Las mujeres y nuestra arma demográfica

Publicado : 24 Diciembre, 2012 en Igualdad de género, Noticias, Portada, Prensa

Por María de los Ángeles Fernández |

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China y  Rusia aparecen vinculados por estos días por varios motivos. Por un lado, por su apoyo al oprobioso régimen sirio de Bashar al Assad y, por otro, por su común pertenencia al grupo llamado BRICS, junto con India, Brasil y Sudáfrica. Pero hay un tercer motivo: ambos países se encuentran en proceso de revisión de sus políticas de crecimiento demográfico como producto del envejecimiento de su población. Los chinos intentan revertir la política del hijo único, existente desde hace tres décadas. Actualmente, el índice de fertilidad-la media del número de hijos por mujer-es encuentra en 1,7%, por debajo del 2,1% que se considera necesario para mantener la población. Por su parte, la tasa de fertilidad de las rusas es 1,6 hijos por madre, insuficiente para estabilizar la población en el largo plazo, especialmente por las tasas de mortalidad de ese país. Putin parece estar preocupado por cuanto sus políticas de incentivo para tener más hijos no están dando resultados.

Chile, como no es una potencia de tamañas magnitudes, parece no estar urgido aunque comparte la misma situación de caída de la tasa de fecundidad, que es la más baja de Sudamérica. Según las últimas cifras de las Estadísticas Vitales del INE (2010), la tasa de fecundidad promedio nacional es 1,9. De esta forma, Chile completa once años bajo la tasa de reemplazo generacional de 2 hijos por mujer. La cifra reviste consecuencias para el diseño e implementación de políticas públicas. Aunque el fenómeno se observa como irreversible, lo que sí cambia es el tiempo de fecundidad porque las mujeres que deciden tener hijos lo hacen después de los 30 años. Nuestro país tiene el porcentaje más alto de madres mayores de 34 años de toda la región. Dentro de los efectos más importantes, algunos incluso tan inquietantes como la eventualidad de nuestro desaparecimiento como país, se informa en la prensa que afectaría nuestras posibilidades de crecimiento económico por las restricciones en el mercado laboral como producto de la escasez de mano de obra. Igualmente, tendrán lugar alteraciones en el sistema previsional, un alza en el costo del endeudamiento porque las personas mayores ahorran menos, así como el surgimiento de nuevas tendencias en educación y salud.
 
El problema no es banal. Marcos Jaramillo, en “Muerte en cámara lenta” publicado en la revista Qué Pasa, junto con hacer un llamado a una gran política nacional de incremento de la tasa de fertilidad para fomentar las familias numerosas, cita a un economista de un banco inglés que advierte que “la sola demografía podría explicar en gran medida lo que serán las inmensas diferencias de desempeño económico en los años que vienen”.
 
Foto Ed Yourdon Flickr © creative commons Las chilenas no parecen estar disponibles para una cruzada que las involucre en un aumento de la tasa de fertilidad. Los motivos son variados. Producto de las transformaciones culturales en curso, la identidad femenina ha dejado de construirse en  base a la maternidad puesto que la mujer se ha ido legitimando muy bien en otros roles. 47% de las chilenas sin hijos no tienen considerado ser madre, cifra que aumentó 20% en ocho años, según el Centro de Microdatos de la Universidad de Chile. Por otro lado, pesan las razones económicas. El nuevo postnatal de seis meses ha sido utilizado, desde su aprobación, por unas 89.000 mujeres. La medida, fundamentada por sus efectos favorecedores del apego y la lactancia, no cubre ni con mucho las inversiones económicas ni emocionales que implican una procreación que, en lo esencial, queda librada a las posibilidades individuales y a la responsabilidad femenina. A un año de la ley de postnatal, solamente 592 hombres han optado por solicitar un permiso para cuidar un hijo.
 
La Universidad del Desarrollo realizó hace unos años, en el marco de una investigación que se prometía más comprehensiva sobre los costos económicos de la crianza, un estudio titulado “Cuánto cuesta tener un hijo”. En la comparación con Estados Unidos, nuestro país aparece como barato para criar hijos. Sin embargo, analizado en su propio mérito y observando nuestros niveles de desigualdad, no cabe duda que los montos involucrados pueden convertirse en un desincentivo a la hora de procrear. Si el ingreso familiar bordea un millón seis cientos mil pesos o si se pertenece al grupo ABC1, el costo hasta los 18 años y sin contar la universidad, costaría al menos 130 millones de pesos. Si se integra la clase media, no ganando más de seiscientos mil pesos, la cifra llegaría a 45 millones por niño. El estudio añade que, si se tiene más de uno, se podría hacer algún tipo de “economía de escala”. Si se tiene un ingreso menor a trescientos cincuenta mil pesos, se habrán desembolsado 24 millones al día en que el hijo cumpla la mayoría de edad. La investigación arrojó también otro tipo de resultados, algunos más obvios que otros: los adolescentes son más caros, las grandes diferencias de gasto por grupo socioeconómico radica en educación, salud y alimentación y, para el caso concreto de la educación, se encuentra el hecho de que la educación gratuita en Chile va en descenso.
 
