Agenda rica, debate pobre

Publicado : 30 Mayo, 2014 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


ES UN lugar común decir que soplan vientos de cambio en el país. La agenda nacional sufrió un cambio en un lapso corto. Como me lo dijo de una manera un tanto frívola un amigo argentino: “Chile está dejando de ser un país aburrido”. Temas que en la actualidad concentran el debate estuvieron proscritos durante años. Luego de la reforma de 1990, la posibilidad de una transformación de nuestra estructura tributaria aparecía fuera de la realidad política. Antes bien, el tema dominante era el contrario: la rebaja de los tributos.

Otro tanto puede decirse del tema constitucional. Existe hoy un compromiso presidencial de avanzar hacia una nueva Constitución. Incluso, la opción a favor de una asamblea constituyente se ha hecho espacio en el debate. Resulta lejano el 2005, cuando la mayoría de la clase política daba por cerrado el tema constitucional y se aplaudía la promulgación de una supuesta nueva Constitución. Por su parte, el debate planteado por la reforma educacional introduce ideas muy nuevas respecto de las prevalecientes hasta hace poco. Sostener, como lo hace el ministro Eyzaguirre, que la selección y el lucro no sólo no ayudan, sino que son contrarios a la calidad, era algo que estaba fuera de lo razonable.

Un último botón de muestra. El 2008 se creó una difícil situación en la Cámara, cuando Marco Enríquez-Ominami presentó un proyecto de aborto en la línea con el estándar internacional. Una parte de la DC apareció unida con la UDI anunciando la creación de una “bancada por la vida”, el gobierno argumentó que el proyecto estaba fuera de las preocupaciones de la gente y el presidente de la Cámara lo declaró inadmisible por transgredir el “derecho a la vida”.

El cambio ha sido súbito. Fue lo que despectivamente se denomina “la voz de la calle” la que consiguió introducir un nuevo sentido común a través de las grietas de la institucionalidad construida en la transición. No fue el mundo político el que produjo estos cambios en la conciencia colectiva. Lo que ocurrió fue lo inverso. Fue la ciudadanía la que con su movilización activa hizo posible esta transformación.

La diferencia no es menor y explica la forma tosca que ha adquirido el debate. En la Nueva Mayoría ha sido necesario un enorme esfuerzo para producir los argumentos para sustentar las reformas que se adoptaron más por presión que por convicción. Esta reconversión no abarcó a todo el bloque. La vieja Concertación, crecientemente incómoda, ha mostrado su inclinación conservadora rasgando vestiduras en contra de la “crispación” del clima político.

La forma en que la mayoría de la oposición ha enfrentado el debate ha sido patética. Todavía no entiende que los cambios obedecen a tendencias de fondo que hacen inútiles las resistencias. Los cambios se pueden moderar y reorientar, pero no detener. En vez de una reflexión lúcida sobre las causas de su derrota, ha optado por el atrincheramiento y la descalificación.

Todo esto ha producido un fuerte contraste entre la riqueza de la agenda y la pobreza del debate. Estamos pagando el precio del deterioro de la capacidad de pensar el país más allá de los negocios, de escrutar los escenarios futuros más allá del corto plazo, de anteponer los principios por sobre los intereses corporativos.


Publicado en “La Tercera”