Desafíos para la política exterior chilena

Publicado : 04 Junio, 2013 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Cristián Fuentes y Carlos Ominami|


LA POLITICA exterior ya no es el terreno de los grandes consensos en el cual el país podía exhibir una política de Estado. Así fue en los primeros años de la transición consagrados a la reinserción internacional de Chile. Así ocurrió también con el proceso de apertura comercial que nos ha llevado a suscribir tratados de libre comercio con todas las grandes economías del planeta.

Pero los tiempos están cambiando. La unidad nacional no es automática y no basta con que el Presidente de la República convoque de cuando en vez a todas las fuerzas políticas para que ésta sea efectiva.

Una prueba que Chile está pronto a pasar vendrá con el fallo de La Haya en el diferendo con Perú. De ser favorable, las aguas se mantendrán quietas. En caso contrario, posiblemente se abra un debate sobre las responsabilidades políticas internas. Valoramos el conocimiento y respeto mutuo que se han logrado en estos meses de intenso diálogo con Perú, pero también quedan distancias por acercar y confianzas que construir.

La distensión alcanzada entre ambos países debe prevalecer sea cual sea la sentencia. En el mundo actual ya no caben los juegos de suma cero, sino relaciones donde todos se beneficien, más aún si se trata de vínculos entre vecinos con múltiples posibilidades de desarrollo compartido entre territorios contiguos.

Es necesario superar la agenda histórica marcada por una guerra que terminó hace 130 años. La escalada de episodios conflictivos de los últimos meses no favorece a Chile ni a Bolivia, pues fortalece las posiciones irreductibles. Es un fracaso que antes de terminar el juicio con Perú se presente una nueva demanda. Chile debe dar el primer paso y abandonar el falso dilema de regalar territorio o cortar al país en dos, pues se trata de resolver los conflictos y alcanzar una solución mutua y conveniente a la mediterraneidad boliviana.

Por otro lado, la consolidación de la Alianza del Pacífico nos compromete en la división de América Latina en dos ejes: uno del Atlántico, de izquierda, y nucleado alrededor de Brasil; y otro del Pacífico, reunido en torno a la influencia norteamericana.

Usar el libre comercio como un requisito ideológico limita nuestros espacios de acción política. Además, Brasil cree que la Alianza del Pacífico menoscaba su liderazgo, quedando en evidencia el déficit diplomático y la mala lectura que las autoridades hacen del escenario sudamericano.

Al mismo tiempo, nadie sabe para qué sirve, aunque está claro a quién beneficia el Trans Pacific Partnership (TPP). En negociaciones casi secretas, un pacto que sería el inicio de una gran zona de libre comercio del Pacífico, se ha convertido en una pieza de la estrategia de Estados Unidos para contener a China, nuestro principal socio comercial.

Fuera de meternos en un esquema ajeno que no agrega ninguna ventaja, el TPP busca cerrar acuerdos sobre propiedad intelectual que podrían significar la censura de internet y aumentar la protección de las patentes de una serie de productos vitales para el desarrollo del país.

Este año debemos enfrentar importantes desafíos, tanto nacionales como internacionales, situación que nos obliga a impulsar un diálogo amplio que permita tomar las mejores decisiones para resolver estos dilemas.