Abstención y balotaje

Publicado : 04 Diciembre, 2013 en Portada, Prensa

|por René Jofré|»


Ni bien terminaban los ecos de la primera vuelta, destacados analistas culpaban al tipo de voto de la baja participación electoral. El voto voluntario era algo así como el resumidero de los males de la política chilena.

A favor de ellos habría que decir que en esta oportunidad hubo una oferta electoral amplísima, pero no subió el número de votantes como se pronosticaba al momento de su implementación. En contra, habría que señalar que los análisis con cifras relativas encubren la precaria realidad del padrón electoral y puntualizan, excesivamente, en el voto voluntario un problema que es de todo el sistema político (financiamiento de los partidos, de las campañas, lobby y política, sistema electoral, baja confianza en las instituciones políticas, entre otros).

En el inicio del gobierno, no pocos dirigentes prefirieron ir analizando las “reformas políticas” que prometía la actual administración de una en una y no negociar un conjunto amplio. El tiempo ha demostrado que fue un error. Poco se obtuvo de tal método.

Pero el voto voluntario llegó para quedarse, al menos en la segunda vuelta electoral, y puede producir una participación aún más baja que en noviembre.

¿Es eso un problema para la legitimidad de la elección?

No. Debido a que las reglas para determinar quién es el Presidente están definidas: será elegida quién gane en el balotaje con mayoría absoluta. En este sentido, la segunda vuelta no es una elección distinta, sino una extensión de la primera, ya que quienes compiten adquieren calidad de tal en dicha contienda. Por lo demás, uno de los objetivos del balotaje es consolidar la primera mayoría relativa en la mitad más uno del electorado, para asegurar legitimidad.

Es una extensión también en los resultados, ya que, al menos en Chile -eso ha sido probado una y otra vez en estos años-, no ganan los segundos.

Si esa legitimidad es respaldada por una amplia mayoría parlamentaria, aun mejor. En la primera vuelta quedó configurada una mayoría en el Congreso que si ganara la segunda opción se convertiría en un dolor de cabeza para el ejercicio de gobierno.

Por tanto, el debate sobre el impacto real de la segunda vuelta se tiene que hacer considerando la primera elección.

En este caso, los candidatos que ocuparon lugares secundarios han resuelto no apoyar, hasta ahora, a ninguna de las opciones en competencia. Habrá que ver si sus electores les hacen caso. También queda la posibilidad de que las candidaturas que compiten intenten convencer a electores que no votaron a que lo hagan en segunda vuelta. De ahí algunas acciones límite para mover a nichos electorales que se supone más abstencionistas, como el “voto evangélico”.

Hay análisis que atribuyen el electorado que no votó como “hastiado del sistema” y otros que lo definen como “indiferentes a la política”, más conformes con el modelo. Una lucha de interpretaciones que no consigue poner de acuerdo a quienes no ven que los motivos para no votar están en todo el eje que cruza esa contradicción y no sólo en sus extremos.

En cualquier caso, en la elección del 15 de diciembre ganará quien asegure la mitad más uno de los votos.

Lo que sí traerá una votación muy baja es un sano debate acerca del real significado de la democracia que tenemos. Es en ese momento que se debe hablar de todos los temas, no sólo del tipo de voto.