La jaula del liderazgo femenino

Publicado : 24 Septiembre, 2012 en Igualdad de género, Portada, Prensa

por María de los Angeles Fernández  //

Se habla de una mujer a la que solamente le faltó llegar a la Presidencia de España, luego de haber pasado por todos los cargos políticos posibles. Ejemplos de ello son entradas como la de @javiercasqueiro en @el_pais titulada “El retiro de la Thatcher madrileña es otro aviso” a la que se suma la más reciente, de Mario Vargas Llosa, con el título “Esa Juana de Arco liberal”
 
La dimisión de Aguirre es un ejemplo, una vez más, de la forma en que los medios abordan los aspectos que rodean a las mujeres y su relación con el poder político, visibilizando además los estereotipos existentes acerca de lo que se entienden por masculinidad y femineidad.
 
La asociación con figuras femeninas precedentes que han dejado alguna huella en la historia parece un paso obligado cuando se trata de reflexionar acerca del desempeño de mujeres que acceden a altos cargos. Son vistas como experiencias sorprendentes. A pesas de los avances femeninos expresados en el quiebre de la barrera del acceso en ámbitos como la educación y el trabajo, se mantienen las de ascenso. Las que las rompen siguen siendo observadas bajo el lente de lo insólito, cuando no con una cierta sospecha. Al famoso “Techo de Cristal” (entendido como el conjunto de barreras invisibles y artificiales que impiden el ascenso femenino a posiciones de mayor nivel) se suman, como nos recuerda Lidia Heller en su libro Voces de mujeres. Actividad laboral y vida cotidiana, otras con nombres tan sugestivos como pisos pegajosos, muros de cemento o paredes de terciopelo, fronteras de cristal o muros de palabras.
 
Pero que mujeres como Aguirre sean todavía excepcionales no justifica que, para entenderlas, se insista, perezosa o intencionalmente, en la caricatura. Quizás sucede que, cuando no se detecta el comportamiento esperado de acuerdo a su condición de mujer, se recurre al reduccionismo. La asociación con la ex primera ministra Margaret Thatcher es un ejemplo de ello. Mal que mal, el estilo de la política británica se ha convertido en la condensación de la aculturación hacia el modelo masculino de hacer política. Si observamos ejemplos de mujeres presidentas que surgen posteriormente, en una línea continua, es probable que Michelle Bachelet, la ex presidenta chilena, pueda ser colocada en el otro extremo, el del liderazgo femenino por antonomasia. Ella misma no se cansó de reivindicarlo, asociándolo con valores como la cooperación y el diálogo así como con un cierto tipo de ética que, llamada del cuidado. La ex mandataria chilena, que se mantiene como la figura de mayor valoración en la política chilena aún cuando no vive en el país por su cargo a la cabeza de ONU-Mujeres, es vista como una persona amable y acogedora. Si se hace una encuesta a las líderes políticas actualmente existentes y a las por venir, es altamente probable que la mayoría apunte a la segunda como su modelo de referencia, alejándose del primero como la peste. Thatcher ha devenido, para la mayoría de las mujeres, en un antimodelo. Resulta determinante el apelativo de Dama de Hierro con el que, en su momento, la agencia de noticias soviética PRAVD la bautizó.
 
Sin embargo, si ambas son analizadas en detalle, es posible observar que lo aparente es apenas una sombra de lo real por cuanto comparten más de lo que se cree. La tendencia es a quedarse en los contrastes: sus diferencias ideológicas, sus respectivos talantes (el de una, agresivo, y empático el de la otra) así como su relación con las demandas femeninas (donde una las ignoró mientras la otra es reconocida como la ex mandataria con mayor compromiso con la igualdad de género).
 
Un primer elemento en común se relaciona con el impacto simbólico producido en sus respectivas sociedades, más allá de sus políticas y estilos. Después de ellas, es innegable que se han expandido las posibilidades de desarrollo de las mujeres, modificándose los modelos de rol para niños y niñas. Quizás no sea tampoco casualidad el hecho de que el Reino Unido y Chile carezcan de una ley de cuotas, aunque Bachelet intentó impulsarlas. Pero hay un segundo elemento, relativo a las estrategias que utilizaron. Ambas se vieron favorecidas por su condición de mujeres y utilizaron su femineidad con criterio flexible, aunque con la diferencia de que para la segunda eran más que un instrumento. Llegó a convertir la igualdad de género en uno de los ejes de su gobierno, dándole estatura de Estado. Michael Genovese, que ha estudiado el liderazgo de Thatcher, afirma en Mujeres líderes en política. Modelos y prospectiva, que el género era importante para  ella a tal punto que “se hizo una experta en el cambio del estilo propio de su sexo, utilizando una gran variedad de perspectivas diferentes sobre su femineidad dependiendo del dictado de las circunstancias”. Añade que fue una “veleta del género”, “oscilando entre lo que convencionalmente se consideran funciones masculinas y funciones femeninas, dando lugar a una síntesis. De este modo, a pesar de su firmeza e, incluso, agresividad, no fue cuestionada socialmente por su estilo.
 
