¿Juntos y revueltos?

Publicado : 26 Marzo, 2012 en Igualdad de género, Portada, Prensa

Por Mª de los Ángeles Fernández //

Fue noticia el anuncio de que el colegio San Ignacio será mixto a partir de 2014. Hablamos de uno de los establecimientos escolares pertenecientes a una orden que, con independencia del conocimiento que de ella tengamos y el juicio que nos merezca, ha sido emblemática en la historia de la Iglesia. 

Resulta llamativa la demora en tomar una decisión que, hoy por hoy, no puede leerse en clave vanguardista sino más bien de tardía normalización. En la actualidad, tal como informa la nota de La Tercera, “los colegios mixtos han ido ganando terreno por los de un solo género. En el 2000, los segregados agrupaban el 12,6% de la matrícula en el país y, para 2011, la cifra habría caído a más de la mitad, 5,5%”.

El que una orden religiosa particularmente reconocida por su labor educativa y el impacto de sus métodos de enseñanza se sume a la mayoritaria conformación escolar mixta existente en el país supone una oportunidad para revisar las diferentes realidades envueltas en el problema de género de los establecimientos educacionales, máxime cuando la educación se ha convertido en el corazón de las demandas por justicia social y redistribución del ingreso que el movimiento estudiantil visibilizó el año pasado. Por otro lado, el hecho de que la mayoría de los colegios chilenos sean mixtos no aleja totalmente la amenaza, aunque hoy la estimemos improbable, de una regresión, tal como sucedió en Estados Unidos. Durante el gobierno de George W. Bush, en el 2006, se derogó una ley que obligaba a las escuelas públicas a ser mixtas. Los resultados que comparaban escuelas mixtas versus escuelas diferenciadas no arrojaban buenos resultados en hombres. Sin embargo, no se comparó con las condiciones socioeconómicas de los colegios.

Ello reflotó los argumentos a favor o en contra de dichas modalidades. Entre los primeros, se destaca la mejora en el clima escolar y en el rendimiento, así como de la percepción hacia la igualdad de género. En contra se levanta la idea de que los niños invisibilizan a las mujeres. Estas posturas han sido matizadas. Así, se señala que, si bien no existe evidencia que muestre que los establecimientos de un solo sexo entreguen mejores herramientas para un buen rendimiento en el colegio (muchas veces, los factores explicativos son los ingresos u otro tipo de actitudes y no sólo el hecho de que se impartan clases a un determinado sexo), sí existen evidencias de que la segregación sexual aumenta los estereotipos de género y legitima el sexismo institucional.

Psicólogas como la española Carmen García Colmenares afirman: “Por lo que respecta al tema educativo, es todavía frecuente confundir escuela mixta con escuela coeducativa sin detenerse a pensar que el mero agrupamiento de niñas y niños en las aulas no garantiza una enseñanza más justa e igualitaria”. Para ella, que estudia el modelo educativo mixto español, éste “se caracterizaría por un androcentrismo, donde se ha generalizado el currículum masculino como modelo universal para toda la población”. Por lo tanto, la igualdad de género no se logra por el solo hecho de la existencia de establecimientos mixtos, lo que obliga a que las niñas y jóvenes “se vean enfrentadas a desarrollar, por su cuenta, de manera paralela, un modelo educativo femenino de carácter implícito a través de lo que se denomina el “currículum oculto”.

Si volcamos la mirada en nuestra educación superior, centro del debate que motivó distintas iniciativas de reforma en curso en el Congreso, los resultados en materia de igualdad de género constatan que no basta haber estado juntos en el colegio. En un estudio comparado de educación superior y género en América Latina y el Caribe de Jorge Papadópulos y Rosario Radakovich se señala que Chile forma parte del grupo de países que expresa un cierto equilibrio en las diversas áreas del conocimiento, de tipo “relativo”, en cuanto a participación equitativa por género, junto con Colombia, Costa Rica, Cuba y El Salvador.

Recientes hallazgos relativizan el optimismo anterior para el caso de nuestro país. Un reciente informe de la OCDE a partir de PISA 2009 arroja que las niñas chilenas, como las del resto de los 64 países medidos, tienen más interés que los niños en trabajar en empleos de alto estándar. Quieren ser legisladoras, gerentes y ocupar cargos de algo nivel, pero se muestran reticentes frente a las profesiones más tradicionalmente ligadas a los hombres, como las ingenierías.

No resultan ajenos a la educación recibida en los distintos niveles, aunque tampoco sea la única explicación, la persistencia de patrones culturales de asociación de roles femeninos y masculinos en el mundo del trabajo que se reproducen en la remuneración. Incluso, “minorías masculinas” en ciertas áreas tradicionalmente femeninas pueden alcanzan mejores salarios. La posición de las chilenas en el mercado de trabajo sigue siendo diferencial en lo que respecta a una posición de desventaja en el acceso y en las formas de permanencia en el mismo, para no hablar de lo que sucede en puestos de dirección. Recientes datos hablan por sí mismos. Según el INE, las mujeres que poseen educación universitaria reciben un salario 35,4% menor que a los hombres en igual condición. Por otro lado, un tanto vergonzoso 1% de los puestos en directorios de empresas chilenas que integran el IPSA son ocupados por mujeres.

Ante esta realidad, centrada en un aspecto como es la elección de carrera, pero que no es el único, lo que suceda al interior de los colegios, siendo éstos mayoritariamente mixtos, debe ser visto con mayor atención. Cabe preguntarse, en lo específico, qué tipo de acciones se encontraría emprendiendo el Servicio Nacional de la Mujer (Sernam). Recientemente, en el marco de su Cuenta Pública del año 2011, se informó de la incorporación del enfoque de igualdad de oportunidades en los planes de educación del 60% de los colegios municipalizados del país. Aunque se desconocen los resultados preliminares de este intento, cabe dudar de su real impacto, habida cuenta la tendencia decreciente de la matrícula en este tipo de establecimientos.

Por tanto, vale la pena revisitar la experiencia de la enseñanza mixta, no solamente desde las políticas públicas sino también en el plano más íntimo de las decisiones familiares, aquel relacionado con el colegio donde estudiarán nuestros hijos e hijas. Resulta evidente que estudiar juntos no resulta suficiente, máxime si ello va acompañado de planes de estudio, así como con prácticas, que reproducen patrones de inequidad y subordinación por género. El rol que se espera que la escuela cumpla en el fomento de una cultura de la igualdad añade nuevos desafíos, que vienen a superponerse a los clásicos de cobertura, permanencia y egreso en todos los tramos.

 

Publicado en MOMWO