El derrumbe en igualdad de género (o el gusto selectivo por los rankings)

Publicado : 26 Noviembre, 2012 en Igualdad de género, Portada, Prensa

por María de los Angeles Fernández  //

No hay semana en que la prensa no consigne la posición de Chile en algún tipo de ranking. Los favoritos son los relativos a la marcha de la economía convencionalmente entendida. Se nos ha acostumbrado a ver la posición que el país ocupa a nivel de competitividad, de libertad económica, de inversiones en infraestructura y, así, suma y sigue. Está claro que nos gustan los rankings. Si no fuera así, la prensa no los informaría de forma recurrente. Pero esa predilección no corresponde solamente a una necesidad de tipo informativo. Sirven, de alguna forma, para confirmar nuestro sentimiento de excepcionalidad.

Así se infiere de la lectura del artículo publicado en Tendencias del diario La Tercera. Que nos sintamos excepcionales, al parecer, no es algo raro. Todos los países buscan algún punto en el que puedan sostener su autoreclamo de excepcionalidad. Pero en Chile, al parecer, el sentimiento estaría un tanto exacerbado. Para explicarlo se plantean hipótesis que van desde la de constituir un país insular, hasta la inestabilidad territorial, asociada a nuestra sismicidad estructural. Nuestra posición en los rankings de naturaleza económica vendría a confirmar, de acuerdo a dicho artículo, la capacidad de nuestro país en conseguir crecimiento económico así como estabilidad y limpieza de sus instituciones.

Sin embargo, no todas las posiciones que alcanza Chile en los rankings son utilizadas para fortalecer este sentimiento de excepcionalidad. Sucede que algunas podrían resultar más bien vergonzantes para la autoestima-país y convendría más bien silenciarlas. Puesto que ello no es posible, son referidas de manera esquiva y un tanto telegráfica. Un caso concreto es el derrumbe de Chile en el ranking global de igualdad de género elaborado por el Foro Económico Mundial. Nuestro país aparece cayendo más de cuarenta puestos respecto de 2011 y ubicándose en el lugar 87. Si esto hubiera ocurrido en dimensiones como competitividad o libertad de empresa hubieran llovido plumas, al menos, a nivel del debate público. En este caso, solamente ameritó fugaces editoriales en La Segunda y El Mercurio.

Resulta interesante reflexionar acerca de las explicaciones que allí se esgrimen para tal derrumbe así como las visiones en torno a ello. En primer lugar, se aprecia un franco desconcierto. ¿Cómo es posible que se esté observando un incremento sostenido de la participación laboral femenina, llegando al 47%, con 63% de empleos creados el año pasado solamente para mujeres, y el ranking no lo refleje? En segundo lugar, incomprensión acerca de lo que se está midiendo. De hecho, La Segunda plantea expresamente que “no tiene caso iniciar un debate ocioso respecto de si las mujeres están mejor o peor que hace un año, sino que el ranking debiera servir para focalizar la atención en ciertos puntos que aparecen allí como críticos, como lo son la desigualdad salarial y la participación política femenina”. La referencia a la palabra “focalizar” es reveladora de la ignorancia, o quizás el punto al que ha llegado el velo de la ideología, para no entender la complejidad de las dinámicas a la base del trabajo por la igualdad de género. El Informe de Desarrollo Humano del PNUD de 2010, dedicado a este tema, lo advierte con todos sus tonos cuando señala que “las relaciones de género son una constelación compleja y multidimensional de fuerzas objetivas y subjetivas, instituciones formales e informales, políticas, económicas y culturales, que operan en el cuerpo, en el lenguaje y en la psiquis”. Por tanto, “enfrentar las resistencias que explican la persistencia de las discriminaciones en los tres ámbitos en que se juega la autonomía femenina (laboral, político y físico) exige un trabajo en varios planos: el de reformas institucionales, el de la cultura y el de la acción cotidiana”. Tales exigencias de sincronicidad, sin duda, son desafiantes para el trabajo que la administración del Estado puede hacer en materia de coordinación, transversalidad e intersectorialidad. Sin embargo, el asunto se hace más dramático cuando la autoridad parece reducir los objetivos en materia de igualdad de género únicamente al incremento de cifras en materia de participación laboral femenina. Por otro lado, si bien es cierto que la participación laboral es clave para el logro de la autonomía femenina, la forma en que se está produciendo en Chile no es la acertada. Reveladores en este sentido son los datos de la Fundación Sol quien ha alertado acerca del análisis estrecho y de conveniencia al que el gobierno recurre para contabilizar el aumento de los puestos de trabajo, así como de participación femenina en ellos, sin referirse a la calidad de los mismos. Según dicha fundación, “de los 664 mil empleos que se han creado en la administración Piñera, 372 mil han sido capturados por las mujeres, lo que equivale a un 56% del total, pero, el 46% corresponde a trabajo por ‘cuenta propia’, ‘personal de servicio doméstico’ o ‘familiar no remunerado’. En el caso del trabajo por cuenta propia, no se tratan de emprendimientos robustos ni profesionales independientes, sino que el 83% es a tiempo parcial (con jornadas que pueden ser de 5, 15 o menos de 30 horas a la semana) y ocupaciones de baja calificación”. Sin embargo, precisa, “los nuevos empleos asalariados femeninos, tampoco están asegurando mayor protección ni reflejan mayor calidad, ya que casi el 90% corresponde a empleo tercerizado, principalmente vinculado a empresas de servicios temporales o suministradoras y subcontratación”.

Un tercer factor que permea dichas editoriales es un cierto “optimismo” acerca de la fuerza supuestamente arrolladora de los números por sí solos para la superación de los obstáculos. Es éste un argumento al que se suele recurrir, y que se usa alternativamente a otro bien conocido: la exigencia de méritos diferenciales para las mujeres cuando de acceso a cargos de decisión se trata. Aparece bien revelado en la siguiente frase: “El masivo ingreso de jóvenes en la educación superior debiera incidir a corto plazo en el mejoramiento notorio en el logro de una mayor paridad de salarios y oportunidades”. Justamente, porque del hecho de haber roto las barreras de acceso a distintos ámbitos de la esfera pública no se desprende automáticamente la fluidez en los ascensos en la estructura de toma de decisiones es que The Economist dedicó un número especial al tema en noviembre del año pasado, titulado “Closing the gap”.

El próximo año verá florecer primarias de todo tipo, en el contexto de las elecciones parlamentarias y presidenciales. Es una buena ocasión para demandar a los candidat@s de todos los sectores un pronunciamiento claro sobre estos temas, más allá de las cuñas y de los sentidos comunes. La igualdad de género forma parte del mundo que queremos dejarle a nuestros niños y niñas, así como del éxito de aquellos países que han alcanzado  las cotas más altas de desarrollo humano. Chile ha avanzado, qué duda cabe, en materia de igualdad de género, pero también acumula muchos pendientes que el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer acaba de recordarnos en sus reuniones 1071 y 1072 de octubre de este año. Bien vale la pena leerlos.