Marinovic y la “debilidad moral” de la derecha

Publicado : 12 Noviembre, 2013 en Portada, Prensa

|por Osvaldo Torres|»


Hace unos días, Teresa Marinovic escribió la columna “El ocaso de la derecha y las preguntas pendientes sobre Pinochet”. Me llamó la atención que la licenciada en Filosofía se hiciera un conjunto de preguntas “políticas” y “morales” a la vez, pero centrándose básicamente en la figura de Pinochet, como si éste hubiese conducido el país en la soledad, sin ministros, seremis, alcaldes, rectores –instituciones y personas a su servicio–, ni con un proyecto de sociedad apoyado por el gran empresariado, profesionales, sectores conservadores de la Iglesia Católica, medios de comunicación privados y estatales, el poder judicial y las “corrientes políticas” civiles.

Preguntarse a 40 años del Golpe si Pinochet sabía de las violaciones a los derechos humanos, si todo ello era en defensa propia o si el Ejército (las FF.AA.) obró con ética (los detenidos desaparecidos sólo son posibles si caen detenidos, son esposados por una autoridad estatal y luego son eliminados en una situación de indefensión completa; incluida la de los tribunales), me parecen preguntas impertinentes o poco inteligentes. Molestarse porque “la izquierda” acusa a la derecha, ya sea de no haber tenido “sensibilidad moral” o de que estuvo “dispuesta a pagar cualquier precio por un modelo económico”, es no conocer que parte de los grupos económicos actuales se formaron con las empresas rematadas por el Estado y que los parlamentarios UDI-RN se opusieron a principios de los 90 a la investigación parlamentaria y a su revisión caso a caso. Con sus preguntas se oculta el hecho de que el modelo económico era inviable para ser implantado, a través de la vía democrática, en el Chile de principios de los 70.

Pero incluso es más llamativa su reflexión, pues condiciona la posición que la derecha debiese tomar ante el Golpe –que ella justifica–, señalando que “exigimos, como condición para cualquier forma de mea culpa, un mínimo de objetividad de su parte (de la izquierda)”. Como se comprenderá, es difícil que un pensamiento así pueda contribuir a la superación de la crisis político-cultural de la derecha –de aquella que hemos conocido desde que se hizo golpista e integrista– si queda atrapada en lo que pueda decir un otro (la izquierda) para hacer su revisión ético-política de la trayectoria de sus últimos 45 años. Condicionar la elaboración de una lectura crítica de su pasado es ya expresión de la debilidad moral de la derecha, incapaz de sostener una posición propia a la espera de lo que digan otros. Es más extraño aún si se considera que la izquierda, con sus diferencias políticas, hizo su propia evaluación del Golpe cívico militar, sin esperar “mea culpas” de la derecha.

Pero bien, lo que es incomprensible es que una filósofa moderna haga analogías médicas para explicarse “el ocaso de la derecha”. Recuerda el diagnóstico del “cáncer marxista” del general Leigh. Epistemológicamente es imposible dar con un buen diagnóstico e interpretación de lo que ocurre con la derecha chilena si se le aborda como un objeto que no piensa, que tiene un “foco de infección” que la ha llevado a su total “contaminación” (por un agente patógeno que no señala), en vez de analizarla como una fuerza política que expresa intereses y valores de un sector de la sociedad que concentra los privilegios y los ingresos del país, pero que está perdiendo la batalla cultural de las ideas, de su proyecto hegemónico neoliberal. De lo cual la dupla Mathei-Lavín son una expresión ridícula proponiendo el “modelo finlandés de educación” o “el modelo de economía social de mercado alemán” en la actual campaña.

La fuerza del discurso libremercadista como vía para la libertad y la realización personal ha perdido eficacia. La desigualdad abismante ya no se explica por la ineptitud individual de los que serían unos desgraciados a los que podría llegarle un subsidio, sino por la estructura de propiedad de los recursos naturales y del poder económico que la reproduce. El desamparo social ante la enfermedad, la vejez y el delito ha dejado de ser percibido como producto de una trayectoria personal inevitable o poco feliz y se vive como resultado de un abuso sistemático de empresas, empresarios y políticos que no supieron defenderlos mientras se esforzaban por pagar educación, salud y seguridad para sus familias. La relación entre el liderazgo moral de los políticos y la certeza de que eran servidores públicos trabajando con ahínco por sus electores y su patria, ha dado paso a la irritación, al desencanto y –a veces– a la esperanza de que esto puede cambiar, pero por efecto de la propia movilización.

Estamos a días de las elecciones presidenciales y parlamentarias. La derecha en crisis sólo puede esperar que su electorado más fiel le acompañe por el susto que le han cultivado hacia las otras fuerzas políticas (la nueva Constitución como el caos, el alza en los impuestos como el freno del crecimiento económico, la gratuidad de la educación como la expropiación de colegios subvencionados, etc.), pero esto está ocultado la carencia de un proyecto de sociedad que revincule el ideario neoliberal con los aprendizajes de la población y con la democracia.

Por lo anterior es tan importante ir a votar, derrotar a la derecha en un escenario que le es incómodo, como son las elecciones y, en particular, la presidencial –que no está sujeta al binominalismo– y marcar el voto AC (Asamblea Constituyente) para comunicar el irrenunciable derecho ciudadano, se profese la ideología que sea, a darse su propia Constitución Política. Las batallas del presente y del futuro aquí y en el resto del planeta están en torno a la conquista, defensa y/o ampliación de la democracia.