El peso cotidiano de una larga noche

Publicado : 11 Septiembre, 2012 en Portada, Prensa

por Gloria de la Fuente //
Nadie en Chile -de derecha, izquierda o autoproclamado independiente- queda indiferente ante un nuevo 11 de septiembre. Ello porque, habiendo pasado casi cuatro décadas, aún persiste en el alma nacional el peso de esa larga noche que significó el golpe de Estado, la muerte, el horror y 17 años de una dictadura que dejó plantadas – y bien plantadas – sus huellas en el presente.

La pretendida soberbia moral de la que se ha querido acusar muchas veces a las personas que condenaron el golpe desde el principio y siguen haciéndolo hasta el día de hoy, no es más que la dignidad de quienes, al amparo de la justicia, son consecuentes con el artículo 1° de la Declaración Universal de Derechos Humanos que reconoce que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Por eso, la búsqueda de verdad y de justicia es una tarea que, mientras su valor se niegue, sigue teniendo una épica que convoca a un país en la reconciliación con su propia historia y su propio deber de memoria.

No cabe duda que las últimas dos décadas han estado llenas de “lugares de memoria” como diría Pierre Nora, que han logrado alcanzar en parte el consuelo, la verdad y la justicia para aquellos que fueron víctimas directas o indirectas de los sucesos que acontecieron a partir del golpe de Estado. El Informe Rettig, la Comisión Valech y el “Nunca Más” del Comandante en Jefe del Ejército el año 2003, han ido precisamente en esa línea y han  logrado, en definitiva, que el temor a la regresión autoritaria vaya lentamente cediendo lugar a la democracia. No obstante, es precisamente en este espacio donde encontramos los grandes límites.

El régimen de Pinochet se propuso una refundación total, no sólo en términos de modelo de desarrollo, sino que del modelo de sociedad y, en definitiva, del modelo de democracia que se buscó construir. Al respecto, es importante recordar que las condiciones sobre las cuales se generó la transición y se produjo la redemocratización, fueron en gran parte establecidas bajo una Constitución Política aprobada en 1980 y que – incluso reformas mediante- no logró remover sustantivamente los elementos clave que generaron para el sistema político el marco institucional que persiste hasta hoy. La representación subordinada a la necesidad de la gobernabilidad, una competencia a medias y una institucionalidad política que parece cada vez más desconectada de la sociedad son sólo la punta del iceberg de aquello que heredamos de esa larga noche.

Por eso no parece tan descabellado cuando crecen las voces que levantan la idea de una Nueva Constitución. Se trata no sólo de volver sobre la legitimidad de origen, que sin duda es importante en las bases fundantes de una democracia que busca ser de todos, sino que mas aún, sobre la propia forma de nuestra democracia, plagada de esa herencia que limita la propia posibilidad que tienen los ciudadanos y ciudadanas de construir el modelo de país y de representación que desean.

La mentada gobernabilidad que buscaron los ideólogos del régimen militar, ha terminado, en definitiva, por mermar la propia credibilidad sobre el sistema político y sobre esto, más vale reaccionar a tiempo y abrirse a respuestas políticas e institucionales adecuadas, antes que lamentar consecuencias nefastas para nuestra propia democracia. Lo contrario es creer que la mayoría de los ciudadanos no hemos sido capaces de construir una madurez cívica suficiente.