Algo está cambiando

Publicado : 09 Enero, 2014 en Portada, Prensa

|por Gloria de la Fuente|»


No cabe duda de que el resultado de la elección parlamentaria y presidencial ha precipitado varias transformaciones en el sistema político chileno que, si bien venían ocurriendo de antes, anticipan cambios para el espectro de partidos y conglomerados que hemos conocido. Paradójico resulta que esta crisis se precipite en el actual oficialismo, que logró ser gobierno después de medio siglo y que con dificultad ha enfrentado la sombra de haber apoyado la dictadura de Pinochet. Dos cuestiones son claves para entender este proceso.

Primero, el catastrófico resultado parlamentario y presidencial, que ha puesto en evidencia la mala gestión de las mesas partidarias en la selección de candidatos al Congreso (considerando la ventaja que da el binominal a las grandes coaliciones) y la disputa por la hegemonía del sector, cuya máxima expresión fue que RN, después de la renuncia de Longueira a su candidatura, no tuviera capacidad de imponer a su propio abanderado, que había resultado segundo en la primaria. Segundo, y más relevante, es que el sector no tiene un líder natural o, más simple, una carta presidencial de consenso para el 2017, cuestión que no sólo aumenta los apetitos, sino que abre la puerta al debate de proyecto.

Lo anterior es relevante, porque algo similar pudo pasar a la Concertación en 2009 tras la derrota presidencial. Sin embargo, allí primó la necesidad de desplazar el debate ante la evidencia del incombustible apoyo ciudadano a Bachelet, que hizo de la primaria presidencial del año pasado un ejercicio de resultado predecible, pero de vitrina relevante para el 2017. Por cierto, que este debate se haya desplazado no quiere decir que sea evitable, porque la Nueva Mayoría enfrenta el reto de demostrar en el próximo gobierno que no sólo es contundente en las urnas, sino que será capaz de mantener la cohesión del bloque político en el Parlamento, el diálogo entre los partidos, y el apoyo mayoritario de la ciudadanía, todo esto en un cuadro donde la sociedad está más dispuesta a salir a la calle a demandar el cumplimiento de las promesas.

Con todo, ninguna transformación política y social tendrá capacidad de plasmarse en resultados electorales si no hay cambios en las reglas del juego de nuestra democracia que promueven el statu quo y que subordinan la representación política a la falaz lógica de la “gobernabilidad”. En tal sentido, es esperanzador que en una votación inédita se lograra en el Congreso la derogación del guarismo 120, que abre la posibilidad de reformar el sistema electoral, porque da una oportunidad relevante a la siguiente administración de elaborar una fórmula de consenso para mejorar sustantivamente la alicaída representación en Chile.