Mayorías y acuerdos del nuevo ciclo

Publicado : 19 Diciembre, 2013 en María de los Angeles Fernández

|por María de los Angeles Fernández|»


Cuando se suponía que serían las divergencias programáticas al interior de la Nueva Mayoría las primeras en salir a flote, éstas se han apresurado a aflorar por otro lado. Nos referimos a las estrategias a seguir frente a la futura oposición, asociadas a la pugna en su interior por el eje hegemónico.

La preocupación del timonel PS, Osvaldo Andrade, por lo desmedrada que podría quedar la derecha, manifestada a su par de la UDI, generó molestia en sus socios. Era comprensible. Recordemos que la Concertación planteó como uno de los factores de la derrota en 2010, la ausencia de mayorías para llevar adelante su programa. Así las cosas, una vez conseguidas, éstas estarían para ser usadas. Frente a ello, se han alzado voces que acusan el intento de pasar la aplanadora.

La discusión nos remite necesariamente a la “democracia de los acuerdos” de la primera etapa de la transición. Señalada como la piedra angular de la estabilidad, se basaba en la negociación parlamentaria, que se seguía obligatoriamente de mecanismos institucionales tales como el sistema electoral y las supramayorías, hoy fuertemente cuestionados. Su uso compulsivo terminó conduciendo a lo que Michelle Bachelet, durante su reciente campaña, denominó los acuerdos tipo “té con leche”, transacciones que traicionan la esencia de lo que se propone realizar.

Pero, ¿es posible prescindir de alguna forma de búsqueda de consensos? Parece que no, tanto por la cultura política de los chilenos como por la necesidad de políticas de continuación, indispensables para hablar de verdadero desarrollo. Incluso el conglomerado de gobierno, que hoy parece tan hermanable, debiera imaginar prontamente fórmulas para procesar sus diferencias. Lo que ofrece al país como diversidad también contiene múltiples oportunidades de vetos cruzados.

La búsqueda de acuerdos en el nuevo ciclo debe ser de cara a la ciudadanía y en base al diálogo. Ello obliga a discutir necesariamente el tipo de democracia que tenemos, por cuanto las opciones de reforma han transitado siempre por las avenidas del elitismo democrático. Su resultado, con una preocupante abstención, está a la vista. Aunque surgirá la tentación a recurrir a comisiones de sesgo tecnocrático —y hasta ver cómo prospera el debate constitucional—, debiera avanzarse hacia visiones dinámicas y abiertas como la creación de consejos económicos y sociales, así como de mecanismos participativos más propios de la democracia semidirecta.