¿A quién le importan los programas de gobierno?

Publicado : 01 Octubre, 2013 en María de los Angeles Fernández

|por María de los Angeles Fernández|»


En la recta final de la campaña que concentran más elecciones, desde 1990 a la fecha si consideramos el debut de la elección directa de los consejeros regionales (CORES), se señala que éstas son inéditas. ¿Las razones? El hecho de que sea la primera elección presidencial sin Concertación, el inédito número de nueve candidatos presidenciales junto a seis listas parlamentarias, la cantidad de chilenos que votará por primera vez por efecto del voto voluntario, el nivel de desgaste con que las dos coaliciones mayoritarias concurren a las urnas, la relativa utilidad de las encuestas, la arremetida de los regionales y la abundancia de candidatos PC son algunas de las que se esgrimen.

Sin embargo, junto con situaciones inéditas, hay otras que se repiten en el tiempo. Vale la pena destacar dos que, además, forman parte del lenguaje político cotidiano, aunque más como una expresión de deseo que una realidad concreta. Nos referimos a la necesidad de “renovar la política” y a la importancia de “una política de ideas”. Sobre la primera, ya algunos analistas de VocesLT como @tresquintos han dejado de manifiesto su carácter de mito. Plantea que “ad portas de la primera elección legislativa con voto voluntario no hay evidencia que sugiera que habrá tal renovación. En 2013, 93 diputados buscarán ser reelectos. Este guarismo es superior a la cantidad de diputados que históricamente ha tratado de permanecer en sus cargos”. Añade un factor de preocupación adicional que en nada contribuye a mejorar la calidad de la política: “el porcentaje de titulares y desafiantes que tienen parentescos con otras personas que están, o estuvieron en algún momento reciente, en la clase política elegida en elecciones populares”. Tal situación, como vemos, anuncia un nepotismo parlamentario que parece ir en ascenso.

Sobre la necesidad de promover una política de ideas, uno de cuyos supuestos es su utilidad para orientar las preferencias electorales, nada sería más coherente que la difusión de programas de gobierno por parte de las distintas candidaturas. Sin embargo, la prensa advierte que “a 55 días de la elección, candidatos siguen sin programa definitivo: Bachelet y Matthei lanzarán sus propuestas en los próximos días”. El titular de La Segunda es ciertamente injusto, al menos, por dos motivos. Primero, porque se concentra en las dos candidaturas más competitivas, “ninguneando” las siete restantes y segundo, porque evita los matices. No es cierto que todas las candidaturas carezcan de programa definitivo. La de Bachelet presenta tres ejes bastante nítidos y hasta los críticos de MEO le reconocen que ha desarrollado un trabajo programático que supera sustantivamente los enunciados generalistas del resto de sus contendores.

La irrelevancia de los programas electorales es algo que parece haber aumentado con el tiempo. Ya en noviembre de 2009, algunos analistas como Engel constataban su ausencia en una columna titulada “¿Dónde están los programas?”. El asunto cobra vigencia ante la inminencia de los debates televisados.

Es posible esgrimir varias causas para explicar esta situación. La creciente personalización de la política, que privilegia más rostros y gestos que ideas y palabras; el tránsito de nuestros partidos más hacia máquinas de consecución de votos (vote-seeking) y de cargos (office-seeking) que de políticas públicas (policy-seeking); los incentivos que genera el régimen presidencial que entrega toda la prerrogativa a quien detente el cargo; el corto mandato de cuatro años así como el protagonismo de una tecnocracia que, si bien fue golpeada en el ala por efectos del Transantiago, parece retornar por sus fueros si observamos los nombramientos del comando de la Nueva Mayoría. Un factor adicional, que alguna vez argumentó editorialmente El Mercurio para explicar la ausencia de programas en la pasada elección, sería que éstos son innecesarios había cuenta de la existencia de consenso acerca del modelo de desarrollo del país. Pero si hay alguna certeza al día de hoy es que dicho consenso hoy aparece fracturado, independientemente de la disputa por su explicación. En esta elección en particular estaríamos asistiendo, de acuerdo a analistas como Ernesto Aguila, a una pugna electoral más centrada en proyectos de país, relativa a visiones de sociedad, que en programas de gobierno asentados en lo que se ha dado en llamar “problemas concretos de la gente”. No es casual, entonces, que candidaturas como las de Matthei insistan en aferrarse a la oferta de medidas exageradamente concretas. Es la forma de eludir el bulto frente a los nudos gordianos que frenan nuestro desarrollo y que aparecen colocados en el campo de los arreglos constitucionales y de las reglas que ordenan nuestra convivencia.