La cuenta de la renuncia

Publicado : 29 Mayo, 2012 en Portada, Prensa

 

por María de los Angeles Fernández //

En mandatos de cuatro años, la tercera Cuenta Presidencial a la Nación no resulta de fácil encaje. En la primera, los anuncios se acompañan con la impronta que se aspira a dejar. En la segunda, está la expectativa de las primeras concreciones. La cuarta no puede ser otra cosa que balance y despedida.

La cuenta de este año venía antecedida por el temor al boicot opositor como repudio a la arremetida oficialista contra la ex Presidenta Bachelet, en el marco de la comisión investigadora del 27-F. En el imaginario colectivo podría ser recordado por aspectos ajenos a su contenido. Nos referimos, por un lado, a la petición de un perdón por parte del Presidente Piñera que tiene más impresionadas a las élites que a una ciudadanía suspicaz frente a un gobierno que hace noticia, bien por supuestos montajes, bien por conflictos de interés. Por el otro, el Chocman entregado a los adherentes del gobierno para movilizarse hasta Valparaíso está lejos de la anécdota, a la luz de la mezcla de estupor y de sorna que generó en las redes sociales.

El discurso de este tercer año podría sintetizarse en tres “r”: reafirmación, repliegue y renuncia. Se intentó reforzar la vocación del gobierno con la gestión. Se hacen cosas, y muchas, incluso algunas que la Concertación no fue capaz de concretar. Desde el punto de vista de su sello, resucitó los tres tipos de sociedad que aspira a impulsar —de seguridades, oportunidades y valores—, algo tan impreciso que será seguramente opacado por la materialidad del puente sobre el Canal de Chacao, de llegar a concretarse.

Se reafirmaron valores del ideario de derecha como la familia, la seguridad y la responsabilidad individual, replegándose al mismo tiempo toda pretensión de refundación que tuvo la “nueva derecha” hinzpeteriana, con su guiño a los temas medioambientales y valóricos. Estamos en presencia de un gobierno conservador, pero no solamente por sus valores, sino por su simplificación, de la que el lenguaje es tan sólo uno de sus síntomas.

El discurso de 2012 se recordará como uno de renuncia a enfrentar los cambios en la subjetividad de los chilenos, sintetizados en redistribución y representación. Nada nítido se escuchó respecto de las reformas tributaria y electoral, sobre las que hay difundido consenso acerca de su necesidad para permitir el drenaje del malestar social. Cerrado en el cumplimiento de un plan trazado de antemano, presenta dificultades para lidiar con la contingencia y la imprevisibilidad, prefiriendo escudarse en la expectativa de un futuro en que los chilenos, por fin, verán la luz, cosechando el sector sus frutos. El símil con la agricultura ignora que la política contemporánea, y no solamente en Chile, no resiste rutinas basadas en ciclos y estaciones.

El Gobierno se aferra a una gestión retrospectiva, incapaz de la innovación y la creatividad que el nuevo estado de cosas reclama. No es de extrañar que los chilenos ni pestañeen con la invitación a dar el salto al desarrollo. Nunca han sido consultados directamente sobre su contenido, asentado en un crecimiento que, dados los límites del Estado regulador en virtud de la concentración económica, no puede si no recurrir a políticas “placebo” por la vía de bonos o tender a la proliferación de distintas variantes del Sernac. Se insiste en mantener al Estado en un papel de retaguardia, distinto del protagonismo que los chilenos le reclaman en la calle y en las encuestas, al menos, en áreas fundamentales para la verdadera inclusión social, como es la educación.