Las exigencias del liderazgo

Publicado : 02 Junio, 2012 en Portada, Prensa

por Carlos Ominami //

  En el debate chileno se están confundiendo dos conceptos, que se parecen, pero que son distintos: popularidad y liderazgo. La popularidad es la adhesión que una determinada figura concita, cuantificada a través de las encuestas. El liderazgo se refiere a la capacidad de un o una líder, que puede o no ser muy popular, para orientar los procesos en una determinada dirección.

  El ideal es que popularidad y liderazgo coincidan; es decir, que quien tenga ideas constructivas sobre el futuro suscite la adhesión necesaria para generar una mayoría que las sustente, transformándolas en proyectos. Pero puede ocurrir que exista una popularidad desprovista de contenidos. En este caso, estamos en presencia de una popularidad frágil basada en elementos subjetivos.

  La popularidad de Michelle Bachelet es un activo de las fuerzas progresistas, pero su adhesión, certificada por las encuestas, no puede confundirse automáticamente con la existencia de un gran liderazgo. Este será tal en la medida que se acompañe de respuestas a los desafíos que enfrenta Chile. Quien aspire a conducir los destinos del país, debe tener respuestas a la inaceptable reproducción de las desigualdades, comenzando por la brecha educacional; a la peligrosa dependencia del auge del cobre, impulsado por el dinamismo de la economía china y la reprimarización que trae consigo; la estrechez energética; las nuevas demandas regionales y el colapso del hipercentralismo; la crisis de representación política, con el desprestigio del Congreso y los partidos, y la erosión de la autoridad presidencial.

  Salvando las diferencias, lo que se le exige a la ex Presidenta vale también para Laurence Golborne, cuyas ideas sobre cuestiones de fondo son una nebulosa. El silencio puede ser una buena estrategia para ganar elecciones, pero es una vía impropia para resolver los temas de fondo. El país pide respuestas a estos dilemas.

  En las democracias complejas los liderazgos no se pueden ejercer en solitario, requieren de equipos. En la política no existen los vacíos. Si el liderazgo no los llena, terminan llenándose solos, y surge lo que Jorge Navarrete definió como “los precarios administradores o los autodesignados voceros”.

  La elección presidencial no es un evento lejano. La cita es en noviembre del próximo año. En ella es preciso definir una cuestión fundamental como si Chile seguirá o no regido por una Constitución heredada de la dictadura y que, en aspectos fundamentales, como el régimen político y el orden económico-social, no ha sufrido cambios. Para avanzar hacia una Constitución legítima hay que construir una nueva mayoría.

  La decisión de la ex Presidenta de asumir responsabilidades en la ONU es legítima. Mi aprensión, y la señalo a cara descubierta, es que se esté utilizando esa decisión personal para elaborar una estrategia electoral que está muy por debajo de la necesidad de construir un verdadero proyecto país. No soy historiador, pero algo conozco, y no sé de ningún liderazgo que se construya desde los silencios. El desafío consiste en poner la popularidad al servicio de un efectivo liderazgo.

Publicado en “La Tercera/Opinión”