El sexo de los mandatos

Publicado : 29 Octubre, 2012 en Igualdad de género, Portada, Prensa

por María de los Angeles Fernández  //

La primera es que, en el último ranking global de igualdad de género del Foro Económico Mundial, Chile cae la friolera de cuarenta lugares respecto de 2011, ubicándose en el puesto 87. El descenso era previsible. Solamente si nos detenemos en un aspecto que mide cómo es la representación política femenina, vemos que Chile exhibe porcentajes cada vez más alejados del 30% como promedio de mujeres en cargos políticos que, de acuerdo a USAID, poseen aquellos países del planeta más inclusivos, democráticos e igualitarios. En el gabinete, de 45% de ministras en 2010 se bajó a 18%; nuestras parlamentarias son apenas el 13,9% (cuando el promedio de América Latina es 22,3% y 25% el de la OCDE) y la presencia femenina en las candidaturas no logra remontar el promedio de 20% desde 1990 a la fecha. De hecho, ha disminuido 3%, de 17,5% en 2008 a 14,4% en 2012.
 
La segunda es la noticia de que uno de cada tres hombres en Chile se siente incómodo con una mujer como jefa, según la Encuesta Nacional de la UDP 2012. 30,2% es el porcentaje concreto, aunque aumenta ostensiblemente cuando se les pregunta a las mujeres: 45,6%. Es probable que, en este tipo de asuntos, actúe el autocontrol ante preguntas en las que el clima dominante presenta imperativos acerca de lo “políticamente correcto”.
 
Lo concreto es que este dato nos direcciona a lo que en el Informe de Desarrollo Humano de 2010 se denominó “los núcleos duros que frenan el avance hacia la igualdad”. En él, se señala que “en el plano de la cultura y de la subjetividad, aún existe un grupo que adhiere a representaciones machistas y autoritarias que se funda en la afirmación de una natural desigualdad entre los sexos y que asocian la mujer a la familia y al cuidado de los demás, y al hombre al trabajo y al poder, siendo hombres mayoritariamente”. La inclusión femenina en el trabajo, para muchos hombres, supone una concesión que el vicio hace la virtud porque no viene mal un ingreso adicional al hogar. Otra cosa muy distinta es abrirse a la posibilidad de que el origen de los mandatos sea femenino. Sin embargo, no deja de resultar enigmático que la resistencia perdure y sea tan profunda luego de haber tenido una mujer en la presidencia que, además, sigue ostentando gran adhesión y con evidentes posibilidades de volver a ocuparla ya que, según la última encuesta CERC, el 55% lo considera bueno.
 
Diversos estudios, entre los que se encuentra el citado informe, han abundado en la contribución que la llegada de una mujer a la más alta magistratura habría producido, desarmando mitos en torno a la representación tradicional del liderazgo político. De hecho, Bachelet reivindicó un liderazgo de corte femenino, contrastando con lo que hasta ese momento se consideraba habría sido la tónica masculinizada de los estilos de las mujeres presidentas o primeras ministras que la precedieron.
 
La incomodidad masculina frente a las jefaturas femeninas de la encuesta ya es recogida en capítulo del citado informe, titulado “Los malestares de las relaciones de género”. En él, se da cuenta de lo que se denomina la “precarización de las identidades tradicionales”. Supone un avance en la senda del conocimiento de la experiencia masculina frente a los cambios culturales en curso. La encuesta Images Chile, de masculinidades y equidad de género, también ha venido a sumar a un ámbito cuya indagación es relativamente reciente. Este no es un tema que pueda ser abordado livianamente ya que los sentimientos y prácticas involucradas pudieran abrir, bajo ciertas condiciones, la compuerta a fórmulas violentas.  
 
La propia ex Presidenta Bachelet, durante su mandato, debió experimentar desde distintos frentes, partiendo por su propia coalición, las incomodidades que su llegada a La Moneda generaba. Resulta interesante recordar la polémica que se planteó en la prensa cuando se señaló que “los Ministros (varones) no se sentían empoderados” por ella.
 
Habiendo leído acerca de la experiencia de Margaret Thatcher como Primera Ministra del Reino Unido y las actitudes y percepciones que su estilo y forma de comportamiento producía en su gabinete, conformado por hombres, indagué sobre literatura que pudiera darme luz sobre dicho fenómeno. El psicoanalista Robert A. Glick hace interesantes reflexiones en un capítulo titulado “¿Qué ven los hombres cuando miran a las mujeres?”, incluido en el libro editado por Mariam Alizade y Beth Seelig El techo de cristal. Perspectivas psicoanalíticas sobre las mujeres y el poder.  Se trata de un interesante ensayo donde su autor trata de “mostrar qué ven los hombres cuando miran a las mujeres”, precisando que “muchos piensan que los hombres son apenas exploradores novatos en el mundo de las mujeres, sobre todo en lo tocante a la relación de las mujeres con el poder”. Como es esperable, su punto de referencia es Freud. Señala que el desconcierto que le producían las mujeres y su intento por comprenderlas terminó en teorías que constituyen un ejemplo de la forma en que los hombres reaccionan frente a las angustias inconscientes que las mujeres les provocan, menoscabándolas y tornándolas débiles. Adicionalmente, se encarga de informar que el maestro fue enmendado por los análisis de brillantes mujeres que le sucedieron como Horney y Moulton. Glick afirma que “la mujer está dotada de un poder multidimensional” que, derivado de su condición materna, “es capaz de crear o destruir en un hombre su sentimiento de estar entero o intacto, de ser real o falso, de ser cuidado y valorado, deseado y necesitado, de ser un hombre, lo que engendra en los hombres ese temor reverente que plasma y colorea sus relaciones con las mujeres en general a lo largo de la vida”. Por lo anterior, los hombres se sentirían más cómodos junto a otros hombres en cargos de poder. Avanza en afirmar que, en la psicología del hombre, el ejercicio del poder por parte de las mujeres suscita temores de venganza o de fracaso. Es más, “tienden a experimentar una regresión defensiva hacia aquellas imágenes distorsionadas por la furia en las que la mujer es, ora un sea asexual que quiere ser hombre, ora una devoradora insaciable, castradora y destructora del hombre”. Sin embargo, también plantea otra ecuación: “Cuando la mujer se siente convencida y segura de su rol de poder, cuando no está atrapada en el laberinto, aquellos hombres no demasiado agobiados por su temor a la mujer vivencian a estas mujeres poderosas como líderes mejores y más eficaces, que no les crean tanta confusión”. Lamentablemente, esta segunda situación es algo todavía escaso en un país donde, si bien hay mujeres que escapan a la norma, como la propia Bachelet, Camila, Bárbara o Eloísa, el cambio cultural se hace de rogar.
 
Sería deseable que se intensifiquen los estudios que permitan observar “las configuraciones que impliquen transformaciones y/o tensiones a los tradicionales modos de constitución de la identidad de género laboral”, tal como la denomina Mabel Burin. Mientras tanto, mejor es prepararse para un escenario donde la ex Presidenta es altamente probable que volverá a competir en una campaña en la que podrían aflorar situaciones que, pensábamos, estaban superadas.