Migraciones en Chile: Dile a tu mamá que no

Publicado : 23 Mayo, 2012 en Portada, Prensa

por Cristián Fuentes //

 La anécdota es ejemplar. Al final de una reunión convocada para conversar sobre el proyecto de ley de migraciones que el Gobierno pretende enviar al Congreso, uno de los representantes oficiales cuenta, con un humor no exento de cierto pudor, que su mamá, enterada de los menesteres que ocupaban al hijo, le habría recomendado que hiciera lo posible para que no entraran más extranjeros al país.

La cada vez mayor cantidad de inmigrantes presentes en nuestras calles y hasta en nuestras casas, estimula las actitudes de rechazo, racismo, xenofobia e intolerancia, lo que obliga a una sociedad que pretende ser civilizada a ponerle atajo, a educar en la diferencia, a legislar, como se entiende quiere hacer el Ejecutivo.

Aunque, como indica el episodio narrado al comienzo de este artículo, el recado para las autoridades desde el sector que representan será entreabrir apenas la puerta, para que pasen solo los extranjeros que se necesitan, sin alterar el mito de una homogeneidad cultural que puede verse amenazada por tanta nana, obrero o empleado con un acento extraño y una piel más oscura.

El Chile tradicional es un país cerrado a la migración, aunque haya recibido migrantes espontáneos y pueda reconocer el origen foráneo de una parte importante de su población. Croatas en Punta Arenas y Antofagasta, italianos, franceses, ingleses, árabes y españoles en las ciudades y, como excepción que confirma la regla, alemanes en el sur, único ejemplo de una política exitosa impulsada por el Estado.

Pero, a pesar de las ventajas obtenidas según el imaginario popular, su ejemplo no ha sido imitado y seguimos renuentes al ingreso masivo de extranjeros, sintiendo una especie de rechazo natural a la diversidad. Nuestro país se ve a sí mismo como una isla, separado del entorno por la cordillera de Los Andes, el desierto de Atacama, el océano Pacífico y los canales australes, aislamiento que no se siente como una condena en la era de la globalización, sino como una barrera contra múltiples expresiones que los chilenos consideramos exóticas o bárbaras.

Los descendientes de la autodenominada “aristocracia castellano-vasca” siguen pensando en Chile como un territorio aislado, con la vista anclada entre las montañas, modelo cultural fundante y hegemónico que todavía dirige nuestras representaciones, aspiraciones y percepciones. Entonces, ¿para qué exponerse a cualquier cambio que encierre peligros y amenazas? Si el mercado requiere mano de obra más barata, que venga, trabaje y se vaya.

La presencia de profesionales es distinta, son personas más educadas y vienen a cubrir la demanda por prestaciones adecuadamente valoradas, obviamente, siempre que no le quiten el trabajo a nuestros compatriotas, o sus privilegios corporativos, o bajen el monto de sus honorarios, porque la competencia no puede ser equitativa si se pierde.

Es cierto que existen visiones de amplitud diferente entre jóvenes y viejos, o entre conservadores y liberales, no obstante, sigue primando el interés por sobre una orientación humanista que prefiere acoger al inmigrante, con todo aquello que pueda aportar, incorporarlo socialmente, sin discriminaciones de ningún tipo, pluralista en su comprensión y alcances, con servicios de calidad disponibles para el que los necesite.

Somos apenas 17 millones de habitantes, para un país que requiere y podría muy bien soportar más del doble de población. Por desgracia, hay demasiada gente que aun piensa en que es más conveniente aumentar y perfeccionar los controles de ingreso, mantenerse en guardia contra la porosidad de las fronteras, como si hubiera que proteger cierta pureza, cierta integridad de pueblo chico, ajeno a un mundo hostil.

La nueva legislación que se anuncia es una oportunidad para sentar las bases de un país mejor, imaginar otro Chile y prepararse para ello. Por esto se necesita impulsar un debate general, que vaya más allá de casos particulares y tecnicismos, evitar la pegatina de antiguos decretos y ordenanzas, realizando un verdadero ejercicio de planificación estratégica, que preanuncie el futuro a partir de las tendencias que pueden identificarse en el presente.

Deberíamos transformarnos en un país desarrollado en los próximos años, no por el incremento de nuestro ingreso per cápita, sino porque los beneficios de un crecimiento sostenido y sostenible se reparten de manera justa y equilibrada, en una sociedad abierta a quien quiera sumarse a un proyecto común.

Por eso, cuando la mamá del funcionario de la anécdota vuelva a pedirle limitar el ingreso de inmigrantes, ojalá pueda contestarle simplemente que no.

Publicado en “El Dínamo”