El domingo 13 y los cambios en la política

Publicado : 23 Mayo, 2012 en Portada, Prensa

por Osvaldo Torres y Gonzalo Martner //

 Asistimos a un profundo cambio en la cultura chilena y particularmente en las relaciones de su ciudadanía con la política. Si se analiza la evolución política del país en el último decenio desde una óptica más próxima a las dinámicas sociales que a los juegos de poder al interior del sistema político, se puede ver claramente que las transformaciones producidas en “lo político” son consecuencia del descontento y la movilización social de diversos sectores.

La elección de M. Bachelet y su promesa de un “gobierno ciudadano” llevaba ya implícita una crítica a parte de las anteriores formas de gobernar o el reconocimiento de su desgaste. Pero como de dinámicas sociales se trata, serían los propios ciudadanos los que gatillarían el reclamo para que se reconocieran sus demandas con las movilizaciones de la llamada “revolución pingüina”, que al no ser escuchada volvió a reaparecer en 2011 con renovados bríos, con los pliegos de los trabajadores subcontratistas y los del pueblo mapuche. Los procesos electorales se hicieron cada vez menos representativos: aumentó la no inscripción, el ausentismo electoral y los votos nulos y blancos. Un hito importante de este descontento, que llegó al interior de la Concertación, fue el escamoteo de la democracia interna para dirimir al candidato presidencial para 2009, provocando la fractura de la coalición entre su activo más leal —por fidelidad al pasado o temor a la derecha— y aquellos convencidos de la necesidad de cambiar la tendencia al autoaislamiento, la autocomplacencia y la administración sin rumbo de lo que había. Vino la primera gran derrota electoral.

Como la vida social tiene su incontenible riqueza que debe ser leída en vez de silenciada, se produjo la gran movilización por la educación liderada por una generación audaz y crítica al viejo orden y entre medio emergió el movimiento regionalista de Magallanes, luego el de Calama y el de Aysén. La dinámica social se ha extendido y profundizado; se ha politizado y gana en articulación; cristalizan múltiples liderazgos y los discursos se hacen más integradores y unitarios. En otras palabras, la crisis de la política tradicional deviene en un proceso de construcción de nuevas alternativas y comienza a superarse por un nuevo tipo de participación de los actores sociales y los incipientes cambios en los discursos o conductas de algunos agentes políticos.

El domingo 13 de mayo  fue un “Super 13” electoral que abunda en este sentido. La Concertación conservadora fue derrotada en una primaria opositora al coronel de la Dina-Labbé por una independiente progresista, sin partido, con proyecto político comunal y que de paso derrotó al candidato liberal. Punto importante es que el derrotado representante de la Concertación era un candidato que expresaba lo conservador y no el progresismo opositor. Pero también en el PPD el sector “nostálgico” de la Concertación sufrió una dura derrota. Ganaron aquellos candidatos alineados con el discurso de colocar al PPD en la izquierda. Ganaron en ambos casos las fuerzas sociales y políticas que están cansados del modelo económico y político y buscan alternativas viables.

En este contexto, trabajar por un Frente amplio de izquierda, capaz de articularse de una nueva manera con la DC, y que exprese con nitidez una identidad transformadora, capaz de  luchar por la recuperación para el Estado de la propiedad y de las rentas de los recursos naturales y su inversión en desarrollo productivo y protección social;por un sistema tributario justo; por la negociación colectiva efectiva; por la educación pública gratuita; por la promoción de la cultura;por un sistema público de salud de calidad;por la protección del ambiente;por la igualdad de género y la libertad de la mujer de abortar en condiciones civilizadas;por el reconocimiento de derechos a los pueblos originarios;por el matrimonio igualitario y el respeto de la diversidad sexual; por el desarrollo de infraestructura contra la segregación urbana y por el desarrollo local participativo, es completamente viable. Más viable en todo caso que languidecer sin ejercer una verdadera oposición en temas tan cruciales como la tributación minera (aceptando su invariabilidad hasta 2023, en el momento de más altos precios del cobre de la historia), la educación escolar segregada y los reajustes de los trabajadores. Se ha llegado a extremos como ver a algún parlamentario socialista promoviendo una amnistía frente al fraude fiscal y la fuga de capitales. Estas aspiraciones programáticas no podrán prosperar sin la refundación de las instituciones y una nueva Constitución, a ser elaborada mediante un proceso constituyente durante  el próximo gobierno para reflejar sin temores e interdicciones la soberanía popular y la cultura ciudadana de inicios del siglo XXI.

Sin izquierda articulada no habrá superación de la crisis de la política; sin referentes claros, en la ambigüedad, se impondrá el desaliento y la mantención de la actual institucionalidad desgastada e ilegítima; sin liderazgos con proyectos y procedimientos democráticos de selección, todo programa político se transformará en una operación de marketing, al no contar con sustento social para su concreción.

Claro, se trata de construir un Frente como resultado de la convergencia de los actores sociales relevantes con una izquierda diversa pero con planteos claros. No se trata de “operaciones políticas”, sino de trabajar por converger en la unidad. En esto la experiencia uruguaya es notable, pues allí el Frente Amplio se concibió como la expresión social y política de una izquierda diversa: derecho a voto directo ponderado de sus agrupaciones de base y de organizaciones sociales para elegir a los dirigentes con el derecho a voto de las organizaciones políticas incorporadas. Programa claro, respeto a las mayorías y convicción de transformar el país: llegar al gobierno era el medio y no el objetivo.

La Democracia Cristiana, como buen partido de centro progresista y democrático, no tiene razones para no pactar con una izquierda ciudadana recompuesta. La izquierda en todo caso no llegará al gobierno sin una alianza más amplia. Por tanto será necesario un nuevo acuerdo. Lo que se está rebarajando son los términos de éste: un acuerdo para cambiar o un pacto para administrar.