La expansión de la política

Publicado : 02 Septiembre, 2013 en Igualdad de género, María de los Angeles Fernández

|por María de los Angeles Fernández|»


Hay consenso en señalar que las elecciones presidenciales del año 2013 son inéditas. Una de las razones es la existencia de tres mujeres entre nueve candidatos a la Presidencia, lo que suscita muchas preguntas, máxime si dos de ellas tienen posibilidades realistas de triunfar. Se tiende a enfatizar sus semejanzas, tales como el aspecto físico y sus vidas cruzadas, pero también sus diferencias, ya que no podría haber estilos más contrastantes.

Lo que las une, aunque no tan evidente, es también poderoso: las vías de acceso al poder y las estrategias para sobrevivir en él. En el primer caso, no irrumpen como producto de las condiciones objetivas que enfrentan las chilenas que aspiran a realizar una carrera política, sino por el azar, el pragmatismo y cálculos electorales. Bachelet, hoy reincidente, era en 2005 la única que podía asegurarle un cuarto triunfo a una Concertación que exhibía fatiga, movilizando la llamada “solidaridad de género”. Matthei emerge como única alternativa de la derecha luego de erráticas nominaciones presidenciales. Su misión, al parecer, no es tan sólo evitar los doblajes a los que aspira la Nueva Mayoría, sino neutralizar el diferencial de género que corre a favor de su contendora.

En el campo de las estrategias, Bachelet ha utilizado fórmulas con impactos sociales ambiguos. Nos referimos a una paridad que no erosionó la pétrea desigualdad de género, la idea del “femicidio político” para aludir a las mayores exigencias que experimentan las mujeres, y la reivindicación del “liderazgo femenino” con sus riesgos esencializadores. Matthei, por su parte, no se ajusta al canon de femineidad de la derecha y no solamente por su indocilidad. Sus declaraciones sobre la maternidad, en el marco del debate del posnatal, así como su apoyo a un proyecto de aborto terapéutico son muestra de ello.

Ninguna de las dos candidatas es consecuencia de una sociedad progresivamente más inclusiva con las mujeres, e igualitaria en términos de género. La tónica ha sido despolitizar su condición femenina por medio de focalizar en sus atributos y apariencias. Aunque algún sagaz analista señale que representan dos visiones distintas de país, también pueden ser vistas como una más de las paradojas que hoy recorren Chile. Dos mujeres candidatas a la Presidencia coexisten con nuestro lugar 87 en el último ranking global de igualdad de género elaborado por el Foro Económico Mundial, al que caímos en 2012 desde la posición 46. Tal situación se suma a un malestar frente a los abusos, que convive con buenos indicadores macroeconómicos y donde la crisis de representación se explica más por su reducción a la política de cupos y cargos. Quizás se necesita menos cambiar la política y más proponerse su expansión. En el Chile de la postransición, más refractario a los meros impactos simbólicos, emerge la política de la identidad gracias al papel gravitante que vienen jugando las organizaciones por la diversidad sexual. Otra señal importante, que se produce al mismo tiempo en que los 40 años del golpe de Estado resucitan la violencia vivida en la memoria colectiva, es el cuestionamiento de un legado constitucional donde, además de los “cerrojos” del orden neoliberal, como los quórum supramayoritarios y el sistema binominal, se encuentran principios como el de la igualdad formal, que enmascaran la desigualdad de recursos y oportunidades que las chilenas enfrentan. No es por nada que Bachelet ha propuesto una nueva Constitución.