Belén, entre la libertad y la opresión

Publicado : 12 Julio, 2013 en Portada, Prensa

|Por Osvaldo Torres|>>


El nombre Belén estaba asociado religiosamente hasta ahora, con el lugar de nacimiento del niño Jesús. Hoy el país se informa que una niña con ese nombre, de 11 años de edad, era desde los nueve violada por su padrastro con la anuencia de su madre.

Desde la perspectiva del abuso sexual infantil esto ya no es novedad; es parte de una sistemática acción que se desarrolla por parte de adultos de diversos niveles sociales y responsabilidades que, sin ser “enfermos”, toman, literalmente, a las niñas y también niños como objetos de su deseo sexual. En Chile se ha escrito bastante más de lo que se ha hecho por detener y prevenir estos abusos.

Sin embargo, el caso de Belén conlleva un embarazo por violación; un embarazo forzado. Los sectores conservadores y religiosos han levantado el argumento que ese futuro hijo puede ser dado en adopción; si la madre llega a sobrevivir. O que la niña-madre puede ser apoyada “por redes de afecto” para acompañarla en este tránsito doloroso aplacando su desconcierto y desorientación. Y, también se ha dicho, por el ministro de Salud, que el aborto es inviable pues “para eso se habían autorizado las píldoras del día después”.

En otras palabras, han entrado en escena las posturas ideológicas sobre los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y en particular las de las niñas y adolescentes. No hay una lectura desde el sujeto afectado, desde su interés superior; no está la pregunta por lo que ella desea y es bueno para su salud mental y física. Esta exclusión de la afectada retrata en toda su crueldad los efectos de la falta de libertad para decidir sobre su propio cuerpo y vida que tienen las mujeres sometidas a una violación.

Se dirá que es una niña y que no tiene criterio para decidir. Este punto es opinable, toda vez que su experiencia de vida y la devaluación sistemática a la que fue sometida -sin que ninguna política pública de salud o educación operara preventivamente- puede darle las condiciones para tener un juicio razonado si cuenta con el apoyo médico y social desprejuiciado que le apoye en tomar una decisión. Decisión que nadie dice que es fácil, pero será parte de ella, de su biografía y no una nueva imposición autoritaria, ahora del Estado. El Estado tiene el deber de protección y en su condición de Estado laico no puede tener una práctica sustentada en un discurso que es el de una parte de la población, por mayoritaria que sea.

El aborto, para un discurso hegemónico desde hace unos 20 años, es necesaria e inevitablemente traumático. Esto es opinable, pues deben ser pocas las mujeres que abortan por placer, pero no cabe duda que quienes lo hacen, en su mayoría, sienten alivio; no se sienten ni criminales ni futuras malas madres. Esa construcción ideológica sobre el aborto es profundamente dañina para la convivencia social pues coloca fuera de la “comunidad moral” a quienes piensan distinto respecto del origen de la vida, la salud de la madre, las familias y los derechos de las personas.

La comunidad moral se entiende, para el discurso dominante, el hacer lo que se ha impuesto, lo que es un deber de cumplir, pero no se abre a entenderla ni como un acuerdo ni a razonar que una convicción se puede imponer por la ley pero les es imposible obligar al resto a creer forzadamente en ello. Es la falta de reconocimiento de la igualdad de los otros -que no comparten los mismos valores- como parte de la misma “comunidad moral” de respeto a los derechos a decidir, a la autonomía y a la propia libertad, sin vulnerar la libertad y autonomía del otro. Este enfoque de una supuesta comunidad moral que se impone como la recta y justa sobre todos y todas y que permite la convivencia social, es la que asfixia las libertades, margina y devalúa a quienes pensamos distinto y produce el conflicto; allí están las discriminaciones al migrante, al indígena, a la mujer que aborta, al homosexual y a todos aquellos seres humanos que -lejos de no tener una moral- no comparten una visión autoritaria y esencialista de una moral venida desde fuera y por sobre la comunidad nacional.

Belén, niña violada, entre las alternativas de madre a la fuerza o víctima fatal, perdónanos por la sociedad que estamos construyendo.