Superando el modelo para alcanzar el desarrollo

Publicado : 26 Mayo, 2013 en Portada, Prensa

|por Luis Eduardo Escobar y Carlos Ominami Pascual|


En los últimos 30 años, casi todos, si no todos, los presidentes, incluyendo al general Pinochet en un famoso discurso supuestamente redactado por José Piñera, han hablado de alcanzar el desarrollo en la “próxima década”. El presidente Piñera ha revitalizado estas ambiciones. Sin embargo, las décadas pasan y Chile sigue siendo un país de “ingresos medios”. Si la condición de desarrollado está tan cerca, ¿por qué nunca la alcanzamos?

Como bien se sabe, para alcanzar un objetivo hay que especificarlo en forma precisa y luego hay que diseñar un conjunto de acciones destinadas a alcanzarlo. En el pasado, los discursos presidenciales se referían a una quimera, “el desarrollo”, a la cual supuestamente todos aspirábamos pero que no se definía. El presidente Piñera, por fin, precisó el objetivo: alcanzar el PIB por habitante que tenía Portugal en 2009 para 2020. De acuerdo con cifras del Banco Mundial, las más usadas en este tipo de comparaciones internacionales, el PIB por habitante de Portugal en 2009 era de US$22.016 y el de Chile llegó a US$10.179, es decir, el ingreso por persona de Portugal era de de 2,2 veces el de Chile. Para que Chile alcance el nivel de Portugal con una tasa de crecimiento real de 6% anual que proyectaba Piñera se necesitaban entre 13 y 14 años. Desde luego llegar a ese ingreso per cápita no significa “alcanzar a Portugal” ya que, si Portugal crece apenas al 1,5% real anual, en 2022 su ingreso sería del orden de US$26.700. Es decir, andaríamos cerca pero tampoco daríamos exactamente en el blanco.

Además, el desarrollo no se reduce a alcanzar un determinado ingreso por habitante. También tiene que ver con grados de inclusión social. Por ejemplo los países de la OCDE, no latinos, tienen una mejor distribución del ingreso que Chile, mejor acceso a infraestructura de todo tipo, sistemas de educación pública potentes, medicina pública de mejor calidad. Países como Kuwait que tienen todo lo anterior no son considerados “desarrollados”, aunque tengan un ingreso per cápita similar al de Suecia o de Holanda. El “desarrollo” tiene que ver con otras dimensiones que el PIB no alcanza a capturar.

Si bien Chile ha progresado en el último cuarto de siglo y hoy en ciertos temas -como cobertura de agua potable, electricidad y telefonía inalámbrica- estamos bien ubicados dentro del grupo de países OCDE, aún enfrentamos importantes déficit y desafíos.

En primer lugar, tenemos enormes desigualdades económicas, sociales y políticas. La desigualdad económica se puede medir con el Indice de Gini donde el indicador de Chile para los ingresos autónomos supera el 50%, sin grandes cambios en los últimos 30 años, mientras el promedio de la OCDE está en torno al 35%, con EEUU en torno a 40%. Se dice que esto no importa, pero en un sistema en que las familias deben pagar por los servicios de educación y salud, esto condiciona el futuro económico y social de los grupos de más bajos ingresos.

En segundo lugar, nuestra economía es poco sofisticada productivamente, sin perjuicio de algunas excepciones notables, como exportaciones menores de manufacturas y algún software utilitario. En la práctica exportamos “piedras, palos y frutas” que, junto al salmón, representan cerca del 80% de nuestras exportaciones de bienes. Más aún, nuestras principales exportaciones están concentradas en mercados de bajo crecimiento a largo plazo, es decir, que no crecen con el ingreso de las personas a nivel mundial. Por añadidura, nuestro principal producto de exportación -que representa más del 50% del total exportado- no es renovable y sus leyes, así como su rentabilidad, han disminuido notablemente.

En tercer lugar, pensando en sostener el desarrollo futuro basado en las exportaciones, Chile gasta en investigación y desarrollo en torno a un 0,7% del PIB mientras los países más competitivos del mundo gastan cerca de 3% de su PIB y países como Israel llegan al 6%.

Desde el punto de vista macroeconómico, si bien los indicadores de corto plazo (crecimiento, empleo, inflación) son positivos, hay nubes en el horizonte. Por ejemplo, en 2012 el déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos, 3,5% -con un precio del cobre superior a US$3,60/lb- es similar al del período de 12 meses que terminó en marzo de 2009, cuando el precio promedio cayó por debajo de US$1,90. Para este año, se estima que el déficit en cuenta corriente podría acercarse al 5% del PIB. La menor rentabilidad del cobre también afecta las cuentas fiscales adversamente al disminuir los impuestos pagados por las empresas cupríferas. Peor aún, el actual nivel de gasto público no es sostenible con otro escenario del cobre.

