Explicando a Bachelet

Publicado : 25 Octubre, 2012 en Portada, Prensa

por María de los Angeles Fernández  //

Tan interesante como desentrañar las claves del favoritismo de Michelle Bachelet en la encuestas, resulta analizar las reacciones que ello genera. El nerviosismo oficialista crece en paralelo a la fallida apuesta a la evaporización de su popularidad por la vía de la distancia. En la órbita de los análisis se ha ido mutando, desde el entusiasmo que provocó su emergencia, hasta la tesis de la “cariñocracia”, para recalar, como sucede cuando algo no se entiende del todo, en explicaciones que escapan a los códigos de este mundo. Es lo que hace Max Colodro en este mismo diario, al referirse al fervor mariano que sustentaría su adhesión. Cabe preguntarse si se habrá tentado por la interpretación literal de la frase de la ex mandataria, según la cual a ella no se le podían aplicar los códigos de la política.

Una explicación alternativa, ajena a cualquier tentación mística, la encontramos en la confluencia de sus capacidades de encaje discursivo, desacople partidario y conexión emocional. Bachelet encontró en la crisis financiera internacional de 2008 la oportunidad para dotar de sentido lo que fue el corazón de sus promesas de campaña, la protección social. Además, se distanció del mundo partidario, al reivindicar el carácter ciudadano de su candidatura, reforzándolo luego con expresiones como la del “femicidio político”. Con ella se refería al sobremérito exigido a mujeres de su condición y en clara alusión al apoyo que, al interior de su propia coalición, le resultaba muchas veces esquivo. Se suma a esto su desempeño en el ámbito de la política de la identidad, que hace que encuentre en las mujeres de todos los sectores, y no solamente en la señora Juanita, sus mejores aliadas.

Todo ello se refuerza con que las condiciones de contexto que la visibilizaron no solamente se mantienen, sino que se han acentuado. El de Bachelet es un caso de “carisma situacional”, no en el sentido weberiano clásico, sino de acuerdo a Tucker. Para dicho autor, en ciertos casos, “una personalidad-líder de tendencia no mesiánica suscita una reacción carismática porque ofrece, en un momento de profunda desgracia, un liderazgo que se percibe como fuente y medio de salvación”. Dado que advierte que resulta una anomalía que una misma persona conjugue carisma con pericia, esta situación lo sorprendería. ¿No forma parte de lo segundo la navegación prolongada por las procelosas aguas de la política, sustrayéndose al descrédito que ésta merece? En ese cuadro, el silencio es tan sólo un detalle.