente inspirado en la idea de que a la educación le correspondía no sólo formar buenos profesionales, sino, ante todo, buenos ciudadanos.

Los efectos de esta política son conocidos: la formación de un grupo variado de actores que contribuyó a modelar momentos claves de nuestra historia, a pesar de que estos actores mostraron trayectorias divergentes e incluso contradictorias; cuestión que pone en evidencia la naturaleza democrática del proyecto educativo del Instituto Nacional.

Sin embargo – y esto fue la norma en muchos aspectos – fue la bajo la retórica ultra liberal de la dictadura militar que estos consensos que se habían formado en torno a la idea de educación pública fueron puestos en cuestión, fueron borrados; anteponiendo, ante ellos, el dogma de que la educación podía y debía funcionar bajo un lógica de industria.

Hoy el diagnóstico es unánime: la educación pública se debilitó y año a año seguimos viendo como la participación de este tipo de educación decae en comparación a lo que representa el subgrupo educación privada y educación subvencionada.

Pero paradojalmente el Instituto Nacional pudo resistir. Por cierto esto lo ha hecho en un contexto de dificultad, de relativo abandono y en un marco institucional (municipal) que lo ha privado de su potencial histórico de servir social y pedagógicamente como un referente para el conjunto de la educación chilena. Como afirma un prestigioso y respetado ex profesor del Instituto, “la municipalización logró tristemente municipalizar los espíritus y también las ambiciones”.

La pregunta es: ¿por qué el Instituto ha logrado resistir? La respuesta no es sencilla, pero podríamos presumir que en todo momento el Instituto ha tenido personas que han logrado promover en la comunidad escolar una convicción de celo por el resguardo de la misión con la cual siempre ha intentado trabajar. Estos son los liderazgos positivos que han promovido identidad, cariño y compromiso por el viejo colegio. Son estos los elementos que han prevalecido y no los relativos a la selección de las “mentes brillantes”, como algunos lo intentan presentar.

Ahora bien, esta resistencia se ha convertido en un hecho molesto, y no es exagerado señalar que muchos quisieran ver al Instituto Nacional en una situación de mayor debilidad. Muchos desearían ver ya extintos estos llamados baluartes de lo público y así también ver resuelto definitivamente el afrontamiento desigual que lo público y lo privado han librado en las últimas décadas.

Las últimas semanas hemos presenciado lamentablemente como se pretende presentar al Instituto Nacional como el símbolo de todas las injusticias, al ser formalmente la expresión de un sistema que “selecciona” a sus alumnos. El Instituto es presentado como un colegio egoísta, que separa las trayectorias de los amigos, que discrimina, etc. En fin, sería la expresión de todos los anti-valores que los chilenos han – en buena hora – re-aprendido a reprochar.

Digamos que el radicalismo torpe, miope y escasamente estratégico de algunos de los integrantes de la comunidad escolar del Instituto ha contribuido – lejos de defender sus intereses – a potenciar este sentimiento en la opinión pública.

Pero también es un hecho que formalmente hoy el contexto político comienza a cambiar, y si bien todos sabemos lo complejo que será reconstruir lo que ha sido destruido en varias décadas y el tiempo que esto tomará, también es evidente que la agenda política anuncia nuevos desafíos y nuevas restricciones que el instituto Nacional parece obligado a enfrentar.

Hoy se argumenta: ¿por qué habría que privilegiar a un colegio en particular? viendo todas las necesidades que tiene el sistema público. Este es un argumento a lo menos discutible; imagino que a nadie se le ocurriría pensar en dejar de invertir en la Biblioteca Nacional Central (en su infraestructura, en sus salas, en sus fondos históricos) bajo el argumento de que hay muchas bibliotecas en el país que requieren atención. De ser así, estaríamos expuestos a una concepción igualitarista bastante básica, cuyos efectos prácticos pueden llegar a ser también bastante perniciosos.

Es en este marco donde aparece el tema de la “selección de los estudiantes”. Nadie puede negar que una mala lógica de selección, fundamentalmente cuando va acompañada de prácticas de discriminación, constituye un problema sistémico de la educación chilena, y que este fenómeno es responsable, en gran medida, de los procesos de fragmentación y endogamia que son más que elocuentes en nuestra sociedad.

Sin embargo, a pesar de lo que se pueda pensar, el tema fundamental del Instituto Nacional no es la selección. La selección ha sido el mecanismo para enfrentar un problema funcional y operativo: más demanda de ingreso que posibilidades de vacantes. Muy alejado de lo anterior, el elemento clave del Instituto Nacional es su derecho – y su obligación – a desarrollar un modelo meritocrático y republicano de educación (basado en el esfuerzo y no en el dinero ni en los apellidos) que recobre el desafío de proyectar su experiencia al conjunto de la educación chilena.

Lo que ha afirmado hace algunos días el ex Senador Carlos Ominami en esta línea no puede ser ni más exacto ni más oportuno; ese es el desafío del Instituto Nacional.

Por lo demás, hay que señalar que si hay un colegio que puede exhibir una tradición de inclusión social permanente es precisamente el instituto Nacional. Mi padre, en el Instituto Nacional, convivió con compañeros de distintos niveles sociales; fue también mi experiencia; y sigue siendo la experiencia de mi hijo.

En rigor, la gran deuda del Instituto Nacional es más bien con una infinidad de niños talentosos que nunca han podido estudiar en este colegio, no por ser pobres, sino por son inválidos, por ser ciegos, por portar distintos tipos de discapacidad que este colegio se ha visto imposibilitado de abordar y acoger.

Por la importancia del Instituto Nacional hay que señalar, sin ningún pudor, que colegios de este tipo – difusores de la idea meritocrática que produjo los sanos consensos que le permitieron a Chile tener educación pública de calidad – requieren de un tratamiento especial.

Establecimientos como el Instituto Nacional debiesen ser formidables en su infraestructura, generosos en la remuneración de profesores de calidad y de dedicación exclusiva, y altamente exigente en sus planteamientos pedagógicos. Los Estados deben dotarse de PILARES desde donde irradiar su visión y los modelos operativos que proponen.

Precisamente eso representa el Instituto Nacional: un pilar. Este pilar debe ser protegido y cuidado no sólo por su comunidad, sino por el conjunto de un Chile que debe volver a apoyarse en las instituciones públicas de las cuales siempre sintió legítimo orgullo.