Una nueva Constitución

Publicado : 16 Diciembre, 2013 en Portada, Prensa

|por René Jofré|»


Respecto del plebiscito que dio origen a la actual Constitución se han conocido detalles, en investigaciones periodísticas y testimonios de la época, sobre la fragilidad del ejercicio del derecho a voto en las condiciones de falta de control democrático de dicha consulta.

No se conocen todas las historias de ese referéndum, pero sí se sabe que se hizo sin los resguardos propios de una institucionalidad democrática, con una alta probabilidad de ser vulnerado por fraude. No hubo debate, como ahora, acerca de cuál era el mejor método para sustituir la Constitución de 1925. Ni siquiera se planteó una comisión bicameral: el Congreso estaba clausurado hace años.

A comienzos de la transición, el texto constitucional fue parte de las conversaciones, en condiciones asimétricas de fuerza, entre el gobierno y oposición de la época. Se realizó entonces una primera legitimación por la vía de otro referéndum que aprobó por abrumadora mayoría un Sí a reformas constitucionales, las que se evidenciaron con el tiempo muy limitadas para la vida en democracia. Se fue legitimando el ordenamiento constitucional del país de modo casi imperceptible. Lo que, desde siempre, debió haber sido una piedra en el zapato para todos los sectores democráticos, se obvió en pro de la convivencia. Sólo una minoría consistente insistió en su cambio. Hasta ahora.

En efecto, diversos estudios y sondeos indican que es mayoritaria la opción de cambio de la Constitución. A 33 años del señalado plebiscito y a 25 años del término de la guerra fría, nada justifica que no se pueda cambiar la Constitución, ni en la derecha.

La propia alianza debería entender este cambio, sin señalar, como lo ha hecho, que a la gente “el cambio a la constitución no le va ni le viene”. Incluso, si esto fuese tomado como cierto, no se explica entonces tanto empeño en defenderla. A lo mejor, porque el cambio a la Constitución traerá necesariamente una modificación del sistema electoral, el binominal, que se sostiene sobre la base de una proporcionalidad restringida al máximo. Este artificio electoral, hemos visto, ha favorecido a unos y a otros, pero más a los sectores conservadores que lo han convertido en su mayor trinchera.

El debate sobre el cambio de la Constitución se ha centrado en varias ocasiones en el método más adecuado para cambiarla: si una comisión bicameral, si un plebiscito, si una asamblea constituyente y todas las variantes que de esas tres opciones, juntas o por separado, puedan verificarse.

El recurso de centrarse en el método plantea interrogantes: ¿Cuánto se quiere o no que la ciudadanía participe de este proceso?, ¿Sobre la base de que representatividad se hacen los cambios? ¿Cuántas opciones se votan en un eventual plebiscito? ¿Una propuesta única, dos, tres? ¿Quién las propone?

En este camino es que surge la idea que sea una representación muy amplia, de todos los sectores, de todos los partidos, elegida democráticamente, la que determine qué Carta Magna asume el país, tal como lo han hecho en lugares como Colombia, Ecuador, Islandia o Suiza en momentos y escenarios muy diferentes.

Las fuerzas políticas podrían fijar nuevas líneas estratégicas y otras alianzas, en un país distinto. Ese acto, de convivencia inclusiva, significaría futuro. Terminaría definitivamente la transición.