El “pato de la boda”

Publicado : 30 Septiembre, 2013 en María de los Angeles Fernández

|por María de los Angeles Fernández|»


LA CONMEMORACION de los 40 años del Golpe de Estado deja tras de sí varias estelas, una con un sabor más amargo que la otra. Por un lado, la catarsis social producida por el flashback de los hechos vividos y el horror posterior develan lo mucho que falta para cruzar el Rubicón hacia la ansiada reconciliación. Por otro, le entregó a La Moneda la oportunidad para desplegar una inusitada actividad en materia de derechos humanos que, desde las entrañas de la Alianza, es vista como lesiva para las posibilidades presidenciales de su abanderada.

Todo el mundo parecía esperar del Presidente Piñera un comportamiento de “gran elector”, máxime por haber sido el impulsor de su candidatura. Pero éste, según parece, prefiere que lo tachen de “pato de la boda” por un resultado electoral adverso, a que le endilguen el mote de “pato cojo” al que, por lo demás, se ha recurrido para hablar de su administración casi desde la primera hora.

El apoyo ciudadano le ha sido sistemáticamente adverso, salvo por el “momento de gracia” del rescate de los 33 mineros. Por tanto, nadie esperaba que Piñera le transfiriera a Matthei una popularidad de la que no dispone, pero tampoco que tuviera intenciones de opacarla. Sin embargo, esto es lo que ha venido pasando desde su alusión a los “cómplices pasivos” de la dictadura hasta su más reciente decisión de cerrar el penal Cordillera.

Como una personalidad iconoclasta no alcanza para explicarlo todo, se buscan explicaciones adicionales. Por lo pronto, su posicionamiento para una posible repostulación con miras a 2017. Sin embargo, si se observa lo que ha sido su mandato, no puede dejar de considerarse un postrero intento por reconectar con sus apelaciones iniciales, aunque prontamente frustradas, a la democracia de los acuerdos y a la unidad nacional.

A Piñera le estaba faltando el momento suprapartidario, y el 11 de septiembre parece habérselo proporcionado, luego de dilapidar la oportunidad de entregar una proyección estratégica para su sector y sentar las bases para su legado en el último discurso del 21 de mayo.

A ello se sumarían las pretensiones de recuperar ciertas expectativas para una nueva derecha que la UDI, en momentos de fortaleza intragabinete, torpedeó sistemáticamente. La tentación de responsabilizar por los problemas y los resultados de la campaña de la derecha a un Presidente que recién logra recuperar cierta solemnidad para un cargo cuya estatura contribuyó a depreciar es grande. Por ello, cabe preguntarse: ¿Estarían siendo las cosas muy distintas de no mediar el hiperactivismo presidencial de los últimos días? Parece evidente que el clima de opinión desatado por el aniversario del Golpe terminó afectando irremisiblemente a una derecha que ha porfiado demasiado en mantener en cargos protagónicos a figuras vinculadas al régimen militar. Si sumamos a ello una candidatura contrarreloj, la prioridad que parece asignársele a la sobrevivencia parlamentaria por sobre la posibilidad de un segundo mandato, el posible efecto Parisi, las tendencias siempre latentes al canibalismo aliancista y una Matthei que, si bien partió pletórica, hoy se ve titubeante y sin iniciativa, la respuesta parece ser obvia.