La Memoria Herida

Publicado : 04 Noviembre, 2013 en Portada, Prensa

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La Memoria Herida

|Por Sacha Alanoca


Llegué a Santiago a principios del mes de septiembre en un momento clave para la historia del país, pero también para mi propia historia. Soy una franco-chilena de 21 años nacida y criada en Paris. Siempre tuve mucha curiosidad y afecto por la tierra de mi padre, que se fue de su país a los 19 años para nunca más regresar. Esta curiosidad por Chile me la transmitió a través de cuentos de su infancia en la Cordillera, en un mundo andino y campesino muy lejano de mi cotidiano parisino. A los 14 años por fin pude visitar a mi familia en esta tierra. Llegué a Arica, y allí descubrí no solamente una parte de mis raíces, sino que también costumbres, un calor humano y una manera de ser que me atraían y de las cuales me sentía cercana. Estas vivencias plantearon el deseo de quedarme en Chile por un largo tiempo, para realmente compartir con los chilenos su cotidiano, sus alegrías, penas y dudas. Y a través de esa experiencia, tratar de comprender la complejidad de su mentalidad…y de mi propia identidad.

Esta oportunidad finalmente se presentó cuando en junio de este año finalicé mi licenciatura en ciencia política, economía y filosofía (sí…mezclas así existen por allá!) en la Universidad de York, en Inglaterra. Después de 3 años en el norte de Inglaterra, quería sólo dos cosas: aplicar el conocimiento ‘académico’ que había acumulado en York, que me parecía a veces tan teórico y lejos del área profesional. Y la segunda, era irme lo más lejos posible de Europa, a un país donde hubiera más sol que lluvia, y donde la gente fuera más cercana… Era para mí el momento de regresar a Chile y volver a mis raíces.

Los tiempos que corren son muy propicios para que una estudiante de ciencia política pueda analizar el proceso eleccionario que vive el país. De mi experiencia europea, las elecciones siempre permiten de generar un diálogo nacional sobre las mayores preocupaciones de un país, y mi pasantía en la Fundación Chile 21 me parecía la oportunidad perfecta para entrar de lleno al juego político. Estaba preparada para vivir con expectación las elecciones de noviembre…pero no previne los hechos de agitación social que enfrenté al llegar a Santiago el primero de septiembre.

En esos días que precedieron a la conmemoración del 11 de Septiembre, sentí mucha tensión, dolor y a veces indignación. Una suerte de emoción interna que se había guardado por mucho tiempo y que finalmente tenía que explotar públicamente. Una violencia interna que, quizás, era el reflejo de alguna desilusión por el proceso democrático y la falta de reconocimiento de su pasado. En los diarios, la televisión, o en la calle había una fuerte emoción nacional que recién arribando al país no era posible de explicar racionalmente…Una tensión que me parecía marcada por una historia quebrada, que todavía no era narrada por todos los actores de la misma forma.

Parecía faltar una memoria común para unir a los chilenos con su pasado. La memoria estaba herida.

Esta misma observación fue realizada por Bernard Richard, agregado cultural de la Embajada de Francia de 1974 a 1977. Tuve la suerte de encontrarle hace poco en el Centro Cultural GAM y allí conversar en extenso sobre su trabajo en Chile y el apoyo que prestó al famoso diplomático Roland Husson, ayudando a esconder y exiliar a artistas chilenos. Con mucho pudor pero también con emoción, me contó aquellos eventos emblemáticos de la historia chilena, sobre las cuales intentaba ahora trazar una mirada retrospectiva, luego de 36 años de su última estadía.

Muro interactivo del GAM

Muro Interactivo en el centro cultural GAM

Richard fue invitado a Chile para participar en un coloquio histórico. No obstante, fue mayor su sorpresa y perplejidad cuando se puso a conversar con los otros invitados, y descubrió las diferentes versiones históricas de los 40 últimos años. Dependiendo del interlocutor, las diferencias entre los relatos eran tales, que le parecía que no había una, sino, dos memorias: ambas reivindicativas de una verdad objetiva; y al mismo tiempo, profundamente distintas e incluso contradictorias. Por un lado, se narraba una historia condenando el 11 de septiembre y las violaciones de derechos humanos que ocurrieron durante la dictadura. Y, por otra parte, se relata una visión radicalmente diferente, donde el Golpe de Estado no siempre era referido como ‘Golpe’, y donde la toma de poder de Pinochet era vista de manera salvadora, económica y políticamente.

