Democracia, participación y legitimidad

Publicado : 12 Diciembre, 2013 en Columnas Chile 21, Gloria de la Fuente

|por Gloria de la Fuente|»


Probablemente este será recordado como el balotaje con menos incertidumbre de los últimos años. La contundencia del resultado de primera vuelta, que dan una diferencia de más de 20 puntos entre las candidatas y las evidentes divisiones al interior de la Alianza por Chile, presagian un triunfo holgado para Michelle Bachelet y la Nueva Mayoría. En este contexto, se ha instalado, con razón, una generalizada preocupación por los niveles de participación electoral, pero ¡atención!, creo que hay que tener cuidado en la interpretación del fenómeno y los caminos de reforma que se adoptarán a partir de aquello.

En efecto, pese a que en la primera vuelta competían nueve candidatos, la participación alcanzó apenas algo más del 50% (considerando un padrón real de cerca de 12,5 millones de personas) y cerca de 400 mil electores menos que la presidencial de 2009. Entre ambas candidatas que pasaron a segunda vuelta, la suma total es algo más que 4 millones 700 mil votos, pero Bachelet obtuvo el doble de votos que su contendora. En este cuadro, la Alianza enfrenta la segunda vuelta con un problema mayúsculo de desafección, porque el número de votos de Matthei (1 millón 600 mil), está muy lejos del que alcanzó incluso Piñera en la primera vuelta de 2009 (algo más de 3 millones), por lo que es claro que parte importante de su electorado simplemente no quiso participar u optó por Franco Parisi quien, además, ha hecho explícito su llamado a no votar por la candidata de la derecha en esta vuelta. Así las cosas, la suerte parece estar echada y el problema se torna mayúsculo, porque con una carrera corrida y una coalición política con graves conflictos para movilizar a su electorado (sumado a todas las vicisitudes de fin de año), es probable que el número de electores este domingo llegue con suerte al 50%.

Me parece aquí relevante propiciar una correcta lectura sobre la participación que veremos el domingo, porque creo que hay que tener cuidado con instalar y caer presos del discurso de la legitimidad del resultado que ciertos sectores han ido articulando en los últimos días, ya sea porque es una manera de plantear una posición contra el programa de Bachelet y a favor del statu quo o porque, siendo acérrimos defensores del voto obligatorio, ven aquí una oportunidad de reinstalar el debate.

Lo primero es señalar que una elección es legítima en la medida que el procedimiento sea transparente y limpio, donde se garantice la igualdad en el ejercicio de este derecho como principio fundamental. En este sentido, independiente del nivel de participación, la ciudadanía se pronunciará a favor de un proyecto electoral que, además, tiene una fuerza relevante en el legislativo para impulsar los cambios que se propone. Al respecto, ¿quiere decir esto que debemos permanecer indiferentes ante los bajos niveles de participación?, evidentemente no, pero creo que hay que entender de manera adecuada la naturaleza de la apatía política y poner correctamente los incentivos para iniciar caminos de reforma.

Esto es una cuestión importante, porque de seguro habrá quienes a partir del lunes insistirán en volver al voto obligatorio, como si con ello fuera posible borrar de una vez la apatía, el desinterés por la política y el descrédito de los partidos, dejando de lado la posibilidad real de entender el fenómeno. Aunque en veredas distintas respecto a la voluntariedad del voto, en esto estoy con el académico Mauricio Morales: las instituciones están para cuidarlas y mejorarlas, pero no para jugar con ellas.

Al respecto, sin duda las ciencias sociales tienen mucho que aportar. Es necesario comprender bien las razones por las cuales las personas no concurren a las urnas, que puede ir desde las dificultades de desplazamiento a los locales de votación (por los costos en transporte), el nivel de competencia percibido (que aumenta la incertidumbre y el interés) o, tal como diría Pierre Rossanvallon, por esa creciente desconfianza que se traduce en la impolítica, es decir, la crisis de sentido y la impotencia que han contribuido a la dilución del espacio colectivo de construcción de un proyecto de sociedad (y cuya expresión es muchas veces anómica y difusa).

Comprender si uno o todos los fenómenos explican los déficit de participación es una cuestión central y requiere de mucha responsabilidad política de parte de los tomadores de decisiones, porque evidentemente no es lo mismo ofrecer transporte gratuito el día de una elección o cambiar los locales de votación, que propiciar una reforma electoral y a los partidos para mejorar la oferta y propiciar la participación; mejorar los planes de educación ciudadana en los colegios u ofrecer mecanismos de participación complementarios a las elecciones como plebiscitos o referéndum, para que la ciudadanía se pueda expresar sobre temas de interés colectivo.

En cualquier caso, lo cierto es que la respuesta de la política en Chile siempre ha ido detrás de las transformaciones de la sociedad y de los acontecimientos. Si hay una oportunidad en este nuevo ciclo, es justamente calibrar mejor la sintonía y la capacidad de respuesta que se tiene frente a estos fenómenos.