El pueblo unido…ciudadanos al centro

Publicado : 02 Abril, 2013 en Portada, Prensa

 por Gloria de la Fuente | 

//

De perogrullo decir lo que se ha reiterado en este periodo electoral: que estamos en otro Chile, que se requiere un nuevo enfoque para el desarrollo, que la igualdad está al centro, que nuestra democracia no está dando el ancho, en fin. Cualquier avezado analista, asesor de campaña o cientista social tiene datos y elementos a la mano para hacer un diagnóstico de aquello. Lo que está en disputa es la oferta concreta para que las expectativas ciudadanas no se vean defraudadas, considerando que elecciones como las que enfrentaremos este 2013 son una fuente de esperanza para el cambio.

Que duda cabe que a partir de las movilizaciones sociales que se comenzaron a observar en Chile desde el año 2011, quedó en evidencia que los canales institucionales (el Ejecutivo y el Congreso) se vieron ampliamente desbordados para canalizar las demandas, entre otras cosas, porque lo que tenemos en Chile es un modelo de democracia que fue concebido para favorecer el statu quo e impedir que los intereses de cierta elite (política y económica) se vieran afectados. Pero las distintas expresiones de los movimientos sociales están allí y se quedarán, más allá de los ciclos de protesta, que pueden tener altos y bajos momentos. Ello ocurre en parte porque, más allá de las reivindicaciones sectoriales o territoriales, las distintas movilizaciones sociales tienen en común que remiten a cierto enjeu, o proyecto de sociedad (como señalaría Touraine), cuyo denominador común es el deseo profundo de cambio de las reglas del juego.

Sin duda ello implica pensar en un cambio a la Constitución, pero antes de ello, la necesidad de volver a poner a los ciudadanos al centro del interés de la política y no como receptores pasivos de la complacencia iluminada de otros. En tal sentido, quisiera hablar de participación para poner acento en uno de los déficit de nuestro sistema político.
Desde la recuperación de la democracia en 1990, pese a que han existido propuestas desde el poder Ejecutivo y desde los propios parlamentarios para empujar proyectos que instalen formas de democracia directa (Iniciativa ciudadana de ley, plebiscitos o revocatoria de mandato) no ha existido voluntad política de llevar adelante tales iniciativas. Entre otras cosas, porque su aprobación requiere quórums muy altos, que dada la composición del Congreso, son difíciles de alcanzar. De ello da cuenta un libro recién lanzado por la editorial de la Universidad Alberto Hurtado y del que soy co- editora y una de sus autoras, cuyo título es “El pueblo unido…mitos y realidades de la participación ciudadana en Chile”.

Constatamos que en Chile la participación es parte cotidiana de los discursos del mundo político, pero que en muchos casos, la falta de voluntad e incluso el temor de la élite (que bien señalaba el Informe de Desarrollo Humano 2012), impide que la iniciativa se transforme en realidad.  Esto tiene profundas repercusiones en el escenario político que vemos hoy y en la distancia de los ciudadanos respecto a la política, que empieza a vaciarse de sentido porque adopta un discurso que no logra interpretar las demandas del mundo real, pero que tampoco ofrece caminos para que los intereses de las personas tengan un lugar de expresión. Así por ejemplo, si en Chile existiera la Iniciativa Ciudadana de Ley (que en América Latina existe en 13 de los 18 países), ya habríamos discutido hace tiempo una ley de acuerdo de vida en pareja, matrimonio igualitario o aborto terapéutico. Otro tanto sucede con los plebiscitos, que si bien son un mecanismo que existe en nuestra constitución, no existe ley que lo regule y no ha sido utilizado nunca en democracia, pese a que el movimiento estudiantil ha puesto temas tan relevantes como la gratuidad sobre la mesa.

En materia de participación Chile está en deuda, porque hasta ahora la implementación de este tipo de mecanismos, cuando existen, dependen más de la voluntad de la autoridad de turno más que del reconocimiento del principio básico que la soberanía reside siempre en los ciudadanos. En un año electoral como este, ante la disminución de la confianza que existe en las instituciones propias de la representación y la creciente expresión de una ciudadanía que busca canales alternativos para movilizarse, es imprescindible que la participación no esté sólo en el discurso, sino que ocupe un lugar al centro del debate y la práctica política, no como una amenaza a las formas representativas de la  democracia, sino que como su perfecto complemento.