Al mismo tiempo, el país tiene nuevas demandas. La de los estudiantes por expandir la educación pública y mejorar su calidad es la más visible. Pero no hay que olvidar las demandas por un manejo más descentralizado del país o por proteger el medio ambiente y la calidad de vida en un número creciente de zonas. Tampoco podemos dejar de lado las demandas de los pueblos originarios.

Estos conflictos tendrán que ser resueltos de manera consensuada, para mantener las altas tasas de crecimiento necesarias para alcanzar los niveles de ingreso y de integración social de los países desarrollados.

Chile crece pero no se desarrolla. Para hacerlo se necesita una estructura productiva más homogénea e innovadora y una estructura social más cohesionada. El modelo no conduce al logro de esos objetivos. Por el contrario, como se ha visto, tiende a “primarizar” la oferta exportadora y a mantener las desigualdades.

Se requiere un nuevo modelo. La base de un modelo alternativo consiste en establecer regulaciones eficientes que reasignen los recursos privados hacia sectores con mayor valor agregado. Aclaremos: esto no significa poner en cuestión la economía de mercado ni la apertura al mundo, no pasa por cambios bruscos de propiedad, ni pone en cuestión la necesidad de mantener sólidos equilibrios macroeconómicos, apoyados en una disciplina fiscal rigurosa.

Hay dos cosas que el mercado no puede resolver porque son datos exógenos para orientar una adecuada asignación de recursos: (i) el grado de competencia y (ii) la distribución de la riqueza y el ingreso. La desregulación condujo a una estructura productiva altamente concentrada. Esta concentración, como lo decía el propio Adam Smith, facilita la colusión en perjuicio de los consumidores.

Para mantener la legitimidad de la economía de mercado, es necesario avanzar hacia un capitalismo mejor regulado, que promueva la competencia, evitando que en los sectores regulados se obtengan ganancias excesivas y observando mejores prácticas en el trato de los consumidores. Por otra parte, hay que reconocer que no basta con mantener los “equilibrios macroeconómicos”. Esa es una condición necesaria pero no suficiente. Se requiere avanzar hacia una estructura productiva que base su competitividad en la calidad y originalidad del valor agregado que es capaz de generar. Para ello hay que poner en práctica una estrategia de desarrollo que asuma la diversificación productiva y la cohesión social como objetivos.

Para llegar al desarrollo tenemos que superar los traumas del pasado. Chile necesita una política que persiga en forma sistemática la incorporación de mayor valor agregado a las materias primas que exportamos, fortalezca nuestro sector manufacturero y de servicios y que genere nuevas actividades productivas.

¿Somos tan fantásticos o tan ilusos que creemos que la proverbial mano invisible nos llevará al desarrollo? Eso no ha ocurrido en ningún país. La noción de política industrial se eliminó en nuestro país con el argumento que era muy caro “pick the winners”. Sin embargo financiamos temerosamente con recursos fiscales “emprendimientos” y “capital de riesgo” a sabiendas que la experiencia internacional indica que sólo uno de cada diez proyectos, o menos, será exitoso. En la práctica, la moda vigente de utilizar sólo instrumentos horizontales neutrales ha significado el derroche de grandes cantidades de recursos en investigaciones científicas totalmente desligadas de las necesidades productivas o en capacitaciones laborales inútiles o, peor aún, inexistentes.

Chile necesita establecer objetivos claros, cuantificables y verificables. Esos objetivos deben integrar, no considerar: integrar, los elementos sociales y de inclusión social. También necesitamos que el gobierno, del color que sea, se haga responsable de explicitar metas y explicar porque se cumplen o no. Al especificar los objetivos nacionales, consensuados con la ciudadanía, y acordar una forma de alcanzarlos, estructuraremos una “estrategia” de desarrollo. La estrategia de desarrollo se traducirá en políticas sectoriales y adoptaremos instrumentos de coordinación y apoyo que podríamos llamar “políticas industriales”.

Nuestras estrategias nacionales deben asumir la integración regional como una dimensión fundamental. Las grandes y más avanzadas empresas del mundo son integradoras: rara vez producen todo en un lugar, integran componentes para crear un todo más sofisticado. Nosotros no podemos vivir relativamente aislados en nuestro propio barrio. Como lo ha vuelto a recordar Foxley, principal promotor del TLC con EEUU, es necesario buscar una complementación productiva en la región. Tenemos que integrarnos más con Brasil, la séptima u octava economía del mundo, y generar formas de asociación que vayan dejando definitivamente atrás los conflictos del pasado con nuestros vecinos.

Los desafíos son enormes, pero los chilenos estamos preparados para hacernos cargo del futuro. Si no lo hacemos, el futuro se encargará de dejarnos atrás. Lo que se requiere es liderazgo político, consenso social y político y superar las prácticas que nos han llevado hasta aquí pero que difícilmente nos impulsarán hacia el desarrollo. Sabemos cómo se hace. Avancemos. El camino comienza con el primer paso. Tal vez F. D. Roosevelt lo dijo mejor: “Lo único que debemos temer es al temor”.