Bachelet e igualdad de género: esperanza condicionada

Publicado : 13 Diciembre, 2013 en Igualdad de género, María de los Angeles Fernández

|Por María de los Angeles Fernández|»


El hecho de que Michele Bachellet y Evelyn Matthei se disputen la presidencia de Chile el próximo domingo puede llevar a pensar que hay avances en los derechos de la mujer en Chile. Pero este fenómento se explica por factores que, de no sellarse con medidas vinculantes, podrían desmoronarse.

Quien no conozca bien Chile podría pensar que el hecho de que Michelle Bachelet y Evelyn Matthei sean las que se disputen la primera magistratura en el balotage presidencial a realizarse el 15 de diciembre constituye una medida de los avances experimentados por las chilenas. Tal impresión no sólo es engañosa sino que coexiste con algo que no hay que olvidar: resulta todavía una rareza que el poder ejecutivo pueda descansar en hombros femeninos. Así lo recuerda Sheryl Sandberg en su libro Lean in al señalar que, de los 195 jefes de Estado que existen, sólo 17 son mujeres. La situación se acentúa con el triunfo, en la reciente contienda parlamentaria, de dos de los principales rostros femeninos de las movilizaciones estudiantiles, Camila Vallejo y Karol Cariola. A ello hay que sumar la también reciente elección de mujeres a la cabeza de dos de las principales federaciones estudiantiles, correspondientes a las universidades de Chile y Católica.

El que algunas mujeres sobresalgan no significa que las chilenas en su conjunto avancemos al mismo paso. Si bien debemos agradecer logros importantes desde que en 1990 se recuperara la democracia, existen todavía deudas que se arrastran desde la transición. En 2010, año en que Michelle Bachelet, una mujer reconocida por su compromiso con los derechos de las mujeres dejaba el cargo, se concluía que poco o nada se había avanzado en participación política femenina y en derechos sexuales y reproductivos. Luego de tres años, la misma mujer corre con evidente ventaja para volver a ocuparlo. El Chile que encontrará, en materia de igualdad de género, no solamente está estancado sino que ha experimentado retrocesos. El último ranking de igualdad de género del Foro Económico Mundial de 2013 muestra que el país cayó al lugar 91, entre 136 economías. Tan deshonroso puesto se explicaría por los nulos avances en participación y oportunidades económicas así como en empoderamiento político.

El hecho de que dos mujeres, adversarias políticas con vidas entrecruzadas en la historia política reciente disputen la presidencia, se explica tanto por factores de coyuntura como por cambios culturales más lentos que, de no sellarse con medidas vinculantes, podrían desmoronarse. Es lo que sucedió con la paridad ministerial impulsada por Bachelet en 2006, que duró solamente el periodo de su mandato y con altibajos. En el primer caso, ambas han venido a entregarle mayores posibilidades de triunfo a sus respectivas coaliciones. La candidatura de Matthei, último recurso de una derecha desesperada que vio desmoronarse sus dos apuestas presidenciales masculinas previas, aspira a neutralizar el factor de género favorable a Bachelet. Por otro lado, ambas pueden ser vistas como síntoma de cambios a fuego lento.

La chilena es una sociedad que todavía se mantiene como una isla conservadora en el extremo sur de América Latina. Integra el grupo de los cinco países que, a nivel mundial, carecen de una ley de aborto terapéutico y, aunque se ha avanzado a nivel del debate público, aún carece de una ley de matrimonio igualitario, a diferencia de Argentina y de Uruguay. Ello no es de extrañar por cuanto la aplicación del Estudio Mundial de Valores en 2006 mostraba datos curiosos para el caso de Chile. Al analizar las dos dimensiones del cambio valórico, centradas en supervivencia-bienestar, por un lado y, por otro, en tradición-racionalidad, se apreciaba que el país, desde 1990, se movía muy lentamente en el eje de la racionalidad desde una sociedad muy tradicional a una menos tradicional, y mucho más rápidamente en el eje del bienestar hacia mayores niveles de prosperidad. Precisaba, además, que “a la velocidad que han cambiado los valores en la última década, Chile necesita al menos tres décadas para llegar a tener los valores que hoy se identifican con una sociedad moderna”. En este orden de cosas, el país experimenta un desfase entre su desarrollo económico y cultural.