A Bachelet, por su parte, además del apoyo ciudadano que concitó en las encuestas, ser mujer la ayudó a lograr la nominación de su propia coalición al constituirse en un elemento de “novedad”. La Concertación de Partidos por la Democracia venía desgastada de la elección presidencial anterior, en la que Ricardo Lagos ganó en segunda vuelta a Joaquín Lavín por estrecho margen. Hizo una campaña con claro discurso de género, corriendo el riesgo de ahuyentar al electorado masculino. En cambio, logró concitar por primera vez la solidaridad de género y volcar un voto femenino que antaño había sido conservador.  Durante su mandato, frente a las acusaciones de falta de autoridad y de competencia, aludió al “femicidio político” para señalar a las múltiples exigencias (sobremérito) a las que las mujeres que llegan a altas posiciones se ven sometidas. Y no tuvo empacho en repetir varias veces una frase de cuño thatcherista, aunque adaptada a la realidad chilena: “Si una mujer es fuerte, es destemplada. Si un hombres es fuerte, ¡cielos!, es un buen tipo”.
 
Supo combinar bien el feminismo de la igualdad, visibilizando las capacidades femeninas por medio de la paridad de género en la conformación de su gabinete con el feminismo de la diferencia, al reivindicar que las mujeres tienen una forma diferente de conducción ligada a la cooperación y al cuidado, aún con el riesgo de enfatizar el esencialismo femenino. Aunque análisis posteriores tienden a mostrar que pudo enfrentar los obstáculos a punta de encanto, como se infiere del libro de Patricia Politzer, Bachelet en tierra de hombres, también es probable lo que la ex mandataria chilena ha dicho de sí misma en entrevistas: “Soy más astuta que ambiciosa”.
 
Análisis más detenidos sobre los desempeños femeninos en situación de liderazgo debieran alertarnos sobre registros binarios que actúan como jaulas, coartando posibilidades. ¿Por qué afirmamos esto? En primer lugar, porque la dicotomía masculino vs femenino puede resultar de utilidad para quienes desean aumentar los motivos de división entre las mujeres, un colectivo ya de por sí heterogéneo y fragmentado en múltiples identidades (clase y etnia, por señalar dos ejemplos). En segundo lugar, porque poco o nada ayudan a entender mejor las complejidades contenidas en los procesos de toma de decisiones y menos aún, en las referidas a la esfera política. Todos los análisis reportan la necesidad de liderazgos híbridos (andróginos), resultado de combinatorias de rasgos masculinos y femeninos. Y  tercero, porque actúan en la vida cotidiana como disuasivos para las posibilidades de avance de las mujeres. Muchas pueden tender a pensar que, para progresar, deben inevitablemente transigir en una masculinización que rechazan.  
 
La pregunta crucial es cómo hacemos para que las mujeres, individual y colectivamente, puedan progresar y conseguir los objetivos deseados para ellas y para sus sociedades. Para ello, resulta de utilidad profundizar en el conocimiento de las trayectorias de mujeres que han dirigido países, en su diversidad y pluralismo, más allá de sus ideologías políticas, aunque siempre será deseable que mujeres, pero también hombres, tengan conciencia de la importancia de la igualdad de género para el progreso de las sociedades. Analizar de esta forma a las mujeres, más allá de la caricatura, de la anécdota biográfica o de la tentación a la hagiografía, permite ampliar los registros del comportamiento político femenino en la perspectiva de disponer de variadas fuentes de identificación. En países como Chile, donde el porcentaje de mujeres que competirán en las próximas elecciones municipales se ha reducido en tres puntos con relación a 2008, se necesita con urgencia, además de una ley de cuotas, recurrir a iniciativas de distinto tipo que permitan aumentar la autoconfianza femenina en las propias posibilidades políticas.