No es llegar y parir

Publicado : 27 Mayo, 2013 en Igualdad de género, Portada, Prensa

| por María de los Angeles Fernández |


Planteado con carácter progresivo a partir del tercer hijo, sin distinción socioeconómica, con el fin de promover la natalidad, encendió el debate en las redes sociales. Supuestamente, busca enfrentar una tendencia: entre 1990 y 2006, los hogares con un solo hijo aumentaron en 54,5%. Mientras que el censo de 2002 mostró que la cantidad de hijos por mujer era 2,3%, la última medición del INE arroja 1,5%. Es por ello que otra de las medidas, menos debatida pero coherente con la anterior, es la duplicación de 1.000 a 2.000 tratamientos de fertilidad.

La merma demográfica que enfrenta Chile ya fue abordada en nuestro posteo titulado Las mujeres y nuestra arma demográfica, donde avanzábamos en datos acerca del costo de tener un hijo en Chile. La medida en cuestión, sorprendente porque más bien se esperaba que anunciase el envío del proyecto de ley que permitiría mejorar el acceso y el sistema de financiamiento de salas cuna mediante la sustitución del artículo 203 del Código del Trabajo, tiene si acaso un mérito: visibilizó una situación de la que no se habla. El liderazgo político en Chile parece crecientemente atrapado por la lógica de la carrera corta. Para cambiar los términos de un debate que, en este caso, es todavía inexistente se requiere lo que Ricardo Lagos, uno de los pocos que lo anticipa en su documento “Chile 2030: Siete desafíos estratégicos y un imperativo de equidad”, plantea como “la mirada larga”. Este  tipo de mirada se ha convertido en un bien escaso, porque se ha ido derivando crecientemente en la lógica cuñera del “listado de lavandería” programático, cuando no el ofertón electoral,  en lógica de ganar la próxima elección.

Cabe preguntarse si la disminución tan drástica de su población resulta dramática para el futuro de Chile, que parece ir a contrapelo de la tendencia general de la región latinoamericana y, si se acepta que ello es así, en qué ámbitos podría manifestarse, qué riesgos conllevaría y cómo debiera seriamente enfrentarse. Ello no se soluciona simplista y dicotómicamente transformando a las mujeres en úteros, tan propio en la derecha o  demandando la maternidad voluntaria, apelación que suele hacer la izquierda en perspectiva de derechos sexuales y reproductivos. Según  Manfred Wöhlcke en “El factor demográfico: población, estabilidad política y medio ambiente en América Latina”, “la población latinoamericana representa aproximadamente el 8% de la población mundial y es de prever que ese porcentaje no se modificará. Es decir, que la población de América Latina crece al mismo ritmo que la población mundial. La tasa de fertilidad, es decir, el número promedio de hijos por madre, es actualmente de 2,9 a nivel mundial. En los países industriales, alcanza al 1,9; en los países en desarrollo, incluida China, al 3,3% y en los países en desarrollo excluida China, al 3,8%. La tasa de fertilidad tiende a caer en todo el mundo, tal como la tasa de crecimiento demográfico anual. Esa tendencia se constata también en América Latina: la tasa de fertilidad en la región era, en 1950, de 6 hijos por madre; hasta fines de los años 80 cayó a 3,4 y actualmente es de 3,0. No obstante, se constatan considerables diferencias entre los países (p. ej. Cuba 1,4; Haití, 4,8). La tasa de crecimiento demográfico (diferencia entre la tasa de nacimientos y la de defunciones) fue en el periodo 1900-1950 de 1,6; en el periodo 1950-1995 aumentó a 2,4% y luego cayó, situándose actualmente en 1,7%. Esa desaceleración no pudo impedir, sin embargo, que la población latinoamericana aumentara dramáticamente y siga creciendo”.

Es casi seguro que parte de la preocupación por el tema se sustenta en el convencimiento de que el tamaño de la población es un factor de poder. Pero hay que aclarar que no es el único. El mismo autor precisa que “el tamaño  de la población es un factor, que condiciona el poder político y puede compensar parcialmente otros déficits” y así como un alto crecimiento de la población puede ser causa de debilidad y fragilidad de un Estado, es también cierto que “la «masa» demográfica tiene una calidad geopolítica propia, si bien no es la decisiva”. De hecho existen países que, con porcentajes magros de población, han logrado desarrollar ventajas comparativas que los sitúan visiblemente en el mapa de la competitividad económica global. Adicionalmente, el asunto remite a otra avenida de debates tanto o más urgentes sobre las tareas de la reproducción, el cuidado y la crianza y su necesidad de sustraerlas de las lógicas productivistas con que tradicionalmente son abordadas, avanzando en una nueva ecuación Estado/familias/mercado

La medida ha servido para cuestionar más genéricamente los bonos como herramienta de política pública, y más cuando se concretan en un gobierno de pertenencia ideológica que siempre los resistió. Con relación a su contenido per se, los expertos/as señalan que no han sido efectivas en los países donde se ha implementado. Lo apropiado, según señala Claudia Sanhueza en La Segunda, es avanzar hacia políticas universales de cuidado infantil, que pasan por subsidios a la educación pre escolar y a políticas de cuidado en el hogar. Igualmente, Irma Arriagada plantea en El Pulso que dicho bono puede tener dos tipos de efectos. Su limitación, por cuanto los costos de la crianza de un hijo/a no se resuelven con un bono, son de más largo plazo y demandan de otras iniciativas que no se están considerando y sus efectos indeseados, por cuanto podría aumentar el embarazo adolescente en los sectores más vulnerables. Parece evidente que en el surgimiento de la idea estuvieron ausentes todo tipo de consideraciones de igualdad de género, obviando las preguntas acerca de qué tipo de injusticias específicas podrían surgir de su aplicación así como la muy probable emergencia de nuevas fuentes de desigualdad. Lo riesgoso es que la propuesta, coherente con iniciativas que ya Lavin impulsó siendo alcalde de Santiago como las playas, la nieve y los botones de pánico y de las que nada queda, tiene en este caso consecuencias diametralmente opuestas. No se trata de llegar y parir. Están de por medio futuras vidas humanas, su reproducción social y su sustentabilidad, las que deben ser miradas desde una perspectiva de la que parece estar ayuno este gobierno: la del desarrollo humano.


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