La paradoja de la relación Chile – Bolivia: 134 años tropezando con la misma piedra

Publicado : 05 Marzo, 2013 en Portada

por Cristián Fuentes |

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En estos meses hemos vuelto a ser testigos de una escalada de episodios conflictivos entre Chile y Bolivia. La polémica entre ambos mandatarios en la Cumbre de la CELAC (Comunidad de Estados de América Latina y El Caribe), la detención de militares bolivianos por traspasar la frontera, declaraciones cruzadas sobre el Tratado de 1904 y la mediterraneidad de nuestro vecino altiplánico, amenazas de llevar a Chile a la Corte de La Haya, entre otros incidentes, han puesto una vez más en riesgo las relaciones bilaterales. Nada nuevo bajo el sol en los últimos 134 años, ¿habrá llegado la hora de cambiar la historia?

Urge un espacio para la razón. Aunque fue La Paz la que suspendió los vínculos diplomáticos, no puede darnos lo mismo que esta situación se mantenga en el tiempo. Los países serios hacen seriamente las cosas y a nosotros corresponde dar el paso que se requiere para volver al diálogo, tal como la Administración de la Presidenta Michelle Bachelet se atrevió y desplegó sus energías en la Agenda de 13 puntos, incluido el tema de la salida al mar (punto N° 6).

Desechar el esfuerzo del Gobierno anterior ha permitido que Bolivia vuelva a interpelarnos en los foros multilaterales. Si bien los avances en el tema marítimo fueron escasos, salvo una gestión que, según la prensa, fue descartada por la actual Administración, los logros en generar un ambiente de mayor confianza resultaron evidentes, hasta que La Moneda insistió en que solo era válido un corredor sin soberanía al norte de Arica, o una serie de medidas sueltas para facilitar la salida boliviana por nuestras costas, alternativas que, además, no correspondería hacer a Chile, sino que deberían ser acordadas bilateralmente. ¿Por qué se insiste en la contradicción de decir por un lado que no hay asuntos pendientes y por otro ofrecer fórmulas insuficientes para superarlos?, ¿quien dijo que tenía que ser así?

Y ante la negativa del Palacio Quemado, no tardaron en aparecer anuncios como que se buscaría la integración con Perú y Brasil, insistiendo algunos en la necesidad de “desvincular” definitivamente a Bolivia y Chile. La Paz, en tanto, ha declarado que se encuentra negociando con los mismos países, la construcción de un ferrocarril que llegue hasta los puertos de Ilo y Matarani. Los dos parecen creer en un espejismo, pues no se puede obviar que transportar tal volumen de carga desde el Atlántico al Océano Pacífico para ser exportada al Asia, demanda el diseño de un proyecto que disponga del conjunto de la costa del sur peruano y del norte chileno, sumando y no restando socios de una y otra orilla.

Pero hechos macizos como que un 70% de la carga del puerto de Arica es boliviana, o que el poder comprador de Oruro y otras regiones aledañas sostiene en buena medida a la Zona Franca de Iquique, demuestran que el dilema se aleja de regalar territorio o de cortar al país en dos, sino que se trata de explorar soluciones mutuamente convenientes que resuelvan la aspiración boliviana, en una perspectiva de cooperación a largo plazo. En otras palabras, el punto es encontrar una solución en el marco de un esfuerzo para integrarse, que impulse el desarrollo de nuestras zonas contiguas, de manera descentralizada y aprovechando las fuertes dinámicas fronterizas, transfronterizas, regionales y extrarregionales existentes, en especial con los mercados asiáticos.

¿Qué gana Chile? Domingo Santa María, Canciller del Presidente Aníbal Pinto en plena Guerra del Pacífico (1879-1883) y luego Jefe de Estado, aseguraba tempranamente que nuestro vecino jamás se conformaría con perder su cualidad marítima, por lo que lo mejor era trasladar la frontera más al norte, disponiendo Tacna y Arica, o una de las dos, o un punto intermedio para que La Paz pudiera tener un puerto sobre el Océano Pacífico. Aunque por distintas razones, la llamada “política boliviana” de Santa María no pudo concretarse, sus definiciones básicas siguen demostrando plena vigencia.

La verdad es que Chile no sabe qué hacer con Bolivia. Mejor sería, entonces, retomar el diálogo e iniciar una nueva forma de relacionarse en la frontera norte, asumir una actitud diferente que supere, de una vez por todas, los efectos de la Guerra del Pacífico. Los chilenos necesitamos ser los primeros, adoptar una visión pragmática que permita abrir un espacio de reflexión sobre este tema, impulsar un debate participativo y con mucha información, que es lo que nos falta, despojarnos de los prejuicios nacionalistas y dar un salto cualitativo que permita atender a los verdaderos intereses nacionales.

Convertirse en un actor internacional es una dimensión importante del desarrollo chileno, bastante más compleja que solo hacer buenos negocios. Por eso, persistir en las malas relaciones con Bolivia constituye un ripio para nuestra proyección externa y un obstáculo para transformarnos en plataforma de servicios de Sudamérica para el comercio con Asia, concreción obvia de una nueva etapa de la economía del país, más diversificada, con mayores grados de innovación, tecnología y valor agregado para los productos nacionales, capaz de generar empleos de calidad y de repartir la prosperidad de manera justa, solidaria y equitativa. Pero todo ello implica, también, un posicionamiento político distinto, basado en una orientación regional y vecinal integracionista, que dote de sentido y de condiciones favorables a esta estrategia de desarrollo.

Sin perjuicio de la necesaria búsqueda de un gran consenso nacional, la política exterior que acompañe esta opción será indiscutiblemente progresista. Y las personas, fuerzas y grupos que se suponen inspirados por estos principios deben ser consecuentes, ya que no se puede ser conservador en este asunto y progresista en todo lo demás.

Es fácil olvidarse de desafíos que por insistentes han perdido su urgencia. Ojalá no sea este el caso y sigamos 134 años más con lo mismo.