Richard me contó que le parecía que la tensión entre estas dos memorias alternativas podía ser reflejada a través de la tensión social que rodeaba los eventos del 11 de septiembre. Que quizás, al mismo nivel que el centralismo o la desigualdad, una de las principales raíces del malestar chileno era esta falta de comprensión mutua que se transmite de generación en generación y se guarda a través de la memoria.

Por mi parte, creo que si los eventos del 11 de septiembre me marcaron tanto, fue porque yo no había anticipado la intensidad de este contexto social. Crecí y estudié en Europa y la verdad es que desde allí Chile tiene una de las mejores reputaciones de Latinoamérica. Es el primer país que ingresó en la OCDE (Organización de Cooperación de Desarrollo Económico) en América del Sur, uno de los primeros países en elegir una mujer como Presidente. Y esta mezcla de desarrollo económico y político, hacen parecer a Chile como un país a la vanguardia de su continente, con una sociedad homogénea y poco desigual.

Además, el hecho de que mi padre se fuera de Chile antes del Golpe y que no hubiese vivido el régimen militar, condicionaba mi mirada sobre estos eventos. Él por supuesto me contó con tristeza la situación del país, su oposición al Golpe y las posibles consecuencias de volver, pero nunca percibí en sus palabras la misma necesidad de reconocimiento, emocional y legal, que sentí de parte de algunas personas al llegar a Santiago. Con ellas, solamente compartía una cierta incomprensión por lo que pasó ese 11 de septiembre; y una búsqueda por reconciliarse con esta historia quebrada hace cuatro décadas. Sin embargo, la mayor diferencia entre nosotros era que yo solamente tenía una alta curiosidad por lo que pasó estos últimos 40 años. Pero no una necesidad, casi existencial, de reclamar justicia y verdad. Uno construye su identidad, presente y futura, sobre una cierta comprensión del pasado. Si una sociedad esta polarizada históricamente, y algunos de los actores sociales no reconocen eventos característicos de la vida del os otros ciudadanos, eso provoca tensión y frena el desarrollo humano de éstos últimos.

Cuando finalmente llegó el 11 de Septiembre, ya estaba muy expectante ante cualquier movimiento o declaración social. En comparación con lo que había vivido hasta ahora en Europa, el clima general me parecía denso y estaba muy atenta a lo que podía suceder.

Ese día recibí una invitación de un familiar que trabaja en un liceo en el centro de Santiago para asistir a la proyección de un documental del artista Francisco Casas, hecho 10 años atrás para los 30 años del Golpe de Estado. Este documental se llamaba La Memoria Herida. Me llamó mucho la atención la elección de sus palabras. De alguna manera, aquél título me parecía cristalizar muy adecuadamente la forma de malestar que había encontrado en Chile desde mi llegada. Lo que realmente me marcó durante la exhibición del documental fue la diferencia de reacciones entre los adolecentes, que tenían entre 13 y 16 años y que nacieron post-Golpe, y los profesores, que sus edades bordeaban los 50 años y crecieron durante la dictadura. Los adolescentes, al poco rato, mostraban señales de aburrimiento: hablaban con sus compañeros y jugaban con sus celulares. Muchos ya se habían ido cuando finalizó el documental. Y fue solamente cuando me paré que me di cuenta de la emoción de los profesores, que se habían quedado tan tranquilos durante la proyección pero estaban ahora casi todos emocionados, llorando y abrazándose.

Más que esta divulgación tan abierta de emoción, lo que me sorprendió fue la brecha intergeneracional que se observé a través del contraste de las reacciones entre alumnos y profesores. Otra vez, me parecía que faltaba esta comprensión común que se transmite a través de la memoria.

Marcha en Barrio Yungay

Marcha en el Barrio Yungay para el 11 de Septiembre

La segunda parte del día me permitió completar este retrato intergeneracional. Regresando a casa encontré justo en la salida del metro Cumming una marcha de un estilo muy particular. Los jóvenes que marchaban tenían en su mayoría entre 20 y 30 años, se habían disfrazados con atuendos de carnaval… Máscaras de calaveras, cotillones y tambores acompañaban el ritmo frenético de danzas andinas. Parecía que la única manera de romper el silencio remanente del Golpe, la opresión de libertades de expresión y de oposición política, era a través de esta provocadora alegría. Esta euforia de carnaval, que era tan comunicativa y unificadora, mostraba que los chilenos ya no tenían miedo: el poder estaba también en la calle. 40 años después del Golpe, me pareció que la transición democrática en Chile continuaba y que una nueva generación se había despertado, finalmente tomando conciencia de su poder ciudadano.

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Bailando danzas Andinas en la marcha