El consenso implícito de la reforma tributaria

Publicado : 29 Julio, 2013 en Portada, Prensa

|por Hassan Akram y José Miguel Ahumada| »


La “nueva derecha” ha muerto. Siendo uno de los discursos políticos con menos duración e impacto en nuestra historia contemporánea, sus sepultureros han sido los mismos empresarios y economistas que le dieron la bienvenida al comienzo del gobierno de Piñera. Sí, los mismos que se jactaban del nacimiento de una derecha liberal, moderna, dispuesta al diálogo y comprometida con los derechos sociales. Abandonada aquella fina y elegante mesura del cual se vanagloriaban, han comenzado una campaña de los tiempos de la Guerra Fría.

El Ministro Larraín intenta convencer sobre una caída de la inversión si Bachelet llega a hacer su reforma tributaria y elimina el FUT. Sus comentarios hacen recordar los momentos de la campaña del plebiscito cuando Jaime Guzmán alegaba que lo mismo pasaría si ganaba el No en 1988. Buscando eliminar cualquier tipo de debate público sobre reformas estructurales por moderadas que sean, los gremios empresariales y el Ministro han levantado un discurso, intentando llevar la discusión a la convencional dicotomía liberal: o nos centramos en el efecto redistributivo de corto plazo de las reformas o preferimos el bienestar en el largo plazo de un crecimiento guiado por la inversión privada.

La centro-izquierda (incluido el PC) respondió al emplazamiento. La eliminación del FUT sería lenta (4 años), e iría de la mano de mecanismos “compensatorios”, como la depreciación instantánea y la rebaja del techo de impuestos a las personas (del 40% al 35%). A su vez, Alberto Arenas y Enrique Correa comienzan sus giras por almuerzos informales con los gremios prometiendo responsabilidad, gradualidad y cautela. De esta forma, la centro-izquierda sale al paso: es posible una reforma pro-equidad sin alterar el crecimiento económico guiado por la inversión privada.

Sin embargo, aquel debate encierra un consenso que ha hecho de cemento básico de la hegemonía neoliberal en el debate político económico: la inversión privada guiada a través de las señales de precios en un libre mercado de empresas competitivas es algo intocable. Las políticas de equidad sólo serán efectivas si no interfieren en ese campo. La derecha amenaza con que eso es imposible, la centro-izquierda sostiene que es posible.

Una respuesta alternativa es: ni lo uno, ni lo otro. Tanto la Alianza como la Concertación asumen que la mejor forma de canalizar recursos de inversión para fomentar el alto crecimiento (y aumentar el bienestar social) es a través de las decisiones individuales de los directorios de las empresas sobre la inversión privada en el mercado. Sin embargo, los proyectos que esos mismos empresarios escogen no son necesariamente los más rentables socialmente.

El desarrollo económico depende de la inversión en sectores con altas externalidades positivas tecnológicas. El éxito de la inversión en aquellos sectores depende de un conjunto de políticas intervencionistas (subsidios y aranceles temporales) e instituciones complementarias (infraestructura, centros de I&D). Como ha mostrado la teoría contemporánea del desarrollo económico, las señales que brinda el mercado vía precios no son suficientes para crear los incentivos y capacidades de inversión en aquellos sectores. El Estado ha sido, en todos los casos exitosos de desarrollo, un agente esencial a la hora de planificar vía activas políticas industriales, la estructura del mercado y conducir las inversiones hacia aquellos sectores dinámicos.

Bajo esta visión del desarrollo, la reforma tributaria no es necesariamente una estrategia para mitigar la desigualdad a costo del crecimiento, sino que tiene la potencialidad de consolidar un crecimiento económico sostenido en el tiempo y vigoroso que haga de base material para unas políticas de igualdad sostenibles en el largo plazo.

Dado que la clase política entregó el desarrollo productivo del país a las empresas privadas, ni el crecimiento alto y estable, ni la equidad, están asegurados. La despolitización del campo de la producción ha reforzado una estructura productiva exportadora fuertemente oligopólica (0,8% empresas explican el 71% de nuestras exportaciones), exportaciones altamente dependientes de recursos naturales (el 90%), y una fractura entre un pequeño sector de grandes empresas altamente productivo e internacionalizado y un amplio sector (mayoritariamente PYMEs), con bajo valor agregado y orientado hacia el mercado interno.

Como nos recuerdan los economistas estructuralistas, son aquellas características las que producen la inmensa desigualdad chilena. Peor aún, esa falta de diversificación productiva conlleva el riesgo que a la economía chilena le pase con el cobre lo que sucedió con el salitre: una baja radical en el precio podría crear una fuerte crisis, obliterando tanto el sueño de crecimiento alto como el de la equidad.

La tributaria es una oportunidad clave para abordar estos problemas. ¿Cómo?

El FUT es un mecanismo a través del cual el Estado promueve la inversión. Dado que las empresas sólo pagan impuestos cuando retiran utilidades (por ejemplo cuando pagan dividendos a sus accionistas u otros dueños) hay un incentivo para ahorrar dinero dentro de la empresa, utilizándolo para inversiones.

En la práctica, el Estado les otorga un subsidio a todas las empresas para invertir en los proyectos que ellas consideran los más rentable. Los Chicago Boys creadores del FUT asumieron falazmente que la libre competencia funciona como el mejor método para descubrir los proyectos más productivos y conducentes a un mayor crecimiento a largo plazo.

Una mejor opción sería un programa de coordinación estructural, donde las recaudaciones de la reforma tributaria fluyan a financiar activas políticas industriales que colaboren en guiar al mercado hacia sectores productivos con alto valor agregado. A su vez, es perfectamente pensable ofrecer los incentivos impositivos del FUT a sectores específicos condicionados, a mejoras tecnológicas y en la diversificación de las exportaciones. Esas condiciones mantendrían el impulso al crecimiento del FUT pero, bajo la guía del Estado, se canalizaría las inversiones a sectores dinámicos (como hicieran Japón, Corea y Taiwán después de la Segunda Guerra Mundial), a la vez que reduciría el riesgo de elusión de impuestos que abre el FUT.

El neoliberalismo nos ofrece una dicotomía falsa: igualdad o crecimiento. A la luz de la ciencia económica moderna podemos ver la verdadera dicotomía: o industrialización de la mano de activas políticas sociales e industriales que aseguren igualdad y desarrollo al mismo tiempo, o aceptar una estructura productiva frágil, rentista, oligopólica y desigual en aras de la libertad del mercado. Sin embargo, por mucho que la derecha se queja, no hay ninguna fuerza política que verdaderamente desafíe aquella falsa dicotomía que ha hecho de pilar ideológico esencial del proyecto económico neoliberal chileno. La derecha y los empresarios pueden aún dormir en paz.