¿Botar votantes o ganarlos?

Publicado : 03 Diciembre, 2012 en Portada, Prensa

por Osvaldo Torres //

Cristina Fernández, la presidenta de Argentina, ha firmado en noviembre la ley que reconoce el derecho a voto a los mayores de 16 años. Esta iniciativa, muy cuestionada en un principio por la oposición a su gobierno, fue finalmente respaldada con apoyos transversales.

En Chile, los senadores Navarro, Tuma y Quintana han presentado una moción parlamentaria, este mes de noviembre, para reformar la Constitución y ampliar los derechos ciudadanos desde los 16 años y otorgar derecho a voto en las elecciones municipales a los mayores de catorce.

Esta iniciativa merece un debate profundo y amplio en nuestra sociedad, caracterizada en esta etapa por la profunda desconfianza de la ciudadanía en las instituciones en general y las democráticas en particular. Además, es necesario considerar  la altísima abstención de la última elección municipal, que contrajo los electores en términos absolutos y no convocó significativamente a quienes no habían participado con anterioridad.

Seguir ampliando los derechos ciudadanos sin discriminación por edad es positivo. Sin embargo, esta posibilidad puede ser desperdiciada si no se discute ampliamente con la población a al cual se le reconoce un derecho. Sabido es que una parte del movimiento estudiantil secundario convocó a “no prestar el voto” en las elecciones municipales (ACES), mientras que otros convocaron a participar (CONES). Más allá de la opinión de cada cual sobre estas opciones, lo concreto es que allí hay una reflexión sobre el sistema político y el valor del voto junto con una “táctica electoral”, lo que puede ser tremendamente positivo para la futura participación política, la renovación de sus dirigentes y representantes y para ampliar la base de legitimidad del sistema democrático que, obviamente, tiene como piso a los electores.

Decía en una columna anterior sobre este tema que la madurez demostrada por los electores en las elecciones no se puede medir, en tanto las motivaciones para elegir son inescrutables e infinitas, a lo que se suma el carácter de la propaganda electoral desplegada en las últimas campañas (no hay ideas, ni símbolos partidarios, ni programas, solo sonrisas y alguna frase tipo “alégrate”, “100% local”, etc.), que no aporta ninguna información y hace del proceso algo irrelevante, innecesario de participar. En este sentido, la maduración de los electores no puede ser un argumento relacionado con la edad, es más bien una decisión política y cultural de mejorar la calidad de la política, de las campañas electorales y los aspectos programáticos que representan quienes son candidatos.

Lo anterior se discutió mucho recientemente en Argentina, y si el apoyo a ampliar los derechos a los 16 años fue transversal, es porque hubo un convencimiento que los jóvenes de esa edad no son manipulables, que el impacto en las grandes cifras tampoco es determinante y que le hace bien a la democracia interesar a los jóvenes.

La moción parlamentaria de los tres senadores chilenos de ampliar la ciudadanía a los 16 años, debe implicar el derecho a voto en las elecciones parlamentarias y presidenciales. Ampliar a los 14 años la participación en las elecciones municipales también es una buena idea, porque interesa a grupos de edades que viven en territorios sobre los que ellos también tienen opinión.