Una prescindencia riesgosa

Publicado : 26 Marzo, 2013 en Portada, Prensa

por María de los Angeles Fernández |
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El regreso de la ex Presidenta Bachelet pondría punto final al suspenso que caracterizó el último año de la política chilena. Todos esperan escucharla para ordenar sus fichas. La obsesión que esto suscita habla más del sistema político y de su coalición que de ella misma. ¿Qué cosa extraña puede estar pasando en un Chile obsesionado por los debates de ideas, pero en el que resulta más importante lo que no se nombra?.
Su silencio puede ser un ardid, pero resulta coherente con su estilo, donde, junto con la aversión al riesgo, podrían acentuarse una hermeticidad y secretismo que contrastan con la demanda creciente por publicidad y transparencia. Además, hay que entenderlo en el marco de lo que ha venido siendo la manera en que Bachelet ha habitado la investidura presidencial. No es cierto que lo de ella sea una forma de antipolítica, como se ha señalado, sino una modalidad sutil de suprapolítica. A ello también han aportado estrategias de género, como el femicidio político y el autorreclamado liderazgo femenino. Bachelet fue explícita cuando dijo que no se le podían aplicar los códigos de la política. El resto se explica por una convergencia de atributos personales con respuesta eficiente a la crisis de 2008 más un relato oportuno. El resultado está a la vista: un apoyo consistente en las encuestas y, lo que es mejor, el blindaje a las críticas.
En cuanto a su posible programa, y descontando que habrá un reforzamiento en ámbitos como la igualdad de género, lo que vemos es un listado generalista y con un ordenamiento confuso. Se habla de reformas como la educacional, laboral y tributaria aunque, si hacemos caso a Ottone, la idea de “inclusión” intentaría vertebrarlas. Su originalidad es cuestionable. Rememora lo que fue la cohesión social de su anterior mandato. Está claro que, entre los defensores de la tesis del malestar y de cambios estructurales, por un lado, y los de las correcciones al modelo, por otro, su entorno parece inclinarse por lo segundo. Por esos corredores cortesanos no circulan fumadores de opio. La Concertación pretende subirse al tren en el mismo punto en que se apeó, en 2010. No se ha realizado un análisis serio de las causas de la derrota, ya que bastaría con retomar la idea de la redistribución material, pero ¿se puede acometer esa tarea seriamente sin confrontar la Constitución del 80 en lo que es el pilar subsidiario del Estado? Cuesta entender que el padrón electoral cambió. Nuevos y antiguos cleavages se superponen y la igualdad anhelada hoy es más compleja, incluyendo reconocimiento y representación.
Se señala que los principales problemas provendrán de una efervescencia social intermitente, pero en ascenso. Pero ése es apenas un aspecto. Es probable que se mantenga la alerta que el gobierno de Piñera despertó en materia de conflictos de interés. La mayor exigencia de prolijidad en la conformación de equipos desafiará la tentación a aplicar criterios como la “no repetición del plato” y la paridad.
Los dilemas estarán domiciliados en aquellos lugares de los cuales ella más se distancia: los partidos de la Concertación, a los que se ha acercado sólo por vía epistolar. Por lo pronto, los negociadores trabajan en conformar listas parlamentarias purgadas de todo “discolaje”, pero ¿será suficiente para enfrentar los nudos gordianos del momento? Si se trata de crecimiento con productividad, permanecen suspendidas decisiones estratégicas en materia educacional, tecnológica y energética para las que se requiere un andamiaje institucional que provea de acuerdos amplios. Para ello, el llamado «Parlamento para Bachelet» no resulta suficiente. Por otro lado, los partidos siguen despeñándose en la credibilidad ciudadana. En 2008 se presentó un proyecto que pretendía reemplazar la ley heredada de la dictadura y que fue retirado por el actual gobierno. Es éste un tema en el que bien merece arriesgar el capital político. Los caminos hacia el populismo son insondables. Se suele asociar con personalismo de resonancias emocionales y arremetida contra las instituciones. Chile confía en que se encuentra inoculado, pero también es posible llegar a él por otra vía: la de la inacción.