La “ultraizquierda” de Camilo Escalona

Publicado : 16 Agosto, 2012 en Portada, Prensa

por Osvaldo Torres //

Este 16 y 17 de agosto presentaré mi libro “Democracia y lucha armada. MIR y MLN Tupamaros”, que intenta dar una respuesta a la pregunta de por qué dos organizaciones revolucionarias que emprendieron la lucha armada bajo contextos de Estados democrático liberales hacia 1965, tuvieron resultados tan disímiles. El MIR prácticamente se dispersó y el MLN Tupamaros llegó al gobierno en el 2004, formando parte del Frente Amplio, y actualmente el presidente del Uruguay es uno de sus fundadores.

Es un esfuerzo por analizar dos experiencias políticas en sus contextos y épocas específicas. Intento leer aquellas políticas desarrolladas por ambos movimientos sobre la base de una documentación histórica y entrevistas a los que decidieron esas orientaciones estratégicas. Busco tratar directamente, sin prejuicios, el rol de la violencia en la política, las características de la democracia existente en los distintos períodos, así como las particularidades de ambas dictaduras.

En este libro no pretendo “hacer política”, en el sentido de leer aquellos acontecimientos pasados funcionalizándolos a proyectos políticos de corto alcance que puedan existir en el presente. Tampoco busco “culpables” si no más bien explicaciones posibles. No es “historia oficial”, es un punto de vista con fundamentos. Por ello hay consideraciones críticas a las políticas que levantaron el MIR así como el MLN-Tupamaros.

Sin embargo, en mi interés por la reflexión que hacen otros dirigentes significativos de la izquierda, he leído el reciente libro de C. Escalona “De Allende a Bachelet” y noto no sólo la diferencia de estilos literarios si no también de interpretación histórica que realizamos. Y me referiré en particular al período 1970-1976.

La tesis central de Escalona para interpretar la derrota de Allende es la “doble subversión: la CIA y la ultraizquierda” (pág. 63). Es decir, la derecha por un lado y el MIR con Altamirano por el otro. Esta tesis se sostiene en reiteradas páginas, sea para atacar a Altamirano con su “irrefrenable irresponsabilidad” de su consigna “avanzar sin transar” (pág. 56) o al MIR que “denostaba a Salvador Allende, tildándolo de ‘amarillo’ y/o ‘reformista’”, lo que “ayudó enormemente a los grupos que conspiraban y articulaban la intervención desde Washington… para poner en duda las credenciales impecablemente democráticas de Allende…” (pág. 36).

Escalona no recuerda en su texto la conducta de Allende de haber asistido a la OLAS en 1967, o el apoyo que le dio a los sobrevivientes de la guerrilla del Che en Bolivia, lo que podría haber perjudicado sus “credenciales democráticas” y sin embargo no dudó en hacerlo, en tanto reconocía el valor de la solidaridad política entre quienes luchan, aunque sea utilizando métodos que no compartía.

Esta idea de que la “ultraizquierda” ayudó a la caída del Gobierno de la Unidad Popular fue ampliamente difundida por el Partido Comunista, el que llegó a publicar el documento “La ultraizquierda, caballo de Troya del imperialismo” —cuyo título ahorra comentarios sobre el contenido—, en medio de la persecución brutal y sin límites morales que vivía el MIR y la izquierda en 1974.

Casi en un mismo nivel de importancia de las causas de la derrota queda otro argumento: “La izquierda y el centro divididos, antagonizados por su retórica discursiva y un espeso ideologismo que los llevó a enfrentarse sin ningún tipo de contemplaciones, facilitaron o coadyuvaron a la crisis institucional, condición necesaria para el Golpe de Estado…” (pág. 77). “Anulados entre sí el centro y la izquierda, irrumpió una derecha fascista dispuesta a todo, como ocurrió el 11 de septiembre en adelante” (pag 77). Pero este entendimiento no se produjo y la culpa vuelve a ser de la “ultra” y la derecha que se oponían al diálogo; en ningún caso analiza cómo la dinámica social de esa época tomó cauces alentados desde los años ’60 con la reforma agraria y la crisis del modelo de sustitución de importaciones, que llegaban a un punto culminante con la elección de Allende. Más bien parece creer que se podía resolver en los pasillos de un Congreso lleno de opositores al proyecto de la Unidad Popular, grandes empresarios conspirando y recibiendo dólares del extranjero y con un poder judicial completamente enfrentado a S. Allende (cuya calidad quedó demostrada luego del Golpe, como lo relata el propio Escalona). No había espacio para ello, pues la decisión del imperio y la derecha era dar el Golpe. El camino de la izquierda era prepararse para derrotarlo o bien —como lo han insinuado algunos dirigentes de la ex UP- no haber intentado las profundas transformaciones que el programa impulsaba pues en él radicaba la oposición que generaba en la DC y el PN. Caso distinto fue la izquierda uruguaya que resistió por 15 días el golpe de Estado de junio de 1973, con una huelga general que se sostuvo porque había claridad en los dirigentes que el Golpe era una posibilidad y se dotó de un Plan conjunto entre el Frente Amplio y la Central Nacional de Trabajadores, cuestión que en Chile la UP ni siquiera se lo planteó.

