Acerca de los 100 años del PC chileno y una historia inmensa

Publicado : 13 Junio, 2012 en Portada, Prensa

por Osvaldo Torres //

Hay algo en la literatura comunista que no me gusta. Es su egocentrismo, su suerte de “superioridad valórica”, que hace del resto de los luchadores sociales y políticos que no comparten sus ideas, unas gentes “equivocadas” y si están a su izquierda son “aventureras” como a su derecha son neoliberales. Es lo que constato de la opinión de L. Thielemann publicada recientemente en este diario.

Creo que su opinión es contraproducente para generar un debate que ponga en perspectiva las contribuciones que ha hecho el PC tanto a la lucha por la justicia social, la profundización democrática y luego a la lucha contra la dictadura y la crítica al modelo neoliberal. Digo esto pues él escribe sobre la historia reciente y obviamente tiene un objetivo político presente, que le resta “objetividad” o más bien “partidiza” su análisis, con afirmaciones como la siguiente: “Hoy, cuando los vociferantes del revolucionarismo parecen copar las asambleas del renaciente movimiento popular, bien vale recordar a esos comunistas que, no sin cierta candidez, decidieron “defender avanzando” la vía chilena al socialismo antes que jugar irresponsablemente a que las poblaciones de Santiago eran la Sierra Maestra”. A este actual “revolucionarismo” sería bueno reconocerle que ha conquistado varias federaciones estudiantiles y  su capacidad para remecer la limitada democracia “realmente existente”.

Veamos.  El PC chileno es la más antigua agrupación política de la izquierda chilena, pero afirmar que eso lo transforma en el “partido más importante de la izquierda chilena” es otra cosa. Puede decirse que lo ha sido en algunas fases de su historia, en otras el Partido Socialista ha ocupado ese lugar y, hasta en los momentos de crisis de ambos,  ha sido directamente el movimiento social o agrupaciones políticas  menores las que por su acción o crítica han permitido sostener un planteamiento anticapitalista o de reformas radicales, que luego han sido procesadas principalmente por los dos grandes partidos.

El autor, al considerar tres momentos relevantes de la estrategia política del PC (que en su origen no realizara alianza con el liberal Arturo Alessandri y llevara a Recabarren de candidato presidencial; que luego participara de los gobiernos Radicales en el período de los Frentes Populares, y que tuviera  “un ejemplo de responsabilidad revolucionaria y de centralidad política” durante la Unidad Popular) pone su atención en la relación de inclusión/exclusión en sus alianzas y la autonomía del proyecto de  la clase trabajadora.

En algún sentido se asume como “el” partido de la clase trabajadora, y además, lamentablemente, no vincula esta  tensión de las alianzas con las consecuencias en los propios movimientos sociales a los cuales se supone el PC representaba en esas etapas. En otras palabras, no es posible –a mi juicio- evaluar en frío la política del PC para esos tres momentos sin considerar el grado de organización, aspiraciones y condiciones en que vivían los trabajadores, campesinos y sectores medios y el tipo de dificultades que iba presentando el propio modelo de desarrollo capitalista en el país.

De lo anterior es que es fácil para el autor volver sobre la retórica relativa al período de los ’60-’73 en que “Mientras la radicalización de los hijos de las capas medias centristas llenaban las filas del MIR con aventureros jovencitos, el PS se dejaba llevar por una apología de la lucha armada que estaba tan vacía de estrategia como de hechos reales” y el PC hacía una política responsable. Es decir, en ese período un puñado de “jovencitos” funda el MIR y por algo, que no se explica, el PS se habría dejado llevar por una apología a la lucha armada. Estos dos hechos sustantivos para la izquierda chilena están mal tratados en su doble sentido. El MIR como se sabe —ya que de fundaciones se trata— se origina en una asamblea en un local sindical de Santiago donde asiste Clotario Blest, el líder sindical más importante del país en ese entonces —y que en nada desmerece a Recabarren—, junto a varios dirigentes de la CUT, ex líderes socialistas como O. Waiss y M. Lobos, viejos dirigentes sindicales troskistas como H. Valenzuela, jóvenes socialistas  y también ex comunistas descontentos con la lejanía que tenía el PC hacia la revolución cubana. No es que el MIR haya sido una organización tan sólida y articulada como el PC, ni con su apoyo social y alianzas internacionales con el Partido Comunista soviético, pero logró tener una influencia entre sectores campesinos sin tierras, obreros mineros, en la mediana industria, los pobladores sin casa, pues  los consideraba como fuerzas sociales revolucionarias en donde otros partidos veían solo fuerzas “auxiliares de la revolución” o “lumpen proletariado”.

El MIR fue hijo de su tiempo y cursó los derroteros que sus dirigentes le imprimieron en sus distintas etapas; la lista de sus muertos y desaparecidos, torturados y encarcelados bien merecen de alguien que hace historia política del PC un juicio más amplio y consistente. En cuanto al PS, es interesante reflexionar sobre el papel de la retórica en política pues cuando Allende rescata a los sobrevivientes de la guerrilla del Ché en Bolivia era presidente del Senado y  le pudo costar la elección presidencial pero no dudó en actuar; cuando el PS decidía en sus congresos de Chillán y La Serena su proximidad a la lucha armada a la par situaba a la cabeza de la UP al mejor de los suyos para el proceso electoral. En este sentido, volver sobre el argumento que las “palabras crean realidades” puede servir también para afirmar que nadie estuvo a salvo y dejar caer en ello una causa relevante del fracaso de la experiencia de la UP es poco contundente. Sería como explicarse la derrota de Pinochet por la campaña televisiva del No.

Pero sigamos. Hay algo que no calza. El PC, dice Thielemann, jugó un papel de “responsabilidad revolucionaria y centralidad política” durante le UP pero a la vez señala que hubo “candidez”. Es decir, la candidez fue no haber considerado que el golpe de Estado era una opción concreta, denunciada una y mil veces durante ese período o el no haber tenido nunca la decisión de organizar la resistencia a aquello. No se trataba de grupos armados —esos de la Sierra Maestra— contra ejércitos bien dotados, si no de tener una política que integrara un Estado Mayor —los jefes de partidos de la UP— para resistir como lo había hecho la izquierda uruguaya y la CNT en junio de ese mismo año paralizando el país por 15 días. Algo de esto está en los debates posteriores al golpe de Estado y que pudimos realizar en esos años en el país.

Es notorio el vacío en el artículo de opinión la no mención a la política del PC durante la dictadura, pues allí también tuvo, primero una política de UP+DC que nunca cristalizó y luego la emergencia de la rebelión popular, el FPMR y su diseño de sublevación nacional que a su vez fue derrotada.

Me parece que para celebrar los 100 años del Partido Comunista de Chile también hay que realizar algunas rupturas teóricas con cierta manera de organizar la mirada histórica, pues de otra manera se transforma en literatura de autoafirmación política que justamente impide discutir los temas relevantes como la relación del PC con la democracia política y con los movimientos sociales; su papel como dirección política hacia éstos, su diseño estratégico de fuerza anti-neoliberal y democratizadora; sus intereses particulares y los intereses de los movimientos sociales que por supuesto no son los mismos; o su relación con el socialismo autoritario.

La contribución del PC chileno a la izquierda es innegable. Sus militantes muertos, desaparecidos y torturados jalonan décadas de esfuerzos políticos por construir un Chile distinto y eso merece todo mi respeto.

Publicado en “El Mostrador”