Aunque se da por descontado el triunfo de Bachelet en segunda vuelta, siendo la mayor preocupación el nivel de abstención que podría producirse como resultado del debut en propiedad del voto voluntario, a partir de marzo de 2014 la atención estará centrada en las posibilidades de concreción de los cambios estructurales que ha prometido en educación, régimen tributario así como nueva Constitución. Chile mantiene la carta fundamental heredada del régimen militar aunque sucesivamente reformada en democracia. Coincidirá, además, con las presidencias de Dilma Roussef y de Cristina Fernández en Brasil y Argentina, respectivamente. Aunque la evidencia indica que la condición de mujer no garantiza un compromiso con los asuntos propios del género, resulta inevitable que las esperanzas se vuelquen en hombros de la conducción femenina. Sin embargo, las presidentas deben enfrentar factores tales como la capacidad estatal, el grado de democracia y los legados institucionales a fin de lograr-si es que se lo proponen-la plena autonomía de las mujeres de sus países. Súmese a ello un contexto internacional preocupante. Se viene advirtiendo acerca de la “ralentización” de la lucha por la igualdad de género. Por un lado, se observa el impacto de la crisis de la llamada “Zona Euro” como producto de los recortes fiscales que afectan las políticas que impulsaban sus Estados de Bienestar y, por otro, también en Estados Unidos se observa un debate acerca de una igualdad que no logra mantener la velocidad esperada.

Aunque nadie podría dudar del compromiso de Bachelet con los derechos de las mujeres, reforzado luego de su paso por ONU-Mujeres de tal forma que de la igualdad entre los sexos de su primer mandato ahora está dando pasos hacia el desafío de la heterosexualidad normativa al declararse a favor del matrimonio igualitario, algunos factores de contexto proporcionan señales de alerta. La coalición que le sirve de contexto, denominada Nueva Mayoría, obtuvo respaldo suficiente para avanzar en algunas de las reformas prometidas como la tributaria y la educacional, pero mantiene diferencias latentes en asuntos valóricos que hacen desconfiar del destino que pudiera tener una ley de aborto terapéutico. Añádase a ello que, en los veinte años en que la Concertación (compuesta por cuatro de los cinco partidos que hoy sostienen su coalición de gobierno) fue gobierno, no tuvo el más mínimo interés en apoyar una ley de cuotas de género. Esta negación tiene a Chile con una magra representación de 15% y 18% de parlamentarias en la Cámara de Diputados y en el Senado, respectivamente.

El contexto se observa encrespado por cuanto se coincide en afirmar que Bachelet enfrentará, por un lado, una sociedad más empoderada y con altas expectativas en el marco de un mandato de sólo cuatro años y, por otro, una coalición con mayoría pero con diferencias latentes en materia de estrategia a seguir frente a una derecha que no ha obtenido los votos suficientes en las recientes elecciones parlamentarias como para mantener su poder de veto en temas decisivos, definiciones programáticas (particularmente entre la DC y el PS) y pugnas internas acerca de quien detectará la hegemonía a su interior. Ante este panorama, se corre el riesgo de que las demandas por igualdad de género puedan pasar a segundo plano. En este plano, y desde el punto de vista de las percepciones, Chile presenta también tantas paradojas como las que surgen de la heterogeneidad de datos que avalan la disputa por la interpretación del malestar que viene recorriendo su sociedad desde fines de los 90, reactiva por el movimiento estudiantil del año 2011. Mientras la encuesta de la Corporación Humanas 2013 arroja que 87% de las chilenas considera que nuestro país es machista y un 71% que hay discriminación, tan sólo 1% señala que la discriminación contra la mujer es uno de los principales problemas a atender según un reciente estudio Ipsos-Usach.

Es éste todo un desafío para el debilitado movimiento feminista que, tentado nuevamente a encandilarse con el fenómeno político que es Bachelet, deberá resolver si pasa a la ofensiva o bien si persiste en renovar por segunda vez su esperanza. En este segundo caso puede terminar, como ya sucedió en 2010, consolándose a punta de puros impactos simbólicos.