Trabajar y ser madre no es una ecuación perfecta salvo en un solo tipo de países, los escandinavos. En el resto del planeta, también en los países desarrollados, las mujeres con niños ganan mucho menos que los hombres en comparación con las mujeres sin hijos. El promedio es de 14% según un reciente artículo titulado The International Mommy Tax. Los países con más guarderías tienen una brecha salarial de género menor. Por otro lado, 80% de las empresas no contratan a más mujeres para evitarse el costo del derecho a la sala cuna. Las que las contratan, suelen trasladar este costo al salario femenino, tal como lo reconoce la Ministra del Sernam, Carolina Schmidt, en su más reciente entrevista en Paula. Es por eso que la reforma a la ley de salas cuna que podría enviar el gobierno y que busca reducir el costo de la contratación femenina va en una buena dirección.
 
Mantener atada la mirada y la discusión sobre la flexibilidad laboral solamente a las mujeres tendrá un alto costo para el país en su conjunto. Para partir, las 850.000 mujeres que potencialmente se podrían incorporar a la fuerza laboral según la Ministra Matthei no lo harán y, si algunas lo hacen, será porque todavía se mantienen solteras. El reciente informe regional del Banco Mundial “Trabajo y Familia” da cuenta de que Chile, si bien ha ido subiendo en participación laboral femenina, ha sido gracias a la contribución de mujeres solteras y no casadas. Tal parece ser el impacto de la institución del matrimonio en la decisión de trabajar. Si bien Chile puede exhibir crecimiento económico, se alzan cada vez más insistentemente voces de alerta acerca de su insostenibilidad en el tiempo. Para revertirlo, se requiere tomar decisiones consensuadas en materias tan espinudas como educación y energía, pero también, aunque esto no parece tan obvio para analistas y tomadores decisiones que siguen pecando de invisibilidad de género, con relación al involucramiento del talento femenino. Demasiados datos avalan esta realidad, negada por el peso de la tradición y de los estereotipos: empresas de mujeres duran 30% más que las de los hombres y resisten mejor las crisis; las empresas que incorporan mujeres en puestos decisorios tienen 35% más de rentabilidad; los países que tienen al menos 30% de mujeres en cargos políticos son más inclusivos, igualitarios y democráticos y el PIB de los países se podrían incrementar 9% si se hace más fácil que las mujeres ingresen a la fuerza laboral.
 
Aunque estemos lejos del escenario apocalíptico que provee la película “Niños del hombre”, historia ambientada en el Londres de 2027, con un mundo arrasado por guerras, terrorismo nuclear, contaminación irresoluble, suicidios en masa y la pérdida de capacidad de procreación porque todas las mujeres del planeta han devenido en estériles, sí atravesamos una situación preocupante. La suma de miles de decisiones individuales femeninas constituye un arma letal traducida en el poder de la demografía. Más temprano que tarde, nuestro país deberá plantearse si se encuentra en condiciones para favorecer una fecundidad asumida socialmente. Aunque el año 2013 se visualiza cruzado por debates electorales a nivel de primarias, parlamentarias y presidenciales, este tema parece estar ausente todavía. ¿Ha escuchado ud. a algún candidat@ plantearlo?
 
Cualquier reflexión, llegado el caso, debiera darse en un contexto que supere, por un lado, el almibarado relato de una derecha que hace de la maternidad el cada vez más improbable sentido último de la existencia femenina y, por otro, el silencio de una izquierda que, asociada con el feminismo que bien ha priorizado el derecho a decidir de las mujeres, tiene por tarea pendiente repensar la maternidad, sorteando las trampas del esencialismo. Al menos, así lo plantea Yvonne Knibiehler en el libro titulado “¿Quién cuidará a los niños? Memorias de una feminista iconoclasta”.

Foto Ed Yourdon Flickr © creative commons