Para graficar la responsabilidad de la “ultraizquierda” Escalona acusa que en medio del “paro de los camioneros” —que en la práctica fue una insurrección civil contra el gobierno—, “los ultras intentaron echar abajo por todos los medios posibles” una acuerdo con la DC y que Allende logró garantizar las elecciones parlamentarias de Marzo de 1973. Esto es una distorsión histórica, pues el MIR se movilizó apoyando las tareas de sostener la producción y el transporte, impulsando los “cordones industriales” como forma de sostener la participación popular; pero también se le olvida mencionar que el MIR apoyó a los candidatos de la UP en esas elecciones, tal como lo había hecho en Enero de 1972 en Linares.

En su libro no encontré ningún análisis del papel jugado por la DC durante el gobierno de la UP. Refiriéndose al acuerdo de la Cámara de Diputados de agosto de 1973, que fue usado para dar legitimidad a lo que sería el Golpe, Escalona le llama “desafortunada resolución” y omite el apoyo que le dio la DC aliada en ese entonces con el PN en la CODE. No dice nada del rol de la dirección de Aylwin, claramente de derecha en el seno de la DC, y su interés en que Allende claudicara. De la estrategia DC en ese entonces no hay un juicio crítico, salvo decir algo respecto de las pasiones de los dirigentes, pero nada de los intereses que defendía cada cual. Carlos Lorca en esto era más claro, pues señalaba en su condición de Secretario General de la JS en Enero de 1972 que “otro éxito que ellos consiguieron (la derecha) es la aglutinación de los partidos burgueses divididos en el comicio presidencial de septiembre de 1970, y lo lograron gracias al control absoluto que el freísmo, de reiterada vocación contrarrevolucionaria y golpista, ha conquistado sobre el Partido Demócrata Cristiano, derrotando y aislando en la lucha interna a sus sectores reformistas” (Revista P.F. 151).

Pero hay más. El “documento de marzo” de 1974 que elaboró la dirección clandestina del PS, señalaba claramente algunas causas de la derrota y que Escalona omite en sus recuerdos: “Incapacidad  para articular y combinar el ejercicio de todas las formas de poder con que contaba el movimiento popular” y la “no valoración de la participación de los trabajadores”. Criticando el “infantilismo revolucionario” el documento reconoce la incapacidad de la UP de “sellar una alianza del movimiento popular con un sector progresista de las FF.AA.”.

Por último, algo sobre el período inicial de la resistencia a la dictadura en que la interpretación de Escalona persiste en ser monocorde. Afirma, sin citar texto o declaración alguna, que el MIR tenía la “teoría que con la dictadura se iban a agudizar las contradicciones de clase generando la rebeldía y la insurgencia de la clase obrera y el pueblo” (pág. 91). Luego afirma que la decisión del MIR de quedarse en el país a luchar, con su consigna “el MIR no se asila” fue una “soberbia” (pág. 92), pero en cambio la decisión de la dirección interior del PS de hacerlo en medio de grandes dificultades fue de “valor y coraje” (pág.101). También pone en duda la posición de la CP del MIR sobre las negociaciones que proponía la FACh para su rendición, al afirmar que Miguel Enríquez “fue asesinado antes que su CP se pudiera pronunciar sobre la capitulación incondicional”, cuando se sabe que la negociación fue rechazada en Julio y que Miguel fue asesinado en Octubre de 1974.

Una cuestión relevante que quedará pendiente: Escalona señala que la violencia de Estado alimenta y genera un clima político brutal que habría llevado al PC a tomar el camino de la lucha armada como una reacción a su aniquilamiento, pero “los perseguidos no pueden confundir la rebelión frente a la injusticia con la venganza por los dolores sufridos”. “La dictadura de Pinochet se alimentaba de la violencia que ella misma generaba. Alentaba la confrontación armada para perpetuarse” (pág.107). Es decir, quienes tomaron las armas de la rebeldía contra la tiranía —quizás por “venganza”— le hacían el juego a Pinochet.

Espero que estos comentarios permitan situar un debate en la izquierda sobre su futuro, que se sustente en la experiencia pasada sin distorsiones producto del interés de una coyuntura próxima. Una mirada corta puede llevar a cometer viejos errores que llevan a la división de la izquierda por estar construyendo “enemigos internos”. Exculpar de las responsabilidades políticas a la DC en la historia reciente lo único que hace es debilitar a la izquierda que requiere encontrar una identidad programática y un apoyo social entre los trabajadores manuales e intelectuales. No se trata de desechar acuerdos con la DC u otras fuerzas políticas, si no de hacerlo para un proyecto de país que supere el modelo neoliberal.