Por un cambio de régimen

Publicado : 25 Enero, 2012 en Voz Chile 21

Por Carlos Ominami

Intempestivamente entró a la discusión la propuesta de un cambio hacia un régimen semipresidencial. Lo hizo de manera sorprendente a través de un planteamiento común entre la DC y RN. El tema no es nuevo. A finales de los ochenta  el consenso en el campo democrático apuntaba en esa dirección. Sin embargo,  la permanencia de la figura de Pinochet obligó  en un primer momento a fortalecer la figura presidencial. Era la manera de enfrentar el desafío que la presencia del Capitán General en la Comandancia  en Jefe del Ejército implicaba.

Luego, los presidentes de la Concertación se fueron acomodando a la monarquía constitucional y el tema fue perdiendo importancia. Quedó relegado a la reflexión académica, aunque es mérito de la Cámara de Diputados haber votado, en 2009, un voluminoso informe favorable a una modificación del híper presidencialismo.

Es evidente que los problemas del sistema político chileno no se agotan en el sistema electoral. La inscripción automática y una eventual superación del binominal pueden ayudar a mejorar el prestigio de la institucionalidad política, pero sus problemas de fondo persistirán. Sabemos de antemano que no existe ninguna posibilidad de un cambio de régimen bajo el gobierno actual. Pero el tema seguirá planteado. Por eso conviene ordenar los principales argumentos.

Las ventajas de un régimen semi-presidencial son múltiples. Es mucho más eficiente desde el punto de vista legislativo, puesto que el primer ministro, jefe del gobierno y de la mayoría parlamentaria, tiene que garantizar sí o sí la aprobación de los proyectos de ley enviados por el gobierno. Las crisis políticas se pueden resolver con mayor facilidad y menor dramatismo. Un primer ministro puede ser cambiado en cualquier momento, no así un Presidente de la República. Permite que el jefe de Estado se concentre en áreas estratégicas, como la defensa y las relaciones internacionales, y no obstaculice el funcionamiento del gabinete de ministros, como tradicionalmente ocurre. Es más flexible, puesto que facilita la articulación de coaliciones diferentes, sin obligar a los partidos a quedar prisioneros de una determinada configuración. Asimismo, ayuda a la recuperación del prestigio del Congreso Nacional, al atenuar la división abrupta entre quienes hacen (los miembros del gobierno) y quienes sólo hablan (los parlamentarios), tan propia del presidencialismo.

Si se analiza con rigor la historia, nos encontraremos con que todos los países que han conseguido desarrollarse lo han hecho con regímenes parlamentarios. Es cierto, los EE.UU. se caracterizan por la existencia de un régimen presidencial, pero éste está sometido a una serie de contrapesos: el poder de los estados propio de un sistema federal y las amplias facultades del Congreso y de la Corte Suprema.

El presidencialismo tiene mucho de rémora del pasado. Las empresas modernas han definitivamente abandonado los sistemas verticales de dirección encabezados por una figura decisiva, reemplazándolos por otros mucho más horizontales, en los cuales adquieren mayor centralidad los equipos por sobre las individualidades.

Sin duda, el presidencialismo latinoamericano tiene fuertes raíces históricas. Su antecedente más directo es el caudillismo heredado del siglo XIX y  sería hora ya de ir superándolo.

Chile que tiene pretensiones de liderazgo conceptual en la región.  Podría, avanzando en la dirección de un cambio de régimen,  ejercerlo convenientemente.

Publicado en “La Tercera” el 25 de Enero de 2012